por Silvio Miguel Bueno Marín, ss.cc
Índice
1. Uso cultural de la palabra corazón
2. Corazón: algo más que un signo lingüístico
3. ¿A quién adoramos?
4. Características de la espiritualidad del Sagrado Corazón
El Buen Padre escribía en 1816: "La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto". Y nuestras constituciones nos exhortan a hacer…"nuestras las actitudes, opciones y tareas que llevaron a Jesús al extremo de tener su Corazón traspasado en la cruz". La palabra corazón aparece asociada a lo más nuclear de nuestro carisma. Pero esta palabra nos ha sido cedida no solo por la tradición espiritual cristiana sino prácticamente, por todas las culturas, que la han utilizado.
1. Uso cultural de la palabra corazón
En el mundo judío corazón designa también la víscera física pero es a su vez un concepto más amplio que designa la conciencia, la vida y el hombre. En el Antiguo Testamento el corazón es lo que mira Dios y en el residen los sentimientos, la inteligencia y el querer. El proyectar y el querer tienen lugar en el corazón (Jer 23,20; Is 10,7; Dan 1,8) y este término designa el impulso interior por el que se obra (Ex 36,2). "De todo corazón" significa "con toda el alma". Por eso al corazón se le atribuye la disposición religiosa y moral: El corazón del piadoso confía en Dios, y el del impío se aleja. El corazón puede ser "puro" o "torcerse". El judío legalista concibe el pecado como una transgresión pero intuye que la maldad tiene un asiento estable más allá del propio acto pecaminoso y esa maldad reside en el corazón. Por eso necesita un corazón nuevo, convertido y puro (Sal 51,12; Jer 32,39; Ez 11,19). "El judío no sólo se arrepiente de sus acciones, sino también de la raíz de sus acciones" (Ricoeur).
En la Biblia aparece aún otro aspecto importante del concepto corazón como asiento del misterio o secreto de la vida, del destino de un hombre. Samuel le dijo a Saúl "Yo te revelaré todo lo que tienes dentro de tu corazón" (1 Sam 9,19) es decir, lo que Dios se propone contigo, el misterio de tu vida.
El Nuevo Testamento no difiere en exceso de la concepción anterior. En el corazón residen los sentimientos, el deseo y la concupiscencia. Aquí residen los pensamientos y resoluciones. En definitiva el corazón es el yo interior del hombre, donde anida la conciencia en la que habla Dios.
En nuestros días, el uso lingüístico de esta palabra sigue denotando lo interior, lo auténtico que no se ve, lo verdadero: "Te hablaré desde el corazón" se dice cuando se quiere expresar lo más auténtico de una persona, "lo que de verdad siente". Deseamos con todo el corazón cuando deseamos plenamente y con todas nuestras fuerzas. "Te lo digo de corazón" cuando te hablo sinceramente aunque no sea fácil para nuestro interlocutor captar esto. El corazón hace referencia también a la centralidad que hace moverse algo ("estos son el corazón de la revolución"). Invocamos ciertamente el corazón cuando explicamos varios comportamientos desconectados o extraños pero que tienen su origen en un mismo impulso interior: "Hacía esto y aquello porque en mi corazón tenía, sentía…". Alguien puede vivir en un lugar pero decimos que no está aquí toda ella, aunque viva, coma, trabaje o duerma, porque tiene en otro sitio su corazón. Entregarse a alguien es "darle nuestro corazón"; dedicarnos en exclusividad a algo es "poner ahí todo el corazón". Si no lo hacemos tenemos el "corazón partío". También una persona insensible y fría, sin misericordia, lo atribuimos a la falta de corazón. Dice una letra flamenca: "tu madre no tiene corazón y naquela (habla) mu´ mal de mí". Invocamos a Pascal y sus "razones del corazón que la razón no entiende" para mostrar la fuerza del corazón que, a veces supera, a veces anula, la racionalidad. En definitiva hoy día usamos la palabra corazón para referirnos a lo más central, a lo más fontal no sólo de las acciones sino de las personas mismas. Hablar del corazón es, en definitiva, hablar de una persona pero refiriéndonos a su núcleo unificador; a lo que le hace ser como es.
2. Corazón: algo más que un signo lingüístico
Como observamos, tras este breve repaso del uso de la palabra corazón, la polisemia de este término es amplísima. El diccionario nos indica que el corazón es un órgano musculoso, impulsor de la circulación de la sangre, que en el hombre está situado en la cavidad del pecho y algo a la izquierda. Por supuesto esto queda superado, aunque no anulado, por una carga semántica mucho mayor. Dice Rahner que corazón es una "protopalabra". Quiere decir que hay palabras que no son signos convencionales a los que atribuimos un significado arbitrario. Al nombrar estas palabras, nombramos algo material (la viscera) que porta una densidad significativa anterior y mayor a esta realidad tangible:
Corazón es una de estas protopalabras totalizantes que hace referencia al centro original de la persona. Designa lo más íntimo del hombre que aúna su despliegue corporal y anímico. Es la unidad original y configuradora de los comportamientos de una persona. Así pues el culto que se profesa al corazón de una persona adora a la persona total en vistas al centro original íntimo y configurador de sus comportamientos.
