Servir y acompañar a los inmigrantes


por Francisco Cruz Rivero ss.cc.


Son muchas las cosas que se pueden contar sobre este curso pasado en Mazagón tratando de servir y acompañar a los inmigrantes. Intentaré hacer un bosquejo que os permita haceros una idea de todo lo que sucede por aquí.

Simplificando un poco, se pueden distinguir cuatro tipos de inmigrantes entorno a los pueblos freseros de Huelva. Ciudadanos de Europa del Este, desde Lituania a Rumania, que vienen con intención de rehacer su vida aquí o de ganar dinero durante algunos años para después volver a su país. Los hay en múltiples situaciones a nivel legal y familiar. Algunos requieren ayuda de Cáritas, sobre todo, al principio. Un segundo grupo, no muy numeroso en Mazagón, pero sí en otros pueblos, son los ciudadanos de países del Magreb, especialmente marroquíes y argelinos. La mayoría son varones. Un tercer grupo está formado por ciudadanas polacas, rumanas y, en menor cantidad, búlgaras que vienen con contratos en origen a recolectar la fresa. Este curso han venido alrededor de 21.000 a la campaña onubense. A Cáritas vienen principalmente por ropa. Están dando lugar al polaqueo, es decir, durante este espacio de tiempo el lugareño en celo, independientemente de su edad y estado civil, lo intenta con las más variadas intenciones, que confluyen en un mismo punto. Por último, el grupo en una situación más precaria y el que requiere más la atención de esta Cáritas está formado por ciudadanos varones de países subsaharianos (Ghana, Gambia, Guinea Conakry, Guinea Bissau… y Mali). Según el tiempo que lleven en España, van aprendiendo algo de español. En su mayoría hablan bámbara, algunos árabe y casi todos el idioma del país colonizador, portugués, inglés y, sobre todo, francés.

Este último grupo comenzó a llegar desde otras cosechas españolas en torno a las Navidades, notándose significativamente a partir de febrero. Son personas que han cruzado el Sahara, entrando en Marruecos y desde ahí han pasado a España en patera, normalmente hacia Fuerteventura, o han saltado la valla que separa Marruecos de Ceuta. Una vez en estos dos puntos son repartidos por toda la Península, tras haber estado ingresados en un Centro de internamiento, en el que se les expulsa oficialmente del territorio español, pero como no hay tratados de extradición con sus países, no puede ejecutarse dicha expulsión. Son varones en la década de los veinte. Recorren las campañas agrícolas españolas (cereza en Zaragoza, aceituna en Jaén, manzana y pera en Lérida, cítricos en Andalucía occidental y Valencia, invernaderos en Almería…). Consiguen trabajar si hay empresarios que se arriesguen a contratarlos, especialmente por las tardes y los fines de semana, en que descansan los legales y hay menos controles administrativos. La fresa, como cualquier cultivo, madura según las condiciones climatológicas, por tanto, no se puede predecir exactamente su maduración, además una vez que es el momento de cogerla hay que hacerlo rápidamente porque se pudre. Así que en las explotaciones hay un número mínimo de trabajadores y en el momento en el que madura, se contrata a ilegales. Y aquí se producen toda clase de abusos. No hay datos oficiales de la regularización que ha tenido lugar este curso. La impresión durante este periodo de tiempo es que no estaba pensada para este tipo de personas.

En la provincia hay varios asentamientos ilegales. Los distintos inmigrantes se agrupan por etnias. Junto a Mazagón están los subsaharianos, despreciados por todos los demás, incluidos los ciudadanos del Magreb, a pesar de compartir religión. Dos anécdotas. Una vez, con una cola de más de cien subsaharianos, un mauritano me dijo “yo blanco como tú, dame comida a mí primero”. La otra hace unos días. Estaba en la puerta de la Parroquia con los niños de postcomunión y apareció un subsahariano al que saludé dándole la mano, tras lo cual los niños me pedían que me la lavase y que no les tocase a ellos.

Para mí supuso un impacto y un cambio en la percepción de la realidad cuando a partir de Semana Santa comencé a visitar los asentamientos ilegales junto a un miembro de Huelva Acoge y otro de Cáritas diocesana. Años anteriores se establecían junto a la carretera de Mazagón-San Juan del Puerto, pero este año habían sido expulsados de allí y de varias ubicaciones que habían ido ocupando, hasta adentrarse en la vegetación. Tanto que incluso he podido observar alguna vez una cierva. Nos encontramos en el pre-coto de Doñana. Han sido meses muy duros pues a la precariedad en la que viven en unas tiendas hechas con los plásticos de los invernaderos (frío en invierno y calor ahora) y a la precariedad laboral, se ha sumado el derribo, aplastamiento y quema de sus tiendas, a veces con sus pertenencias dentro, realizada por distintos Cuerpos de Seguridad del Estado acompañados de palas mecánicas y tractores.

