Octubre 2007
Queridos hermanos:
Aquí estamos una y otra vez amarrados al duro banco del folio en blanco ¡siempre eres el último! No te preocupes, Fernando, es que quiero hacer méritos para poder ser, algún día, de los primeros… según cierta promesa. De hecho voy en la primera página, ¿no?
Cuando estas palabras lleguen a vosotros el comienzo de curso ya estará bien pasado, para algunos incluso parecerá que hace una eternidad que dejaron atrás el verano. Sin embargo, éstas son mis primeras palabras tras aquellas en las que nos deseaba “felices vacaciones”.
En el tiempo de los hombres no hay dos días iguales por muy similares que nos parezcan, pero hemos de reconocer que hay tiempos, días, especialmente intensos… de una hondura lejana a lo habitual y que una y otra vez se te hacen presentes resistiéndose empecinadamente a caer en el olvido. Este verano he de confesaros que he vivido varios de estos momentos y mi corazón sigue, de algún modo, anclado en el verano, a pesar de que ya se pueden admirar los increíbles colores de los crepúsculos otoñales con que esta ciudad nos regala cada año o sufrir las prisas y ajetreos del nuevo curso, empeñado en ir creciendo día a día entre nuestras manos como niño que empieza a pensar por su cuenta.
Aquella única voz que tan diferentes gargantas quisieron prestarte para saludar, como a su bandera saluda todo marinero antes de abandonar el barco, al pie del último amarre en el último puerto… “Salve Madre, en la tierra de mis amores te saludan los cantos que alza el amor”. Aquella interminable salva de aplausos con la que una más que nunca pequeña Iglesia del Buen Pastor despedía a un buen pastor. Aquel beso de hijo agradecido que dejé en tu frente al separarme de ti, tan sólo en la espera de la llamada que confirmara tu definitivo hasta la vista. Aquella familia de corazones unidos en la fe, en la esperanza, en la oración… en torno a tu lecho en el hospital y luchando en pérdida batalla contra unas cabezas que tozudamente susurraban despedidas. Aquellos abundantemente repetidos momentos de complicidades junto a un cigarro, una cerveza o una copa de helado a lo largo de aquella última semana inolvidable que pasé contigo. ¡Cómo me cuesta este año abandonar definitivamente el verano!
Quisiera poner el punto final haciendo mías las palabras que Enrique Losada nos hacía llegar desde Filipinas: “Él me convenció haciéndome ‘venir y ver’. Él mismo, su entrañable personalidad, toda ella movida por su gran amor a Jesucristo, era un testimonio muy claro para que ‘fuéramos y viéramos’. Me uno a un largo coro de voces que pueden decir lo mismo que yo: ¡Gracias Padre por habernos dado a Luis! Sin él nuestra vida hubiera sido muy distinta”.
Contamos con tu intercesión, Luis, para que muchos ‘vengan y vean’ y viéndonos les merezca la pena quedarse.
Sevilla, octubre 2007
Juan Manuel de Mula, ss.cc.
Superior Provincial