Recuerdo cuando era niño, que después de dormirme tarde, venía a clases con pocas ganas y mucho sueño. La vida hace que ahora siga acostándome tarde, levantándome temprano, pero empiece el día con bastante más ganas, y tan sólo tenga que bajar algunas escaleras (o el ascensor, que con eso de que antes no podía y ahora sí, me hace ilusión), y dar los buenos días a los chavales que vienen a casa.
Hay días que empiezo con acompañamiento a primera hora. Es impresionante la de historias y vidas con las que uno se encuentra. Ante tantas familias desestructuradas, que viven con padres que no son suyos, tienen hermanastros,… yo insisto mucho en el sentido de la fidelidad, tanto hablando con ellos personalmente como en las clases de religión. Lo que Dios dice y promete lo cumple, y porque su amor es fiel y nunca nos falla, así debemos ser nosotros con nuestras familias, amigos, pareja (según el caso).
Y siguiendo el día, toca cuidar uno de los aspectos más importante por la etapa en la que estoy, que es la de los estudios. Reorientándome ante las distintas asignaturas recibidas en cursos diferentes, intento aprovechar la teología. Insertarme en la época de la reforma protestante, conocer bien el sacramento del Orden, leer y reflexionar sobre las virtudes teologales, son algunas de las obligaciones que tengo respecto a mis estudios.
El tiempo de la comida con los hermanos se cuida mucho, así como la sobremesa, algo dedicado al sillón (según el día), y más tarde las vísperas. Ver el servicio desmesurado de mis hermanos jóvenes, o el testimonio de los mayores (que aún todos hacen alguna labor), es para mí referencia y una llamada a cuidar mi vida religiosa.
Los grupos de catequesis por la tarde es otra de las grandes oportunidades que a mí me dieron, y que ahora me toca cuidar. Chavales de muy distintas edades, algunos difíciles por su edad, normalmente en circunstancias muy diversas, que gracias a nosotros viven grandes experiencias de Dios que les dejan marcados para siempre, y quizás sea ese el regalo más grande, aquello por lo que valga la pena cualquier esfuerzo, paciencia, tiempo dedicado aparentemente en vano, disgustos, y mucho más, que se convierte en muy poco si al final, Cristo es lo más importante para sus vidas.
Después de clases dadas o acompañamientos, de saludos en el pasillo, de horas de clases recibidas o de estudio, no viene mal unos minutos de silencio en el que me preparo para la eucaristía. Quizás sea de donde recibo la fuerza, o si se quiere la ilusión que Dios me regala y la mantiene cada día en los distintos ámbitos en los que estoy.
Hay una tarde a la semana que la dedico a un sitio muy especial, junto con otro gran grupo de gente, que es Regina Mundi. Lo lúdico está ahora más presente que nunca en aquella casa donde enfermos en la situación más dolorosa que a veces podamos imaginar, no hacen más que reír y dar gracias por nuestra presencia. Motivo por el que muchos jóvenes quedan sorprendidos y “tocados”, y sobre todo, por lo que muchos siguen en este voluntariado. Damos así la oportunidad de que vean al Señor allí donde Él se hace más visible, más presente.
La oración, aunque a veces con dificultad la hago por la noche. Ahora estoy rezando con el Evangelio de Marcos, donde viene aquello que recoge lo que creo que estoy viviendo en esta etapa: “La suegra de Simón estaba con fiebre y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles”. (Mc1, 30).
Donde hoy vivo y trabajo tuve gente que fue capaz de levantar mi vida. Ahora soy yo el que me tengo que acercar a la gente, interesarme por ellos, y en definitiva poner mi vida al servicio de los otros, y mirar siempre con esperanza a cada alumno, convencido de que el Señor lo levantará para ponerse a servir a los demás.