Enero 2009
Queridos hermanos:
Ésta es la vigésima tercera ocasión en que me asomo a esta ventana de la primera página del boletín provincial y no sé si será la última, Fernando no me aclara si conseguirá confeccionar otro boletín antes del Capítulo Provincial en el ya próximo abril pero tiene una duda razonable sobre la posibilidad de ello.
No voy a insistir una vez más sobre algo que ya todos sabéis… ¡lo que me cuesta escribir! Pero hoy se me hace especialmente difícil encontrar pensamientos comunicables ni palabras que los expresen. Entre el desconcierto y la nube del no-saber son bastantes las nieblas que me impiden ver algo con claridad y me concederéis que dejar algo por escrito necesita algo de claridad de ideas y de ánimos… En fin me presionan para que tenga algo que decir y que escribir.
Con ocasión de una de las muchas celebraciones de estas pasadas navidades, en una homilía les comentaba a mi sufrida asamblea cristiana la importancia de la transmisión de la fe en la familia. Les decía, como experiencia personal, que en los momentos difíciles de la vida sólo te queda la fe, los valores, que recibiste de niño y las oraciones que te enseñaron tus padres, especialmente las que recitaste muchas noches con tu madre. Es ello lo que se te viene a la mente y a la boca una y otra vez.
Me ha tocado en suerte ser el mayor de seis hermanos y por ello poder gozar en mi infancia de unos padres jóvenes, llenos de proyectos y con toda una vida por delante. Además mis padres fomentaron en su hogar un especial “American way of life”, me explico. Mi madre en los cincuenta de la postguerra española se marchó por tres años a Estados Unidos a realizar allí sus estudios universitarios, tres años sin volver una sola vez, en un “Junior College” en Massachutset. Mi padre, el más pequeño de los muchos hijos de un maquinista de RENFE, sindicalista y republicano (últimamente todos tenemos un abuelo republicano), convencido de que nadie le iba a dar nada en esta vida sino lo que él mismo pudiera conseguirse, se reinventó a sí mismo y durante años fue el intérprete de los técnicos estadounidenses que construían las pistas de los aeropuertos de Morón, Rota o Sevilla, y más tarde el profesor de español de una larga lista de cónsules y alto personal de la sede consular de los Estados Unidos en Sevilla, lo que le dio una sintonía y una visión de la vida muy especial.
Desde pequeño viví la importancia de tener ideas propias pero, lo que es aún más importante, a expresarlas en libertad y en voz alta. Una idea es valiosa si consigue expresarse en voz alta y, sobre todo entre los tuyos, cualquiera de tus ideas tiene derecho de ser expresada por el hecho de ser la tuya. El tener ideas diferentes no rompe ninguno de los vínculos familiares que tengas con los tuyos porque el vínculo de la familia es más fuerte que las ideas dispares. Cualquiera que conozca mi familia sabe de las muy dispares ideas, situaciones vitales y maneras de proceder que podemos tener cada uno de los seis hermanos, sabrá que no nos callamos ni debajo de agua, podrá vernos incluso “demasiado” independientes… pero en situaciones de necesidad nos habrá podido ver a todos unidos en torno a la cama de hospital o a la mesa camilla del hermano en dificultad como si no existiera otra cosa en el mundo.
De mi otra familia y sobre todo de aquel “padre bueno” que el Señor puso en mi camino como maestro de novicios, y en los difíciles años de la tardo adolescencia, aprendí sobre todo dos cosas. El amor misericordioso, ése que te une de tal manera a las personas que no lleva sino al noble oficio de perdonar y ser perdonado, pero un perdón auténtico que olvida y rompe listas de rencores, porque nada es tan grande ni tan importante como para distanciarte de nadie. Y la actitud vital de adoración ante el Dios de la vida, esa actitud que te hacer dudar en cada momento de ti mismo y de todo lo tuyo porque desde lo hondo de tu vida reconoces a Otro más grande que tú y el único por quien merece la pena incluso dejar de ser tú mismo, al menos en respuesta a lo que Él ha dejado de sí mismo en ti.
En fin hermanos, mi familia, tan sólo reflexiones en medio de la bruma, sólo espero que os puedan ayudar en tiempos difíciles.
Un fuerte abrazo a todos.
Sevilla, enero 2009
Juan Manuel de Mula, ss.cc.
Superior Provincial