Crónica de la Profesión de Pedro Gordillo ss.cc.

Por Carlos Peinado Elliot

A eso de la una menos cuarto, el sol que atravesaba las vidrieras iba incendiando el rostro del Cristo de la parroquia (haciendo brillar la corona, iluminando su cuerpo, su costado). Jose entonaba la oración litánica. El pueblo que abarrotaba los pasillos laterales y el fondo rezaba respondiendo a las invocaciones y los niños (alguno subiéndose a los bancos) trataban de descubrir adónde había ido a parar el bueno de Pedro.

En estos momentos parece condensarse la Historia de la Iglesia, mostrándonos su sentido. Mientras se despliega ante nuestros ojos la vida de los diversos santos como un iconostasio, Pedro permanece postrado delante de la comunidad a los pies del crucificado, como hicieron los hermanos que lo preceden y están hoy ante el altar, recordando a todos los laicos que lo contemplan su muerte y su resurrección en el bautismo.

Como afirmó el Provincial en su homilía, Pedro no hacía nada ese día: era Dios quien llevaba la iniciativa, consumando la historia que Él había comenzado. La lectura de Isaías recordaba esta relación que Dios inició con Pedro por amor: por puro amor lo había creado y formado a lo largo de los años, lo había redimido y llamado por su nombre para entregarse a Él con exclusividad. El Provincial recordó la llegada de Pedro a la parroquia de San Fernando, llevado por su hermana, otro 23 de octubre, día de los mártires San Servando y San Germán. Contó, igualmente, alguna anécdota de estos años en los que el Señor lo había ido enseñando a mirar “lo débil y plebeyo” para seguir el loco amor de Cristo crucificado, entregando su vida hasta el final, dejándose traspasar el corazón.

En el ofertorio se presentaba, junto al pan y al vino llevados por sus padres, la vida de este hermano que se consagraba a Dios. En este momento participaron representantes de los diversos ámbitos en los que Pedro desarrolla su actividad pastoral: profesores, alumnos y padres del Colegio, jóvenes de la comunidad parroquial que anima.

En ese “buen ratito tan malo” que constituye siempre la acción de gracias, en el que Pedro tuvo presente a su familia, a las parroquias por las que ha pasado en estos años y a la Congregación, emocionó el agradecimiento al P. Ernesto, que le había enseñado cómo se consuma la entrega de un religioso (después de una vida derramada por los demás) a través del sufrimiento y de la muerte.

La celebración concluyó con la ofrenda y la oración del Colegio a la Virgen. Los alumnos (al acercarse para rezar) colapsaron la parte anterior de la iglesia y los pasillos, y esta alegría y masificación se prolongó en la comida que tuvo lugar en el patio de las columnas. Pedro apenas pudo moverse unos metros, recibiendo las muestras de cariño de padres, niños, jóvenes, profesores, y la alegría acabó desbordándose en el baile de rumbas y sevillanas.

Más tarde, al recordar la celebración, se emocionaba especialmente al traer a la memoria el momento de la oración de consagración, en la que se invocaba sobre él el Espíritu de Dios para que, como esperamos, lo acompañe en su misión de imitar al Maestro en pobreza, castidad y obediencia:

Mira, Señor, a este hijo tuyo,
a quien has llamado según tu providencia,
y derrama sobre él tu Espíritu Santo,
para que pueda cumplir fielmente con tu ayuda
lo que hoy, lleno de alegría, ha prometido.