por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Cuando el buen samaritano llegó a casa y contó lo sucedido en el camino, su mujer se le echó a llorar reprochándole que fuera tan imprudente y que se paseara solo por caminos tan poco seguros. “Y ése que recogiste”, le echó en cara, “si ni siquiera sabes quién es, ¿y si fuera otro bandido?. ¡No piensas en tu familia que te espera con el corazón encogido!”. Su cuñado, que era su socio en los negocios, también estaba enfadado. “Pones en peligro nuestra mercancía, y encima te gastas lo que no es sólo tuyo. ¿No se puede confiar en ti o qué?”.
A los pocos días, el buen samaritano tuvo que viajar con su cuñado y un guardaespaldas cuando volvió a ajustar cuentas con el posadero. “Ese hombre era un aprovechao”, le decía mientras le presentaba la factura. “Se jartó de todo lo que pudo y desapareció de repente, sin ni siquiera dar las gracias. Tanto pedigüeño suelto... Así se maleduca a la gente. Hágame caso”.
Entretanto, el levita, enterado del revuelo causado por el incidente, había vuelto al pueblo y explicaba a quien quisiera escuchar que él no tenía por qué ir arreglando todos los entuertos con los que se encontraba, y que bastante tenía con intentar poner un poco de Dios en un mundo tan estropeado. Lo que pasa es que casi nadie comprende que se trabaje por la fe sin tener por eso que convertirse siempre en un asistente social. A cada uno su responsabilidad.
Un grupo de vecinos de la comarca, por su parte, acababan de crear una asociación de protección ciudadana. “Las cosas no cambian dando limosnas”, decían. “Pan para hoy y hambre para mañana. Lo que hay que hacer es organizarse y evitar que los bandidos sigan metiendo miedo y robando”. Acusaban al samaritano de individualista: quizás se hubiera quedado satisfecho con su conciencia, pero no se había atrevido a atacar la causa del problema.
Otros, más politizados, gritaban que la culpa era del gobierno. Los romanos tenían invadido el país y les importaban un rábano los problemas de seguridad de las regiones marginales. Lo que hacía falta era un gobierno autónomo y dejarse de tonterías.
El cuñado del samaritano andaba preocupado tratando de recomponer la imagen de la pequeña empresa familiar, que sufría una hemorragia de clientes asustados por una gestión tan incompetente. “El cliente tiene que estar contento, ¿comprendes?”, le explicaba el cuñado. “Tiene que sentirse seguro; hay que darle lo que pide, y no meterlo en aventuras extrañas”. Así que, para quitárselo de en medio, no fuera a causar más problemas, mandó al samaritano a Jerusalén con un encargo cualquiera.
Por el camino, se le juntó un joven que parecía tener prisa de alejarse de allí. El chaval le confesó que era uno de los bandidos que asaltaban aquellos caminos. “Para esta gente somos sólo basura, y lo único que se les ocurre es tratar de eliminarnos, los muy canallas. No tenemos ni trabajo, ni casa, ni educación, ni ná, y nos morimos de asco. ¿Qué quieren?”. El samaritano escuchaba, sin saber qué pensar.
Al acercarse a Jerusalén, se vieron metidos en una manifestación violenta de zelotas contra los romanos. Al enterarse que era samaritano, un grupo de exaltados lo agarró. Lo apalearon, y lo lincharon. El samaritano llegó al cielo confundido y descorazonado. “La humanidad no tiene remedio”, se decía. Se cruzó con otro hombre que pasaba y le contó su historia. Necesitaba desahogarse. “Caramba”, le dijo el otro. “Te entiendo muy bien. A mí me ha pasado prácticamente lo mismo”. Aquel hombre había sido misionero en África.