El Buen Padre: celo y fuego

Por Antonio Alcayde Peral ss.cc.

El abad Lot fue a ver al abad José y le dijo: “Padre, en lo que puedo, observo una regla sencilla, hago pequeños ayunos, practico algo de oración y meditación, guardo silencio y, en la medida de lo posible, procuro mantener limpio mi pensamiento”. ¿Qué más debería hacer? El viejo monje se puso en pie, alzó las manos hacia el cielo, y sus dedos se convirtieron en diez antorchas llameantes. Entonces dijo: “¿Por qué no te transformas en fuego?”.

IDEAS PARA LA REFLEXIÓN

En 1945 dijo Mahatma Gandhi: “Merece la pena preguntarse por la fuente del heroísmo del P. Damián”. Esta pregunta nos la hacemos con frecuencia cuando nos colocamos frente a frente con personas que nos han importado por su fe en el seguimiento de Jesucristo. No nos basta con conocer sus vidas y sus obras. Queremos más: Necesitamos adentrarnos en la profundidad de su ser. Encontrar “la fuente” de donde brotan sus vidas y obras que nos atraen. Las motivaciones últimas de su ser y actuar. A lo largo de toda su historia, los que han formado o formamos parte de ella con relación a nuestro Fundador, nos hemos hecho la misma pregunta. Y la única respuesta que hemos encontrado ayer y hoy, ha sido la misma: EL CELO. A través de este rasgo de una vida tan densa podremos ver realizado su ideal, que es también el nuestro. Dice la Regla de Vida: “La vida del P. Coudrin es un modelo de lo que se te pide a ti. La respuesta que él dio a Dios puede (debe) ser para ti una enseñanza, aun cuando las circunstancias y el lenguaje de hoy sea distinto.

Para el Buen Padre el celo, que suele definirse en los diccionarios como un vivo ardor en el servicio de Dios, sinónimo de diligencia, de solicitud, de entrega, es una “llama divina” que enciende al religioso al servicio de la causa de Dios y de Cristo, en el servicio de los hombres. Será el resorte e impulso que conducirá a los miembros de su comunidad a la consecución del fin que ella se propone. Es como si dijera el secreto de la eficacia de su servicio. Se trata de hacer reinar el Amor, y para eso el celo es una garantía de estar bajo su poder, de trabajar bajo su influencia.

Nuestro Fundador piensa que la inclusión de la palabra “celo” en el título mismo de la comunidad, podrá servir de látigo que despierte “todos los días y a todos los religiosos del sueño con que los amenaza el egoísmo que acecha a todo ser humano en este mundo”.

Éstas son sus palabras: “necesitamos un nombre que recuerde cada día a nuestros hermanos sus deberes y obligaciones, que los haga recordarse a cada instante, de que deben sacrificarse por celo por el Señor; que faltarán a su voto más esencial apenas quisieran vivir sólo para ellos y no trabajar en la salvación de sus hermanos. Que no deben retirarse al silencio del claustro, sino para sacar de allí nuevas fuerzas a fin de combatir con mayor valentía a los enemigos de la religión; que su vocación, en fin, es toda de celo y de un celo inflamado. Esto es lo que deben pensar los miembros de nuestra sociedad, esto es lo que no podrán olvidar al designarse con el título de Celadores. Su nombre mismo clamará contra ellos…”.

En el mismo documento, el Buen Padre expone las motivaciones y raíces del “celo”. Son don: las condiciones históricas exigen un gran celo por parte de los seguidores de Cristo y la contemplación del misterio de Amor que es la redención.

Dice: “Se habla, es cierto, todavía algunas veces de respeto por el Ser Supremo, pero ya no se sabe lo que significa el amor de Dios. Situados en semejantes circunstancias, deseando recordar a los hombres la confianza y el amor a Jesucristo, consagrados por nuestros votos a esta obra buena, hemos tenido que tomar un nombre, que por sí mismo pudiera impresionar las mentes y reconducir a mayores sentimientos, que pudieran darles a entender que deben abrir su corazón a una llama divina. Si uno se persuade de veras de la ternura del Sagrado Corazón de Jesús por la salvación de las almas, ¿se puede entonces no ser inflamado de celo para responder al amor de un maestro tan bueno? Si se piensa en la ternura maternal del Corazón de María para con los hombres convertidos en hijos suyos en la persona de San Juan, ¿se podrá una vez más, no sentir su alma abrasada por un celo santo por honrar a la Virgen de las vírgenes”.