3. ¿A quién adoramos?
El hombre no puede abarcar el corazón de Dios pues no le es accesible la totalidad ni el misterio de Dios. El corazón del hombre no abarca el divino. Más bien es comprendido en él. Sin embargo, es por la encarnación del Hijo como tenemos acceso al Corazón de Dios. En Jesús, el Cristo, Dios muestra, en lo humano, como es su designio. En el Corazón de Cristo el hombre contempla al ser de Dios. Dios que es el origen también del corazón humano muestra en el Corazón de Jesús su ser: el Amor. Y nos recuerda nuestro origen que es también nuestra plenitud futura: ser hijos en el Hijo; que sea Cristo quien vive en mí. La centralidad de Dios, la unicidad desde la que se despliega toda su obra, se muestra a los hombres en el Corazón de Jesús entregado a la humanidad. Por eso la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es la devoción al Amor de Dios mostrado en su Hijo.
Jesucristo "tras haber amado a los suyos los amó hasta el extremo" (Jn 13,1); "Nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros" (Ef 5,2) porque "tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo único". La Iglesia ha comprendido en estás palabras la obra redentora de Dios y por eso no ha dejado de recomendarnos que miremos el costado de Cristo como la puerta (San Agustín) para el santuario que era el corazón donde hallar el amor y darse a él para vivir en la caridad. En esta puerta que es la llaga del costado contemplamos la sangre de Cristo, precio de la redención, y el agua fruto y vida de esa propia salvación. Pero contemplamos también la prefiguración de todo seguidor de Cristo que ha de estar dispuesto a derramar de una u otra forma su sangre para acercar la salvación a sus hermanos. Adorar el Sagrado Corazón de Jesús es dejarnos mirar por Cristo para que asumiéndonos en su dinamismo de salvación tengamos sus mismos sentimientos y entreguemos nuestra propia vida sin reservas. Contemplación y acción son dos dimensiones del mismo origen: el amor de Dios que salva al mundo. Por eso nosotros debemos Contemplar , Vivir y Anunciar el amor de Dios a los Hombres. Anunciamos lo que vivimos; vivimos donde nos ha llevado: al Corazón de Jesús; a ser contemplados por el amor de Dios.
4. Características de la espiritualidad del Sagrado Corazón
La espiritualidad del Sagrado Corazón postula unas determinadas características.
b) Está unión no puede ser más que interior. Interior quiere decir aquí profunda o mejor de corazón. Se trata de que en la religación con Cristo ya no viva yo…sino es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20). Se trata de exponerse a una verdadera transformación del corazón para integrarnos en el dinamismo de salvación de los hombres y que nosotros mismos seamos instrumentos de ese dinamismo. Porque lo vivimos, porque lo anunciamos. Debemos por ello los creyentes ir más allá de una devoción exterior y debemos a su vez exponer nuestro corazón para que Cristo puede ir mostrándonos su señorío. Esto es una llamada a no dejar huecos en nuestro corazón; temas que nunca hablamos; hábitos que nunca cuestionamos. Es una llamada a la valentía del que vive a corazón abierto. Es una llamada a no clausurar nuevos caminos Es una llamada a vivir plenamente y no con medias verdades. Es una llamada a la continua conversión de lo profundo de nuestro corazón. Pero la profundidad y la interioridad no son incompatibles con la exposición a la Iglesia de nuestro interior. No se trata de interiorismo; ni por otro lado de externa imposición. Sino que la Iglesia y el mensaje evangélico que la configura y concretamente los hermanos cercanos que nos rodean pueden vehicular, desde fuera de ti pero desde dentro del Corazón de Jesús, los más directos dardos, mensajes o cuidados que Cristo puede dispensarnos. Confiar en el gran corazón de Jesús es estar dispuesto, por disposición interior, a que nuestra vida sea expuesta a la comunidad rompiendo así la estrechez de nuestra sola conciencia.
