Queridos hermanos:
Ante todo un saludo muy cordial desde esta ciudad de Roma, donde estamos teniendo sesiones de Consejo General y reuniones con la Comisión Preparatoria del próximo Capítulo General. Sí, de nuevo estamos emplazados a ese acontecimiento congregacional que se produce cada seis años y que va marcando el ritmo de nuestra historia como comunidad internacional. Es precisamente esa historia la que da el marco más adecuado a la celebración de los cincuenta años de la presencia de la Congregación en Andalucía.
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“Andalucía ha enriquecido a la Congregación con su estilo y su talante y la Congregación se ha identificado con Andalucía desde su presencia y su servicio”. |
Las múltiples actividades de nuestra vida diaria, tan sobrecargada a veces, hacen que percibamos el paso del tiempo como una carrera frenética en la que se suceden tantas cosas que lo dividen y lo acortan. Por eso parece que los meses pasan siempre más deprisa y se amontonan uno sobre el otro, de tal forma que cuando miramos atrás no estamos seguros si ha pasado uno o dos años. Sin embargo cuando nos detenemos y reflexionamos sobre nuestra condición temporal nos damos cuenta que el tiempo es algo más que sucesión y que hay tiempos, por así decir, más cargados, más densos, con mayor duración.
Creo no equivocarme si digo que los cincuenta años de la llegada de nuestros hermanos a Andalucía no solamente se pueden medir por la sucesión del tiempo, sino por la permanencia de nuestra comunidad en esa hermosa región española. Permanencia que ha dado como resultado que la Congregación pueda afirmar con alegría: “Andalucía ya es nuestra tierra”.
La Congregación, no siendo uno de los grandes institutos de Vida Religiosa, sin embargo está muy extendida. Tal vez ese sea uno de las características más propias de nuestra historia. Nunca hemos puesto demasiadas dificultades en ir más allá, en atravesar fronteras, tal vez por la comprensión que hemos hecho de lo que el Buen Padre nos pedía con aquello de “llevar el Evangelio a todos lados”. Nuestras Constituciones nos dicen que “la disponibilidad para las necesidades y urgencias de la Iglesia, discernidas a la luz del Espíritu, así como la capacidad de adaptación a las circunstancias y acontecimientos, son rasgos heredados de nuestros Fundadores”. Sí, seguramente aquí está la explicación de esa característica tan nuestra.
Ahora bien esa disponibilidad ha tenido sus consecuencias. Unas hacia fuera de la Congregación, que han sido los múltiples y variados servicios que hemos prestado a tantas iglesias locales y tantos pueblos y culturas. Otras hacia dentro, la adaptación de nuestro estilo de ser y actuar a esas mismas iglesias y sociedades. Esta segunda consecuencia ha tenido especial trascendencia en el momento que hemos recibido dentro de nuestra familia religiosa hermanos y hermanas de aquellos lugares en donde estábamos sirviendo.
Andalucía es una región española que por su geografía, historia, cultura y tradición tiene una personalidad muy definida y rica. No es fácil sintetizar en pocas palabras todo lo que eso significa. Por ello doy la palabra a un poeta andaluz -¡ha habido tantos!- que me aproxima a la complejidad y riqueza de esa querida tierra: “El río Guadalquivir/ va entre naranjos y olivos/Los dos ríos de Granada/ bajan de la nieve al trigo”. Esa compleja riqueza de Andalucía ha dejado su huella más allá de sus fronteras naturales... ¡cuántas veces, como en otros momentos Castilla o Galicia, la parte se ha identificado con el todo, y al final ante los ojos de afuera todos éramos castellanos, gallegos o andaluces!... Hoy, cuando en los ámbitos de la política de partidos, se discute a veces hasta la saciedad la pluralidad y la unidad de España, me siento más incapaz de hablar en esos términos y prefiero hablar de la riqueza de la diferencia que se integra en la unidad.
En cualquier caso, Andalucía ha enriquecido a la Congregación con su estilo y su talante y la Congregación se ha identificado con Andalucía desde su presencia y su servicio. Los cincuenta años de presencia congregacional en Andalucía serán glosados con mucha más autoridad que la mía por otros hermanos y amigos. Desde mi visión de las cosas puedo decir que siempre he admirado esa presencia por el amor mutuo que ha caracterizado las relaciones de Andalucía y la Congregación. Amor que se ha manifestado en actitudes claras de fidelidad respectiva. La Congregación se ha entregado con entusiasmo y generosidad a tareas apostólicas en favor del pueblo andaluz y de la Iglesia presente en esa tierra. Muestra clara de ello son todas las comunidades y obras que han ido surgiendo a lo largo de estos cincuenta años, con especial atención a los grupos sociales más necesitados y a los jóvenes. Andalucía se ha abierto de par en par a la los hermanos y hermanas y ha entregado a la Congregación, con el reconocimiento y el cariño probado, hijos e hijas de esa tierra que forman parte de nuestra comunidad en sus diferentes ramas. Algunos de los cuales ya no están allí, sino que han traspasado fronteras de la mano de la Congregación y sirven desde nuestra vocación en latitudes lejanas.
Vaya desde estas líneas la expresión de mi agradecimiento a Dios por estos cincuenta años, en especial por los hermanos y hermanas que han sido sus mediaciones para hacer posible esta realidad que llega a su madurez. Ciertamente todos tenemos en la memoria y en el corazón nombres que han significado tanto para nuestra comunidad y su servicio en Andalucía. Muchos de ellos son nombres de los que ya han partido y se encuentran en la Casa del Padre. Esperamos que desde allí sigan velando por esta comunidad que ha llegado a su madurez y a la que todos deseamos un feliz aniversario.
Fraternalmente
Enrique Losada Adame ss.cc.
Superior General