ANTE EL SANTÍSIMO:
“Señor Jesús: Aquí me tienes una vez más, delante de ti. Ayúdame con tu gracia para que mi oración sea en este momento sencilla y desinteresada. Que mi corazón y mi mente se concentren totalmente en ti, a fin de que pueda contemplarte con humildad y libertad. Sé propicio a mis súplicas e imprégname de tu amor. Hazme ver lo que quieres de mí y concédeme tu luz para caminar detrás de ti sin ninguna clase de temor.
Gracias Señor por haberme dado la fe, que me permite reconocerte real y misteriosamente presente en este trozo de pan que ahora adoro. Gracias también porque con esta presencia tuya quieres bendecir mis luchas y esperanzas, mi vida de cada día, que hoy pongo a tus pies. Dame un corazón sencillo, bueno y entregado que sepa servirte con amor en todos los seres humanos que pones en mi camino, especialmente en aquellos que peor lo están pasando y más están sufriendo. No permitas que organice mi vida al margen de ellos.
Me has amado tanto, Señor, que has querido quedarte como regalo permanente en el pan de la Eucaristía. Que, como adorador de los sagrados corazones, la asidua contemplación de este misterio me lleve a ser cada día más fiel al amor que con infinita generosidad derramas sobre mí. No te olvides de mi fragilidad y sosténme en los momentos de desaliento e infidelidad”.
(Adoración)
ANTES DE ESCUCHAR LA PALABRA DE DIOS:
“Querido Señor, ¡con cuánta frecuencia he ahogado tu Palabra con mis preocupaciones! Para que tu Palabra tenga raíces profundas y produzca una rica cosecha, necesita un corazón abierto, libre y sin preocupaciones. Sé, Señor, que tu Palabra tienen poder, que puede transformar el corazón y la mente, y puede hacerse tan fuerte que hable por sí misma. Pero ¿cómo puede ser eficaz tu Palabra cuando es recibida por un corazón lleno de espinas; un corazón que constante y cuidadosamente reflexiona sobre lo que sucedió el día de ayer y que anticipa con ansiedad lo que pasará mañana; un corazón pervertido por la culpa, los celos, la envidia, y la lujuria; un corazón siempre inquieto y en confusión? No sorprende que un corazón tal impida que tu Palabra dé fruto.
Oh Señor, dame un corazón que pueda recibir tu Palabra en la forma en la que la buena tierra recibe la semilla que cae sobre ella, y permite que tu Palabra engendre en mí una nueva vida y un amor nuevo en medio de este mundo estéril.”
ESCUCHO LA PALABRA DE DIOS:
“Una vez que estaba orando solo en presencia de sus discípulos, les preguntó:
- ¿Quién dice la gente que soy yo?
Contestaron ellos:
- Juan Bautista; otros que Elías, y otros un profeta de los antiguos que ha vuelto a la vida.
El les preguntó:
- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro tomó la palabra y dijo:
- El Mesías de dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
- Este Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
- Y dirigiéndose a todos, dijo:
- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga; porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí, la salvará. A ver, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él mismo? Pues si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también este Hombre se avergonzará de él cuando venga con su gloria, con la del Padre y la de los ángeles santos; y os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto el reinado de Dios.”
(Lc 9, 18-27).
(Silencio meditativo: ¿Qué me estás diciendo, Señor?)
ORACIÓN DE DESPEDIDA:
“Mi Señor, no tengo esperanza sino en tu cruz. Tú, por tu humildad, sufrimientos y muerte, me has librado de toda vana esperanza. Has suprimido en ti mismo la vanidad de la vida presente y, al levantarte de entre los muertos, me has dado todo lo que es eterno.
¿Por qué querría ser rico, si Tú eres pobre? ¿Por qué desearía ser famoso y poderoso ante los ojos de los hombres, cuando los hijos de aquellos que exaltaron a los falsos profetas y apedrearon a los justos te rechazaron y te clavaron en la cruz? ¿Por qué debería acariciar en mi corazón una esperanza que me devora –la esperanza de una felicidad perfecta en esta vida- cuando tal esperanza, condenada a la frustración, no es otra cosa que desesperación?
Mi esperanza está en lo que el ojo jamás ha visto. Por lo tanto, no me permitas confiar en recompensas visibles. Mi esperanza está en lo que el corazón del hombre no puede sentir. Por lo tanto , no me permitas confiar en los sentimientos de mi corazón. Mi esperanza está en lo que la mano del hombre nunca ha tocado. No me permitas confiar en lo que pueda retener entre mis dedos. La muerte soltará lo aferrado, y mi vana esperanza se habrá ido.
Permite que mi confianza esté en tu misericordia, no en mí mismo. Permite que mi esperanza esté en tu amor, no en la salud, la fuerza, el ingenio o los recursos humanos.
Si confío en ti, todo lo demás se volverá, para mí, fortaleza, salud y sostén. Todo me conducirá a los Cielos. Si no confío en ti, todo será mi destrucción. (Tomas Merton)
Honor y Gloria a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ahora y siempre.