por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Johnny ha vuelto cansado de la asamblea parroquial. Cansado pero radiante. Ayer le preocupaba una comunidad cuya animadora murió hace tan sólo unos meses. Era una joven madre de familia, muy dinámica, que había conseguido unir un pequeño grupo de cristianos donde hasta hace poco no había aun nada organizado. Al faltar ella, creíamos que todo se vendría abajo y habría que recomenzar de cero.
Pues no. Ahí estaba hoy el equipo de esa comunidad, con caras nuevas y gente dispuesta a trabajar. Pero bueno, ¿qué ha pasado? Parece que los vecinos quedaron muy impactados por todo lo que ocurrió cuando la muerte de la animadora. Durante su enfermedad, nuestros hermanos y los cristianos de la parroquia se volcaron con ella: visitándola, llevándola al médico, atendiendo a los hijos pequeños, interesándose... Al morir, muchos se presentaron para consolar a la familia y participar en la eucaristía del entierro, que fue muy sentida y bien preparada. Aquel movimiento de cariño y cercanía brilló aun más en contraste con la mezquindad de los familiares de la difunta, que llegaron como buitres, tras la muerte, exigiendo “lo suyo”.
A fin de cuentas, reflexionaron algunos, se puede formar una “familia” más unida y más fuerte con lazos distintos a los de sangre. A partir de aquel momento, la pequeña comunidad ha más que duplicado sus miembros. Una muerte que da fruto. Misterioso, pero real.
“Es muy importante crear calor fraterno”, decía Johnny. “Eso hace milagros”. Eso hace visible y “útil”, me digo yo, lo que con tanta dificultad tratamos de explicar en los sermones.
No todos los que llegan están “en orden con la Iglesia”, claro. Hay que arreglar situaciones “irregulares”, seguir la catequesis, recibir sacramentos, qué pasa con los que hasta ayer rezaban en las sectas, mira ése que tiene dos mujeres, y aquella pareja que todavía no se ha casado... Chirría entonces nuestra maquinaria, atrapada entre el esfuerzo por construir “comunidad humana” y el de organizar la “comunidad eclesial”. Se trata de lograr que la fe no ponga límites al “calor fraterno”, sino todo lo contrario.
Jesús y su Espíritu impactan de maneras diversas a las personas. Pero todos son hijos e hijas del mismo Padre. Las fronteras del Reino de Dios son infinitamente más vastas que las de nuestros “chiringuitos”. Afortunadamente.
Hoy me alegro con la alegría de Johnny. Una alegría que se pondrá a prueba cuando lleguen, que llegarán, momentos de aridez y de decepción. Pero una alegría justa y esperanzada, porque nos hermana con la alegría de Dios: la de ver a sus hijos queriéndose.