IDEAS PARA LA VIDA.

A. Leemos en nuestras constituciones:

“La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto. De ahí deriva nuestra misión: contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios encarnado en Jesús. María ha sido asociada de una manera singular a este misterio de Dios hecho hombre y a su obra salvadora: es lo que se expresa en la unión del Corazón de Jesús y el Corazón de María. Nuestra consagración nos llama a vivir el dinamismo del Amor Salvador y nos llena de celo por nuestra misión”. (Artículo 2).

Así se explica el P. Patrick Bradley, ex superior general, este artículo de nuestras Constituciones en su libro “Nuestra vocación y misión SS.CC.”:

“En el Corazón de Jesús contemplamos el Amor salvador de Dios en la carne. Nuestra consagración nos llama no sólo a contemplar sino a vivir el dinamismo del Amor salvador, es decir, a amar con su amor. Recordad que nuestro carisma es un don de Dios, es aquella fuerza suya que despliega en mí su eficacia. Por nuestra consagración nos entregamos totalmente al poder transformador de Cristo en nosotros, de tal forma que toda nuestra vida queda incorporada a la corriente del amor redentor de Dios. El Padre ha desplegado todo su poder salvador en Jesús para transformar –elevar- el mundo. Para nosotros, decir que creemos en el amor, equivale a afirmar que creemos en aquel Amor capaz de transformarnos y cambiar el mundo. De aquí que el Buen Padre experimentara su carisma como poder, fuerza o celo abrasador”.

B. Leemos la Palabra de Dios.

“Llegó y pasó la noche en una cueva. El Señor le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? Respondió: Me he abrasado en celo por el Señor, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han destruido tus altares, han pasado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y me buscan para quitarme la vida (1 Reyes 19,9-10). (Es conveniente leer todo el capítulo 19).

“El celo –punto de ignición, en griego- tiene que ver con sentir por algo tal solicitud que haga que merezca la pena haber nacido. La presencia de Dios es una realidad exigente. Cuando encontramos a Dios dentro de nosotros, nada sigue siendo lo mismo. Nos convertimos en personas nuevas y, al hacerlo, también vemos de una manera nueva cuanto nos rodea. Quedamos conectados con todo y con todos. Llevamos el mundo en nuestros corazones. La opresión de los pueblos, el sufrimiento de los amigos, las cargas de los enemigos, el saqueo de la tierra, el hambre de los pobres, el sueño de los niños... El celo ilumina nuestros corazones. El celo nos consume. Si queremos contemplar el Amor de Dios, hemos de ser celosamente entusiastas del Dios del Amor en quien todas las cosas tienen su principio y su fin. Hemos de convertirnos del todo en fuego. Afortunadamente, sabremos percibir cuándo sucede esto, porque nos sentiremos consumidos de amor, no sólo por Dios, sino por cuanto Dios ha creado” (Joan Chittister, “La vida iluminada”).

Bautizados en fuego, el día de nuestra Profesión religiosa, contemplamos el Amor Redentor y al mundo. Dios es fuego –“he venido a traer fuego a la tierra”- y el que se acerca a Dios se quema. Dijo San Francisco a Fray León en el ultimo momento de su vida: “No te olvides, Fray León de que Dios es como el fuego y el que se acerca a Él se quema”.

PARA LA ORACIÓN

Ante la persona del Buen Padre, nuestro Fundador, hacemos nuestra la oración-petición que Eliseo dirigió al Profeta Elías:

“Y cuando pasaron a la otra orilla, Elías dijo a Eliseo: Pídeme lo que quieras antes de que sea arrebatado de tu presencia. Eliseo dijo: Dame como herencia dos tercios de tu espíritu. Elías le contestó: ¡Mucho me pides! Si me ves cuando sea arrebatado, te será concedido; si no me ves, no se te concederás” (2 Reyes 2,9-10).