Reflexión ante la imagen de la Virgen de la Paz

por Félix González ss.cc.

En este mes de mayo de 2006, estamos celebrando el Bicentenario de la llegada de la Virgen de la Paz a la Congregación.

Toda tú, Reina de la Paz, respiras serenidad y me la inspiras. Llevas en tu mano derecha la palma, como llevaba, en el pico, la ramita de olivo la paloma del Arca, indicando que la tormenta había cesado, que la Paz había vuelto. Porque tú eres la Paz, la que nos diste al Príncipe de la Paz, y a quien sostienes amorosamente en tu brazo izquierdo. Y Él lleva la bola del mundo y la cruz en sus manos de niño, aunque ya redentoras.


Llevas prendida la Paz en tus ojos, ligeramente inclinados, con un punto de humildad, compasivos y maternales. Eres, Virgen de la Paz, modelo de belleza estética para todos los tiempos: elegante en tu vestuario, aristócrata en el gesto, esbelta y llena de armonía en toda tu figura, en tu talle de matrona romana, que deja escapar el alma del arte más puro, por los pliegues de ese manto que oculta la pureza de tu cuerpo inmaculado.

Eres signo y puerto de aquella Paz que nos falta; artífice de un deseo, ausente de violencia, que provoca tu nombre construido de Paz, sin odios ni querellas.

Paz, paz, paz. El arte la dibuja, paloma picasiana, y la repite con ansias de estrenarla; el mundo en su violencia suspira por tenerte, y no te encuentra; los pueblos, las familias, y todas las conciencias anhelan tu presencia.

Eres Virgen y Madre al mismo tiempo; un híbrido divino sin tratos desiguales, sin hirientes engaños, sin dolor que perturbe. Eres la Paz que está siempre presente, preludio de otra Paz definitiva, allende los contornos cercanos a la muerte. Tú eres la Paz, Virgen y Madre, que nos das para siempre, y sin retorno, al Hijo que invalida, en lo alto del Gólgota maldito, la violencia inventada por el hombre.

Yo te he visto, oh Virgen de la Paz, en tu hornacina elevada sobre el suelo, rodeada de los nombres escritos en los muros, de los mártires que antaño nos dio la guillotina. Pequeñita, luciendo, un poco, tu piel algo morena; recoleta en la capilla, donde llegamos todos pidiendo de tus gracias la Paz que nos apremia.

Te veo, cada día, en la capilla de mi casa, donde encuentro nuevamente en tu mirada, la Paz tan deseada.

Y también te tengo, como una garantía de esperanza, en mi mesa de trabajo, donde ambos nos miramos: tú con amor, y yo con confianza.