Habitar en el Corazón de Jesús, fuente de la Vida

por Fernando J. Cordero Morales ss.cc.

Habitar

Seguir a Jesús implica dinamismo, ir detrás de Él... Pero nosotros, hermanos y hermanas de los Sagrados Corazones, estamos invitados a habitar en su Corazón. El siempre fiel nos convida a su Casa. Si tenemos puesta nuestra casa en su Corazón, ¿quién nos puede apartar de Él? Nadie, ni el hermano o la hermana a los que nos cuesta amar, ni las injustas estructuras de poder de nuestro mundo, ni ninguna circunstancia pueden "arrancarnos" de su lado porque habitamos en Él. Ni los sueños, ni los deseos que no están en Él nos separarán nunca de su Amor, aunque hemos de andar con ojo porque “puede que lo que cotidianamente oriente nuestras vidas sean sentimientos, costumbres y tendencias poco aireados y relativizados por el agua fresca del Espíritu” (Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., en “Vida Religiosa”, abril 2007). Es recomendable, por tanto, una buena dosis de fortaleza y valentía: “Quiera Nuestro Señor concederle fuerza y valor para dejar todo a fin de encontrarlo todo en su divino Corazón” (Buen Padre). La Buena Madre, por su parte, subraya la actitud de la confianza: “Confiemos, Dios todo lo dispone, no siempre a nuestro gusto, pero siempre para nuestro bien”.

A veces podemos sentir con desbordamiento la predilección que tiene Dios en amarnos: "Señor, no sé por qué te empeñas tanto en amarme, si yo no me empeño tanto contigo". Pero, ¿qué se puede decir cuando objetivamente sentimos que el Esposo se ha empeñado tanto? Pues no se puede decir nada sino simplemente "estar habitando en Él" y darle gracias, aunque no entendamos una apuesta tan grande por el ser humano. Habitar en Él.

Los ministerios de la Vivienda suelen inventarse leyes con las que pretenden frenar la especulación y la escalada de los precios de los inmuebles y facilitar el acceso a los más desfavorecidos. Los seguidores de Jesús tenemos todos los metros cuadrados que queramos en un lugar increíble, cálido, con un banquete continuo, con un manantial termal que brota hasta la vida eterna... Así que... qué más podemos pedir, ¿dónde mejor podemos encontrar un techo para cobijarnos y vivir fraternalmente?

La casa de la cascada

Frank Lloid Wright levanta en 1936 una casa junto a las rocas y el sonido del agua de la pequeña cascada de un arroyo. Para muchos la casa de la cascada es símbolo de una arquitectura empeñada en cristalizar un diálogo de armonía con la naturaleza. Y la imagen de esta construcción nos ayuda a destacar el movimiento producido por el Amor del Manantial, el Corazón de Jesús, que brota continuamente, sin agotarse nunca. Benedicto XVI invita a acudir al manantial del costado traspasado “para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor”. Del costado traspasado salen “sangre y agua”, los sacramentos que dan la Vida, que nos ayudan “a reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden... La fe, comprendida como fruto del amor de Dios experimentado, es una gracia, un don de Dios” (Benedicto XVI).

Un lugar donde cimentar nuestra vida

“Cimentemos nuestras almas sobre la Piedra del Corazón de Dios, de tal forma que estemos instalados allí como sobre una columna inmutable”. El Buen Padre nos da la mejor recomendación para saber dónde hemos de edificar con solidez nuestra casa. Y ese lugar es el Corazón de Dios, de donde no se nos podrá mover pase lo que pase: “Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada en la roca” (Mt 7, 25). La vida nos presenta vaivenes, crisis, inseguridades, enfermedades, etc. Si nuestros cimientos están en Cristo la casa no se caerá jamás por más que, movimientos sísmicos de cualquier índole, pretendan asolar nuestra construcción.

Y la puerta de esta casa está siempre abierta, a la espera de que lleguen aquellos que se han perdido por las cunetas de la vida, como sucedió con el pródigo de la parábola. Dios abre su casa para nosotros y, sin embargo, el Hijo del Hombre no tiene un lugar donde reclinar la cabeza. El Corazón de Cristo mira continuamente por sus hijos, las necesidades de éstos son las necesidades de su Corazón, especialmente las de sus hijos más pobres y arrinconados por la injusticia del mal, las estructuras de insolidaridad y el egoísmo humano. De ahí que “fuera de su corazón no hay más que amargura” (Buen Padre).

