Crónica del Retiro de Adviento de PJV

por Rocío Risquete García

1 de Diciembre, inicio del primer fin de semana de este mes, que concluiría con el primer Domingo de Adviento, comienza el Retiro que se viene repitiendo cada año en este tiempo litúrgico en la Santa Casa de Espiritualidad Padre Damián.

Vamos llegando, nos vamos encontrando y reencontrando con otros hermanos que han trabajado algún día a tu lado en tu lugar de origen, que ya han rezado contigo antes, que estabas seguro que hallarías allí… Cenamos juntos, y el alimento se convierte en energía para terminar una jornada en presencia del Señor, tras presentarnos todos y comentarnos Poldo las actitudes de partida. Y como última intención del día la de disponerse ante Dios y así prepararnos para lo que sería el milagro del encuentro con tu artesano.


El nuevo día comienza entorno a la Eucaristía y tras ella van llegando los más rezagados. ¿Para quién caminas? A cada paso que des hoy repite su nombre. Resituar a Dios como centro de tu vida, tu creador, tu alfarero y a ti mismo como obra suya creada por amor, como arcilla moldeable en sus manos, como barro dúctil hecho a imagen de Dios y que se va perfeccionando a su semejanza va a ser el eje transversal de estas intensas 24 horas.

El silencio interior se va encontrando en cada tiempo de oración y el externo se va haciendo, poco a poco, incluso en los tiempos comunes, descansos, comidas…. comunicándonos, tan sólo, mediante una misma oración, en una misma intención, para crear espacios que en alguna que otra ocasión fueron transgredidos por algún paseíto comunitario hasta la cancela.

Sintiendo y gustando las cosas de Dios internamente, con el coraje de aceptar ser aceptados por Dios, aprendiendo que el Amor de Dios nos Recrea, esto es, vuelve a crearnos en nuestro pecado redimiéndonos y deificándonos para una nueva vida llegamos a la oración de la noche.

Tres tablas, perfectamente elaboradas por Poldo, representaban la obra de Fray Angélico: el pecado, la Trinidad y la Anunciación. Y así, terminábamos el día con la Esperanza de la Encarnación como Salvación del mundo y con el corazón agradecido que nos impulsaría, al día siguiente, a contemplar a Jesús y a dejarnos hacer por Él, para seguir trabajando en su Reino.

Terminábamos con unas pistas para vivir el día a día desde estas claves y con la Eucaristía, máxima expresión de agradecimiento, que rompía el silencio y ponía de manifiesto que, en mi vida como en la de mis hermanos, los espacios verdes son Tierra Sagrada, donde una vez más, como brisa ligera, había tenido lugar el encuentro con Cristo.