"El bazar religioso de la prisión"

por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc


Todos los domingos, dos de nuestros religiosos jóvenes van a la cárcel central de Kinshasa (prisión de Makala). Por el camino, recogen a varios laicos que también forman parte del equipo de voluntarios que se encargan de la asistencia religiosa y social de los internos. Al llegar, se reparten en pequeños grupos y se distribuyen en los distintos pabellones del centro penitenciario. El programa consiste en una celebración litúrgica con los católicos, y luego un diálogo rápido con unos y otros para tratar de algunas ayudas puntuales: seguimiento de los procesos (los hay que se pasan años allí dentro sin ser juzgados), suministrar medicinas, llevar cartas a la familia...

Yo les acompaño a veces. Si va el cura, se celebra la eucaristía. En dos ocasiones celebré el Jueves Santo en el pabellón 9 de la zona de los hombres. La primera vez no había bancos, nos sentamos todos en el suelo. Estábamos en la sala de duchas. Seríamos unos treinta. Recordamos la Ultima Cena; lavé los pies de doce, en memoria del gesto de Jesús; y nos despedimos pensando que el Señor pasó la noche antes de su muerte en el calabozo de la guardia del Templo.

El año pasado ya tenían algunos bancos, y la sala de duchas estaba un poco más limpia. Ejercer de sacerdote un día así en un lugar semejante no deja indiferente, os lo aseguro. Un Jueves Santo inolvidable.

No somos sólo los católicos los que entramos los domingos en Makala. En la puerta nos encontramos con los “pastores” de todo tipo de confesiones: kimbanguistas, protestantes, pentecostales, ejército de salvación, baptistas, toda clase de sectas y grupos independientes... Sufrimos juntos con paciencia el cacheo sistemático de los policías, y cada uno se va a buscar sus “adeptos” dentro de la prisión. Nos distribuimos como podemos: unos en las esquinas del patio, otros en los dormitorios, o en los comedores, o –como nosotros- en las duchas. Difícil concentrarse en la oración, porque todos cantan y chillan y predican a grito pelado. En general, nosotros los católicos somos de los más tranquilos, menos exaltados. ¿Más aburridos? No sé. Nuestra liturgia es amiga del silencio, para no acallar la Palabra con nuestras palabras y nuestros ruidos.

Todos hablamos de Dios, leemos la Biblia, exhortamos, consolamos. Todos ante la misma miseria humana, ante el mismo dolor, ante la misma injusticia. Pero todos diferentes, miembros de “clubes” opuestos. En este “bazar” religioso, bien podríamos parecer más vendedores ambulantes que testigos del Misterio. Más funcionarios de una empresa que ministros del Señor vivo. Triste ejemplo de tanta división hecha en nombre de Dios.

Y, sin embargo, al encontrarnos en ese lugar de abandono, donde se diría que los hijos de Dios pierden su dignidad, nuestras distintas “confesiones” parecen reconciliarse instintivamente ante nuestro Padre común. Dios es Padre donde se mira como hermano al más abandonado. Por eso, algo me dice que en todo ese quejío religioso, ruidoso y confuso, que bulle cada domingo en Makala, anda escondido el soplo salvador y vivificante del Espíritu de Aquél que pasó la noche en prisión antes de ser clavado por todos en la Cruz.