Preparación para la Pascua.
En los primeros siglos existía la celebración de la pascua semanal o el domingo. A partir del siglo II, comienza a celebrarse un domingo anual especial: la Pascua del Señor, que coincide con la celebración de la pascua de los judíos. La preparación de la fiesta pasó de ser ayuno previo de 40 horas, a una semana entera, tres semanas, y finalmente a cuarenta días: la Cuaresma.
El número 40.
El número 40 recuerda los 40 días de ayuno del Señor en el desierto, los 40 días del diluvio, 40 años del pueblo de Israel en el desierto, 40 días que Jonás predicó en Nínive… El mismo número 40 expresa así de modo simbólico, el sentido fundamental de la Cuaresma: un tiempo de conversión y penitencia, un tiempo de intensa preparación para la experiencia de la pascua que se avecina. Comienza el Miércoles de Ceniza y acaba el Jueves Santo, antes de la celebración de la eucaristía.
La experiencia del desierto.
La referencia en las celebraciones a la experiencia del pueblo de Israel, y a las tentaciones de Jesús, remiten desde el principio a otro símbolo fundamental: el desierto. La experiencia del desierto es una experiencia de la gracia y el amor de Dios. Es el Espíritu Santo quien conduce a Jesús al desierto. El desierto es un tiempo de dificultades y de lucha, que los cristianos entendemos como lucha contra la tentación y el pecado, pero a la vez es un tiempo privilegiado para el encuentro con Dios. Expresa como en los momentos de crisis, el creyente se alimenta y fortalece con la Palabra de Dios y la oración. El desierto es, por último, un lugar de paso, que nos recuerda que vivimos como peregrinos, que nuestra patria definitiva no está aquí, que no vale la pena agarrarse a las cosas sino que la provisionalidad nos ayuda a ser más libres.
El bautismo es nuestra Pascua.
A partir del siglo IV la Cuaresma adquiere una importancia especial en la preparación de los catecúmenos que se preparaban para recibir el sacramento del bautismo durante la vigilia pascual. Así, a partir del Concilio Vaticano II, en este tiempo se resalta también la vivencia y actualización de nuestro bautismo, especialmente a través de las lecturas dominicales. Toda la comunidad se prepara para la renovación solemne de las promesas realizadas en el bautismo por nuestros padres y padrinos en nuestro nombre, la noche de Pascua.
El perdón de los pecados.
La penitencia, la reconciliación es otro de los ejes temáticos de la Cuaresma. Hay una invitación profunda a reconocer la propia debilidad y el pecado y una llamada a la conversión radical del corazón. Para llegar a ella nos ayudan signos externos: desde el ayuno hasta la ayuda a los pobres y necesitados, la donación gratuita de nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestro dinero, que vencen nuestra inclinación al egoísmo y la comodidad.
La escucha de la Palabra.
Para llegar a esta experiencia de conversión, la Iglesia invita a una escucha más intensa de la Palabra de Dios que nos presenta la figura de Cristo como modelo de vida cristiana, y a renovar nuestra vida de oración que nos devuelve la comunión con Dios. Hacer oración es estar con Dios en muchos momentos, tal como nos enseñó Jesús, de adoración, acción de gracias, petición, alabanza, súplica…
El simbolismo de la ceniza.
La Cuaresma se inicia con la imposición de la ceniza, que representa desde el Antiguo Testamento un recuerdo del pecado y la fragilidad humana. Ponérsela en la cabeza es un signo de nuestra confianza en la misericordia de Dios. La celebración comunitaria de la ceniza nos invita a la humildad, al reconocer nuestra debilidad delante de nuestros hermanos, y manifestar de modo público nuestro arrepentimiento y petición de perdón. El símbolo de la ceniza, como resultado de una destrucción, y del agua, como principio de vida, visibilizan la finalidad de este tiempo: dejar el hombre viejo y nacer de nuevo.
La cruz gloriosa del Señor.
Los ramos, llevados en procesión, y la cruz, lugar concreto donde Jesús da cumplimiento a la voluntad del Padre, hacen patente el misterio pascual: la cruz es un camino de gloria, el sufrimiento y la muerte no es la última palabra, sino la victoria sobre ellos, operada por Jesús en su muerte y resurrección.
Extender los brazos en forma de cruz puede ayudar en algún momento a identificarnos más con Jesús que en este tiempo aparece ante nuestros ojos en la cruz, en total aceptación de la voluntad del Padre.
Signos y gestos cuaresmales.
El color morado, que no es festivo ni luminoso, sino más bien apagado, nos hace ver la falta de luz y alegría que hay en nosotros muchas veces y que nos viene regaladas en la noche pascual.
El gesto de rezar de rodillas, manifiesta externamente la actitud de humildad, de reconocimiento del poder de Dios, que es el perdón y la misericordia.
El ayuno es un gesto que nos ayuda a entrar dentro de nosotros mismos, a mirar a Dios y no a las cosas materiales, sabiendo de quién nos viene la vida.
En las celebraciones comunitarias y en la oración sencilla de la mañana o de la noche hecha en grupo, e incluso individualmente, debe haber espacio para estos signos símbolos. Una adecuada ambientación centran la mente y el corazón, ayudan a vivir mejor lo celebrado. En este tiempo de Cuaresma esta ambientación debería ser sobria, muy sencilla.
Un cartel, un dibujo con alguna frase, la cruz o un icono, unas flores, la vela que se enciende, la presencia de los signos adecuados al momento, etc., son instrumentos que contribuyen a disfrutar mejor del encuentro con Jesús que es la oración.