Don Carnal y Doña Cuaresma


por Mons. Carlos Amigo Vallejo


La batalla se ha hecho contienda diaria. Ayer, don carnal y doña cuaresma libraban el duro combate. La ceniza haría de árbitro y discernimiento y la cuaresma se alzaría con el triunfo. Ahora, la batalla es continua. Es casi obligado, en cada momento, hacer la elección entre lo auténtico y lo que, siendo falso, se presenta como verdadero y fascinante.

Y no resulta fácil tomar partido, pues la apariencia de justo y gratificante engaña, y la escoria se confunde con el buen metal y el trigo con la cizaña, pues continuamente se presentan, al sufrido contemplador, modelos para el equívoco. Más que ofrecer valores, se facilitan utilidades. No se dan criterios, sino ambigüedades para la opinión. El rito de la ceniza, al comenzar el tiempo de cuaresma, es como un recordatorio para no olvidar esa responsabilidad íntima y primera de ser uno lo que es. No es un imperativo del deber y del hacer, sino del vivir. Vive como lo que eres. Sujeto a la actividad, pero destinado a la inmortalidad.

Una cuaresma nos viene bien a todos. A los creyentes y a los que lo son menos. Adentrarse en el hondón de uno mismo y reconocerse en la imagen más auténtica. Y después, valorar. Sabio ejercicio de discernimiento para poner cada cosa en su sitio.

Al abrirse las puertas del tiempo cuaresmal, se oye la voz profética que invita a la conversión del corazón. ¡Dejaos reconciliar con Dios! ¡El Señor os quiere y os ofrece la salvación! Convertirse a Dios, no es otra cosa sino dejarse mirar por quien nos quiere como hijos y nos perdona y llena de su misericordia. Esa mirada de Dios se realiza en el encuentro con su palabra viva que es el mismo Jesucristo. Viéndole a Él, vemos al Padre. Escuchándole a Él, oímos la voz de Dios. Convertirse, pues, a Dios es dejarse llevar por la vida, el ejemplo y la palabra de Nuestro Señor Jesucristo.

No habrá que olvidar el unir la oración con el ayuno, y la limosna con el trabajo para que se implante y crezca la justicia. Las palabras de la profecía de Isaías no cesan de resonar: ¡Desatad los lazos de la maldad, dejad en libertad al que estáis oprimiendo, compartid el pan con el hambriento y cubrid con vuestro propio manto al que está desnudo!