Todo el año litúrgico tiene como finalidad la asimilación del Misterio de Cristo. Pero con mayor atención y esfuerzo, la Cuaresma y la Pascua. La mejor manera de identificarnos con Cristo es incorporarnos a su misterio pascual.
* La Cuaresma nos inicia en la Pascua, nos entrena en el paso de la muerte a la vida.
* El Triduo pascua culmina con la celebración del tránsito del Señor: de la muerte y del sepulcro a la vida y de nuestro tránsito del pecado a la gracia.
* El tiempo pascual prolongo la solemnidad a lo largo de 50 días (Pentecostés), que se celebra como un solo día: Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.
El proceso pascual decisivo para cada cristiano se realiza en tres tiempo:
- Morir al pecado: morir al egoísmo, que ya es estrenar nueva existencia.
- Celebrar con Cristo el nacimiento a la nueva vida.
- Vivir con nueva energía, compromiso y entusiasmo nuestro fe.
No es el misterio pascual una instrucción sobre la Pascua, sino una iniciación a su misterio. Y la incorporación al misterio de la Pascua de Cristo, se expresa en la liturgia con un palabra: CONVERSIÓN.
- Que nuestra mentalidad lejana muchas veces del Evangelio se convierta en mentalidad cristiana.
- Que nuestros caminos de pecada, nuestra vida carnal y materialista, se dirijan ahora por los comienzos de la gracia, una vida según el Espíritu.
- Que donde reinaba el egoísmo, cerrando las puertas a Dios y al prójimo, se inaugure una apertura de docilidad para con Dios y amor práctico para el hombre.
Un cambio rotundo. Nueva dirección de nuestra vida. Empezando por la mentalidad que la raíz de toda conducta.
Noventa días de tiempo fuerte. Primavera de la Iglesia y de cada cristiano y de la Parroquia como comunidad (trabajo personal y colectivo) que quiere renovarse en su vida de gracia, en su historia de salvación.
Antonio Alcayde ss.cc.