Dos imágenes para el tiemp de Adviento

El tiempo de Adviento, como sabemos, se refiere tanto a la última venida de Cristo (Parusía) como a la Presencia de Dios en la tierra (Epifanía).

Vamos a meditar un poco sobre cada una de ellas a través de dos imágenes y, después, en la oración personal que cada uno se detenga en la que más le ilumine su situación actual.

1ª imagen: PARUSÍA. Cristo llamando a nuestra puerta suplicándonos que le abramos para hospedarse dentro.

Se trata de una imagen que hemos leído estos días en el libro del Apocalipsis: “Estoy a la puerta llamando, si alguien oye y me abre entraré y comeremos juntos” (Ap 3,20). O en Zaqueo: “Hoy tengo que alojarme en tu casa”. En el Cantar de los Cantares también aparece, porque de fondo no es sino una imagen para mostrarnos dos cosas:

1ª El deseo infinito de Dios por nosotros, su amor, su interés en entrar en nuestra vida. Siempre es bueno escuchar, sentir, de Dios no de otra gente, que somos (soy) especiales para Él.

Dice Simone Weil: “La idea de una búsqueda del hombre por Dios es de un esplendor y de una profundidad insondables. Hay una decadencia cuando se la reemplaza por la idea de una búsqueda de Dios por el hombre”.

2ª Nuestra dureza y cerrazón al no abrirle. ¿Por qué? Por ser demasiado autónomos y autosuficientes hasta el punto de llegar a pensar que no lo necesitamos. Por miedo a que nos vea ocupados en nuestras cosas y no en las cosas del Padre. Por temor a que Él quiera cambiar la casa, ordenarla y limpiarla... y preferimos seguir enfrascados dentro de nuestro pecado, como negativa a aceptar su amor.

Es una imagen que nos hace preguntarnos con San Agustín: “¿Qué soy yo para ti que me mandas que te ame y te enojas si no te amo y me amenazas con tan grandes miserias? ¿Es por ventura pequeña miseria el no amarte? ¡Ay de mí! Por tu misericordia, Señor y Dios mío, dime ¿qué soy yo para ti? Sí, dímelo, que yo lo oiga. Los oídos de mi corazón están abiertos delante de ti, Señor. Ábremelos y di a mi alma: yo soy tu salvación. Estrecha es la casa de mi alma para que vengas a ella: ensánchala. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden a tus ojos: lo sé y lo confieso. Pero, ¿quién la limpiará sino Tú?”.

Esta imagen de Cristo llamando a la puerta fue la que mejor que nadie expresó Lope de Vega en su famoso soneto: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

¡Y cuántas, hermosura soberana:
Mañana le abriremos --respondía--,
para lo mismo responder mañana!

Quien se vea aquí, atravesando una etapa de más cerrazón, frialdad y sequedad ante Dios que piense en esta PARUSÍA o venida definitiva del Señor y que ore con este texto: Ap 3,1-6.14-22.

2ª imagen: Vírgenes prudentes que salieron de su casa con los candiles encendidos a recibir al novio (Mt 25,1 ss.). Es la imagen contraria a la anterior: han dejado su casa vacía, con la puerta abierta, y han salido a esperar al novio que llegará en cualquier momento, pero no saben cuánto tardará, por eso llevan frascos de aceite de sobra para los candiles.

Si en la otra imagen se pone de manifiesto el amor, el deseo de Dios por nosotros y nuestro pecado como negativa a aceptar ese amor. Aquí se pone de manifiesto:

1.- Deseo, inscrito en lo más profundo de nosotros mismos, de recibir a Dios. Esas doncellas con velas encendidas y a las puertas de sus casas tienen un grito de adviento en sus labios: ¡Ven, Señor Jesús!

2.- Que sólo Cristo llena verdaderamente nuestra casa haciéndonos ver cuando está en ella que no es nuestra sino suya, y que nosotros no somos los amos y Él el huésped, sino los criados y Él el amo, la casa de nuestro cuerpo le pertenece a Él, es suya.

En esta imagen llena de esperanza un elemento: el candil. Encenderlo en la noche nos remite a la oración: “Velad y orad”. Oración que se nos invita a incrementar en el Adviento y en la que pedimos no bienes ni dones sino la venida del Señor, es decir, al mismo Señor, no a sus dones. La oración que mantiene siempre la puerta de la casa abierta al amo, que nos necesita , que somos templo donde el Señor ha de venir a habitar.

(Extracto de un retiro de Adviento dirigido por Poldo Antolín ss.cc.).