Javier Álvarez-Ossorio ss.cc.: "Recuerdos y preguntas"

Van a hacer cincuenta años de la presencia de la Congregación en Andalucía y 25 que yo entré en el postulantado en la casa de Conde Gálvez de Sevilla. El verano antes de entrar fui en el autobús del Colegio San José a Miranda, con el equipo de baloncesto, como buen alumno, para los festejos de los 100 años SS.CC. en España. El verano siguiente, de postulante, poco antes de empezar el noviciado, Román nos llevó en coche hasta Torrelavega para el centenario de las hermanas.

"Mi relación
con la Provincia
de Andalucía
se ha hecho más intensa
desde aquí lejos.
Veo en ella
un crecimiento en fraternidad
y espíritu.
Eso me alegra
y me alimenta".

Para entonces, ya sabía que había hermanas, quién era Román, y que el cura vestido de antiguo de la foto de la pared y la señora con sombrero extraño que siempre aparece a su lado (aunque en otro marco, claro), eran los fundadores. Porque, la verdad, cuando llegué a Conde Gálvez no sabía casi nada de la Congregación. Ni siquiera conocía a ese señor bajito que se me cruzó en la escalera y me dijo: “¿qué?, chaval, un poco despistado ¿no?”. “¡Que es el Provincial!”, me explicó enseguida Luis Aguilar. “Ah ¿sí?”, respondí; “y ¿qué es un Provincial?”. Por aquel entonces, mi fe y mi vocación crecían en contacto con “los curas del colegio” y con alguno de los jóvenes de la casa de formación de la calle Arcos. Era una fe con nombre cristiano, pero sin “apellidos”. Que yo recuerde, los religiosos poco o nada me contaron de la Congregación, aparte del P. Damián. Me hablaron “solamente” de Jesús y del Evangelio. Gracias. Eso me hizo desear vivir con ellos. Aunque casi no los conociera. Si algo me transmitieron del “carisma” era porque “lo llevaban puesto”, no porque hablaran mucho del asunto.

Los encuentros de formación inicial y de la PJV, y el trabajo con Luis, se fueron encargando de meterme en onda de lo que era y es esta comunidad SS.CC. Con todo, he de reconocer que las visitas que hacíamos a las comunidades de la Provincia me resultaban a la vez interesantísimas y desconcertantes, quizás por mi dificultad para sentirme integrado en un grupo y en un estilo de vida que admiraba a la vez que temía. Además, fueron tantos los que en aquellos años entraron y salieron, de casi todas las edades, que daba la sensación de ser una especie de “último de Filipinas”. Para completar el cuadro, el informe del Gobierno General para el Capítulo de 1982, que señalaba sin rubor la cantidad de hermanos que vivían solos, los compromisos restringidos, y las lagunas inquietantes de la espiritualidad en la Congregación, me impactó seriamente. “¿Pero dónde te vas a meter?”, pensaba. Recuerdo que el día de mi ordenación de diácono (estaba en la Candelaria), un hermano que miraba cómo me ponía el alba me dijo: “Jolín, te sienta verdaderamente ad extrínseco (?)” (que querrá decir algo así como que “pareces un pulpo en un garaje”), expresando de esa manera una inadaptación que no se limitaba sólo al físico exterior.

Creo que fue a partir de mi año en la “manzana” de Los Remedios y, luego, durante los tres años de descubrimientos y de aventuras en San Fernando, cuando fui comprendiéndome mejor en esta “presencia SS.CC. en Andalucía”.

Nunca se me ocurrió hacer bandera de “lo andaluz”. Fefe hablaba a veces de “inculturación andaluza”, pero aquello me sonaba (con perdón) puramente folklórico (¿cómo va ahora la inculturación asiática, hermano?). Tampoco fui consciente de que el grupo, como me explicarían más tarde, estaba viviendo una especie de transición a causa de la llegada de los primeros religiosos andaluces. En África estamos viviendo ahora una transición de ese estilo, pero, evidentemente, los contrastes aquí son mucho más acentuados. De todas maneras, no acabo de comprender eso de que un lugar sea “ya” nuestra tierra sólo al cabo de muchos años y cuando se cuenta con sangre autóctona. Me parece que, en perspectiva misionera, cualquier lugar es tierra nuestra, y, al mismo tiempo, en todas partes somos extranjeros, incluso en la tierra que nos vio nacer.

Duré poco en Andalucía. Dos años en París, y después Kinshasa. Se diría que el pulpo volvía al garaje. Porque integrarse allá no fue precisamente la cosa más sencilla que haya hecho en mi vida. Sin embargo, estos años africanos han ido desdibujando en mí algunas “fronteras” y relativizando algunas de esas explicaciones que damos a nuestra “identidad” y que nos sirven para hacernos fuertes en nuestras particularidades.

Por otra parte, mi relación con la Provincia de Andalucía se ha hecho más intensa desde aquí lejos. Veo en ella un crecimiento en fraternidad y en espíritu. Eso me alegra y me alimenta. Cada vez que paso por allá es como volver “a casa”, y el interés y el cariño de los hermanos me reconfortan. Gracias.

Resulta que ahora algunos hermanos de la Provincia africana piden que preparemos otro cincuentenario, el de la llegada de los primeros SS.CC. a Mozambique. Será el año que viene, el 2006. Iniciativa, en principio, saludable, que, dada mi posición actual, supongo me tocará apoyar. Sin embargo, no soy muy entusiasta de aniversarios, efemérides y jubileos. Será porque me saben un tanto a celebración de nosotros mismos, o a exaltación de la propia identidad, personal o de grupo (a veces como afirmación frente a otros), o a relectura justificadora del pasado. En lo que toca a nuestra cocina interna, prefiero la discreción, la oración silenciosa agradecida, y la petición de perdón.

En fin, me corrijo enseguida y me digo que la celebración de lo vivido es una alabanza a Dios, un homenaje fraterno a los que nos preceden, y un reencuentro con las propias raíces. Mejor así. Feliz aniversario, pues. Y no me hagáis demasiado caso, que en el trópico se delira fácilmente. Que todo sea por el bien del Reino y para gozo de los hermanos.

Javier Álvarez-Ossorio Ramos ss.cc.