c) Otro rasgo derivado del acercamiento al Corazón de Cristo es la participación en el misterio de la pasión. Esta figura puede evocar formas no digeribles hoy día. La teología de hoy nos devuelve una imagen de Dios a la que es ajena el sufrimiento innecesario. Sin embargo, es inexcusable para cualquier forma de seguimiento de Jesús, y particularmente en la consagración al Sagrado Corazón, toparse con el mal que hay que combatir, con el mal que pacientemente hemos de padecer por el pueblo de Dios, incluso provocado por este mismo pueblo de Dios -el más doloroso- y con el propio mal que portamos. Este mal abrió la llaga de Jesús. Para que brote el agua de la vida ha de recogerse necesariamente de este manantial que es también de sangre. Configurarse con Cristo y contemplarlo es hacer nuestros también el desconocimiento que los hombres tenemos de la caridad de Cristo. Y quien desconoce a Cristo desconoce su propio origen y el origen fraternal de los hombres con los que vive a los cuales acaba utilizando. El Corazón de Cristo sigue traspasado por el dolor de múltiples víctimas y el desprecio necio de muchos hombres encerrados en su estrecho horizonte personal. El Corazón de Cristo sigue traspasado por el mal del mundo; sigue herido por el mal de los cristianos deslumbrados por otras luces que no son la de Dios. Estar con Dios es participar con Dios en el dolor de lo que todavía queda para la salvación. Esta participación no es estéril. Pero sí inevitable. Sin embargo, va asociada a la contemplación del bien que el Espíritu suscita. Va asociada a la incansable misericordia de Dios que auxilia al mundo sacando bien del mal. Contemplar el Corazón de Jesús es comprobar como el Amor no desespera y se sigue donando inmerecidamente. Contemplar la obra de Dios es comprobar como el Espíritu no abandona las obras de sus manos.
d) Configurarse con el dinamismo salvador de Cristo nos lleva a nosotros también a una entrega en la acción. En nuestro caso, como religiosos, de forma evidente. Sentir con Cristo es de forma eminente sentirse hijo del Padre y hermano de los hombres. Manifestar la cercanía de Dios, su consuelo y la vida que desprende su Corazón es, más que una exigencia ética, otra forma de religarse con el Señor. La persona consagrada al Corazón de Jesús se encuentra religada -como su Señor- a la persona descorazonada. Mis mayores me enseñaron que los religiosos SS.CC. no tenemos obras de un tipo determinado por que las necesidades son variadas y lo importante para nosotros es hacer llegar de un modo u otro la cercanía del Dios de Jesús. Desde la plataforma que sea pero que acerque, que cure , que acompañe, que consuele, que reprenda y reconduzca lo que sólo bombea muerte.
e) Esta urgencia por atender a los desolados de Dios debe suscitar en el consagrado la absoluta disponibilidad, la indiferencia con respecto al propio plan de vida, el santo abandono. No es tampoco un deber moral principalmente sino una actitud de confianza derivada de la cercanía a Dios. Nada malo, en última instancia nos puede venir de Dios. Por tanto quien se sabe arropado por el Dios de la vida no duda en desapropiarse de la que le han dado para el servicio al Reino de Dios. Por supuesto que hay dificultades pero estas serán la forma de alumbrar algo nuevo, de manifestar más fuertemente la asociación al corazón de Jesús, o de configurarse más explícitamente al traspaso de su corazón. Los religiosos, que "no están casados" con nada ni con nadie no deben dejarse atrapar el corazón por disposiciones que no procedan de la necesidad de la Iglesia en ese momento. Antes bien localizar de que forma atienden, desde Dios, a las personas será su guía.
¡Qué más querríamos sino que nuestro corazón coincidiese con la voluntad del Padre! Nos acogemos a él no por nuestros esfuerzos sino por que sabemos que el Señor no desampara a quien quiere. Máxime si le busca aunque sea equivocadamente. En esta búsqueda María nos orienta. Ella que guardaba todas estas cosas en su corazón, tuvo que reconvertir su vida para el plan de Dios que siempre iba por delante de ella. Lo contempló en la infancia, en la incertidumbre familiar del Hijo cuya vida desestabiliza la de sus vecinos, lo vio curando y atendiendo a los impuros, a los apartados del dios fariseo, lo vio en la cruz cuando no parecía que la promesa del ángel tuviera ningún sentido, lo vio resucitado desde el caminar postpascual en una comunidad celebrando como Dios supera todas nuestras expectativas de dar vida y superar la muerte. Este modelo de creyente, esta mujer asociada al misterio de nuestra redención nos muestra realizada la posibilidad de ser sólo de Dios. Ella está en el corazón de Cristo. Nosotros tras ella, pero sobre todo por amor del Señor, somos adquiridos por la sangre de Cristo para gozar de su amor y manifestarlo así en el mundo.
Como hemos podido constatar, la devoción al Sagrado Corazón resume muchos aspectos del acervo espiritual cristiano y por eso, compartimos con muchas congregaciones y cristianos esta riqueza que nos ofrece Dios. Que nuestra consagración nos plenifique y haga más plástica la cercanía del amor de Dios a los hombres aquí en nuestra tierra.
Los egipcios dejaban el corazón como única víscera a conservar dentro de las momias. El corazón era el centro de la persona y el órgano susceptible de eternidad. Las culturas que configuran el pensamiento tradicional, poseen una visión vertical del cuerpo humano que diferencia entre la cabeza, el corazón, y el sexo. Pero es el corazón el central y de alguna manera resume a los otros dos. En él, residía la inteligencia, siendo el cerebro mero ejecutor. El corazón ha denominado por ello la centralidad de lo viviente y ha sido símbolo de lo disperso unido por un centro referencial y originante.