Carta del Superior Provincial
de Andalucía

Enero 2007

Queridos hermanos:

Me pongo ante el papel, ¡maldito recado de escribir!, más tarde que nunca. Ya pasó nuestro encuentro navideño. Ya terminó el retiro anual de la Provincia. Estamos a punto de despedir el año 2006. Cuando recibáis estas letras ya estarán rematadas las fiestas de la Navidad, pero no me resisto a que sea ése y no otro el tema de esta tardía carta.

Cada día es más frecuente encontrarse con gente que no le gusta la Navidad por una u otra razón. Tengo que confesar que a mí me encanta. Son tantos los motivos de reflexión, de convivencia, de encuentro… Es tan rica la simbología que nos ofrece tanto en la liturgia más ortodoxa como en la más heterodoxa o laica… Está tan congregacionalmente llena de sentido… Vayamos tras algunas de estas reflexiones.

Es fácil escuchar (escucharnos) a los predicadores resaltando los “cómos” de la llegada del Salvador: el pesebre, el establo (con sus moscas, desde luego), los pastores, Herodes, los Magos, etc. Es más difícil escuchar una buena homilía sobre la profundidad del misterio que celebramos. Me gustaría, por un momento tan sólo, olvidarme de los detalles narrativos de Lucas o Mateo y adentrarme en la profunda presentación que nos hace Juan en los textos que de su evangelio o cartas se leen en estos días.

La Palabra, preexistente y creadora, que acampa entre los hombres. La Luz que se adentra en las tinieblas. La Vida que inunda el mundo. El Amor de Dios que ha llegado a su plenitud. Dios hecho hombre. Pero… en el fondo una pregunta, ¿qué tendrá la vida del hombre para que Dios quiera compartirla? Y… ¡¿esta vida?! Corren tiempos difíciles, de secano diríamos, de intemperie, de frío invierno… nada acogedores. Una mirada a la vida de los hombres y brotan gritos, lamentos y lágrimas. Y precisamente ésta, y no otra, es la vida que Dios anhela compartir. Invitación apremiante a buscar “lo que a Dios le merece la pena compartir” de esta vida, llamada a buscar llenos de esperanza lo bello y bueno de esta humanidad. ¿Qué tendrá la vida de Dios? Ciertamente a Dios le merece la pena perder “la vida” para que el hombre pueda compartirla. Desde la fe vivimos la certeza de que sólo compartiendo la vida que Dios nos ofrece seremos plenamente hombres, alcanzaremos la felicidad. ¡Maravilloso intercambio! nos grita la liturgia. Para culminar con una extraña invitación de Juan “que las tinieblas no cieguen nuestros ojos”. Habrá que buscar caminos para no ser “tiniebla que no recibe”, “mundo que no conoce” o “los suyos que no lo reciben”.

Para terminar, y volviendo a la típica estampa navideña, una última reflexión. El P. General en su carta nos invitaba a contemplar “el niño de Belén acurrucado en el regazo de María” y más personalmente me recordaba que esto sólo se consigue “agachándonos para poder ver lo más alto”. Os habéis fijado como en todo el relato sinóptico sólo dos personas toman al niño en sus brazos: María y el anciano Simeón. Las madres son poco dadas a “prestar” sus niños recién nacidos y ciertamente parece peligroso. Simeón tras coger al niño proclama “ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz” y María recibe la profecía “una espada te traspasará el alma”. La invitación a agacharnos y acurrucar al niño es todo un reto porque o bien, con la vida ya vencida, estamos en el final del camino y podemos ir en paz (si es así, tonto, no sueltes al niño) o bien, con la vida por delante, en nuestro caminar con este niño una espada nos atravesará el alma.

Sabéis que os digo… tened el valor, a pesar de todos los peligros, de agachaos para coger y acurrucar al niño. Merece la pena poder gritar “¡yo le conozco!”, “¡el amor de Dios ha llegado a nosotros!” y “¡la luz verdadera brilla!”; y así “quedará clara la actitud de muchos corazones”. En fin que a vosotros “las tinieblas no os cieguen los ojos”.

Feliz Navidad.

Sevilla, enero 2007

Juan Manuel de Mula, ss.cc.
Superior Provincial