Todos tienen un lugar en su Casa

Especialmente los más pequeños (pensemos en los rostros sufrientes de nuestro mundo) se sienten protegidos en el Corazón de Dios: “Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos” (Sal 84, 4). Y es que, como dice la Buena Madre, “... el Corazón de Jesús está abierto a todos los corazones”, por lo que nos invita a la universalidad del amor, a ser personas acogedoras, humildes, que facilitan la vida de los demás, a “que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación” (Plegaria eucarística V/c). Ojalá, como dice el salmo, sintamos la dicha de habitar “en tu casa alabándote siempre” (Sal 84, 5). Porque podemos poner nuestra dicha, nuestra confianza, nuestros deseos en otras moradas, que no son las tuyas y, al final, sentiremos que es impensable vivir lejos de Ti.

Pero es curioso que para llegar al Corazón, antes hemos de dejarle sitio en nuestra vida. Si Él no entra antes en todos los rincones de nuestra existencia, no accederemos a su mansión: “Hagamos a Jesús un sitio cada vez más amplio en nuestros corazones, y estemos seguros que el Divino Huésped sabrá proteger a quien no quiere vivir más que de Él y para Él” (Buen Padre). María guardaba las cosas en su corazón para estar más cerca de Dios, dialogaba de corazón a corazón. Aprendamos de la que es experta en sintonizar con el Corazón de Dios.

Acogida continua

Vamos a un lugar donde personas como Marta y María provocan una acogida continua, expresión del más genuino espíritu de familia, del estilo de comunión y armonía que Jesús propone a sus seguidores. Donde los que están cansados pueden pasar un rato de sosiego, de compartir la vida y recuperar energías para la misión. Un lugar donde los hermanos disfrutan del gozo de sentirse convocados por el Maestro. Un ámbito para la escucha, la calma, para regenerarse y nacer de nuevo, para el discernimiento, para traer el dolor de nuestros hermanos y, sobre todo, para poder “saborear a Dios”, como insiste nuestro Superior General: “Nuestro origen, identidad y esperanza están en Jesucristo. Hay que saborear a Dios en el camino de la vida, y saborearlo juntos, para no olvidar quiénes somos, por qué vivimos en comunidad y qué debemos hacer. Tiene que ser verdad lo que dicen nuestros documentos: que nuestra consistencia y nuestra seguridad, tanto personal como instituciona1, se nutren de la certeza de sabemos amados por Dios de una manera gratuita y desbordante, revelada en Jesucristo”.

Una casa que no se agrieta

Nuestra seguridad está sólo en Dios. No se puede destruir lo que está unido a Él. El material de la construcción es el más noble y el más fuerte, porque nada hay más fuerte y noble que el Amor: “El amor es fuerte como la muerte... las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos” (Cant 8,6-7). El sabernos unidos a Él ha de disipar cualquier temor que agriete nuestra confianza: “Qué honor es el que nos aporta Jesús, al querer que estemos unidos a Él como la ramita a la cepa de la viña, y que, por esta unión, nuestra vida sea una participación de su vida divina” (Buen Padre). La clave está en la radicalidad del amor como nos insiste el Buen Padre: “Ame a Dios por completo y yo le aseguro que nada la separará de Él”. La Buena Madre siente esta experiencia en términos de abandono total: “Quisiera reprenderla y no tengo el valor; me aflijo por los pesares que usted se hace. Usted rehuye la consolación, se complica en naderías, no debe afligirse al ir contra la voluntad de aquellos que la conocen mejor de lo que usted se conoce... Sumérjase, y para siempre, en la dolorosa y amorosa llaga del Divino Corazón de Jesús, estará al reparo de todas las tormentas. Ame más y temerá menos”.

Lugar de intimidad y de opciones

El Buen Padre intimó con el Corazón de Cristo en La Motte y de la contemplación de la Eucaristía derivaron sus opciones posteriores: “la decisión arriesgada y “poco sensata” de salir (creyéndose el único sacerdote superviviente ¿qué podía hacer ante semejante situación?), el ofrecimiento de la vida bajo la encina (apuesta por el amor de Dios y entrega sin componendas ni vuelta atrás)” (CG, Nuestra vocación y misión, nº 29). Nosotros hemos de seguir ese camino de intimidad, contemplación y riesgo por anunciar la Buena Noticia, acogiendo con entusiasmo renovado, como el agua que fluye del manantial, las palabras que surcan por nuestras Constituciones: “La celebración eucarística y la adoración contemplativa nos hacen participar en sus actitudes y sentimientos ante el Padre y ante el mundo. Nos impulsan a asumir un ministerio de intercesión y nos recuerdan la urgencia de trabajar en la transformación del mundo según los criterios evangélicos” (art. 5).

En ese Corazón nos encontraremos todos sus seguidores y nosotros como hermanos y hermanas de la Congregación. Confiemos en la sabiduría de los Salmos: “Habitaré en la casa del Señor por años sin término” (Sal 22), porque “en Ti está la fuente de la Vida” (Sal 36).