En el asentamiento junto a Mazagón pueden distinguirse dos núcleos. Uno más pequeño y más compacto y otro mayor y más disperso. En ellos hay una población fluctuante de varios cientos de personas. Se agrupan por unidades entorno a diez personas. Tienen un fuerte sentido de la solidaridad y la pertenencia a este grupo, que tras la campaña se deshace. El grupo construye varias tiendas entorno a un espacio central donde se vive, en el que está el fuego con el que se cocina y se calienta el agua para lavarse. La solidaridad del grupo supone un reparto de tareas. Los que no trabajan se encargan por turnos de la preparación de la comida, de procurar la leña y del acarreamiento de bidones de agua al campamento. Y este año de estar atentos para sacar las cosas de las tiendas cuando se las van a aplastar. El que no trabaja es alimentado por los otros y como no consigue ganarse la vida tiene obligación de venir a Cáritas a por la comida, una hora de venida, un tiempo de espera y otra hora de vuelta andando. Pedir es indigno para ellos, por lo que si trabajan algunos días a la semana, aunque el día de Cáritas estén libres, no vienen. Los bidones en que transportan el agua les sirven de asiento y, cortándoles la parte superior, de recipiente para lavar la ropa. Parece un campo de refugiados de los que vemos por la tele. Su dieta, que fluctúa según como vaya la economía, en momentos óptimos consiste en pan con mahonesa para desayunar, arroz (a veces sustituido por pasta) para almorzar y arroz (en ocasiones una sopa) para cenar, y si la cosa va muy bien, se puede comprar un gallina ponedora vieja por un euro. Para beber té, cuya preparación es toda una liturgia.

Visitamos estos asentamientos con una periodicidad semanal. Cada tarde de lunes recorremos en unas tres horas los distintos núcleos. Es obligada una parada en cada uno de ellos. Aunque siempre fuimos bien recibidos, ahora la visita es esperada y, a pesar de la situación en que viven, suele ser un rato de diversión y risas. Jamás hemos presenciado o sabido acerca de una pelea o un altercado de ningún tipo. Es un momento privilegiado para charlar y conocer sus vidas. Dejan de ser ilegales que se ponen en la cola de Cáritas para ser personas con nombre y una historia. Lo que sucede es que ahora que hay una relación y una confianza, que puede permitir hacer algún otro tipo de trabajo, se acaba la campaña y han de marcharse a otro lugar a ganarse la vida. No hay que olvidar que todos ellos mandan dinero a sus familias (hasta cuatro mujeres y sus correspondientes hijos). El otro día uno me decía que su familia (dos mujeres y cinco niños) vivía bien con los 50 euros mensuales que él enviaba.

La asistencia en Cáritas se realiza durante todo el curso la mañana de los martes. Consiste en el reparto de alimentos, ropa, zapatos y mantas. La bolsa para los subsaharianos lleva un kilo de arroz (a veces pasta), una tableta mediana de chocolate, un litro de leche, 400 grs. de tomate frito, queso en lonchas o en porciones, tres latas de atún o dos de sardinas, galletas, dos piezas de fruta (manzana y naranja) o cebolla, pan de molde y, alternándose, un kilo de azúcar, un litro de aceite de girasol, un litro de zumo… Durante la campaña atendemos los viernes. Además, en este periodo fuerte tenemos un servicio de duchas en los albergues, donde les facilitamos toallas y jabón y les damos unos calcetines y unos slip. También les proporcionamos cepillos de dientes, pasta, jabón, maquinillas de afeitar… Nos piden que les acompañemos al médico y que les facilitemos billetes de transporte (ahora cuando acaba la campaña). Como los autobuses y trenes salen principalmente de Sevilla, en mis frecuentes viajes a Sevilla los llevo allí y los monto para donde sea necesario. Aunque este curso la campaña ha contado con mucha menos presencia de inmigrantes, varios días del mes de marzo hemos superado las 150 personas. Jamás hemos tenido problemas de orden público, ni siquiera un día que vinieron 180 personas y sólo había comida para 150 personas.

Os puedo facilitar algunos datos. No obstante, no son exactos, pues es imposible llevar un control. En el fichero aparecen 731 personas. De las cuales 581 viven en asentamientos ilegales, siendo 506 de Mali. Hay contabilizadas 1.884 asistencias en Cáritas. En el archivo constan 166 mantas y 74 pares de zapatos entregados. Hay 206 duchas registradas.

Me imagino que con esto os podréis hacer una idea, aunque falta mucho por contar. Hace unos días estuve contándole todo esto al Consejo provincial que debe decidir el futuro de esta presencia (y el mío también). A la hora de proponer algo para el curso próximo, me resulta difícil, pues es cierto que hay un colectivo tremendamente necesitado, pero hay varias dificultades. La temporalidad de los subsaharianos, de finales de enero a finales de mayo hace difícil el trabajo con ellos, montar alguna estructura y dedicar una persona. Para hacer lo que ya se hace, lo pueden hacer quienes lo vienen haciendo sin nuestra ayuda desde hace varios años. La dificultad de hacer otro tipo de atención o proyecto con un colectivo ilegal que lo que realmente necesita son papeles y trabajo, cosa que nosotros no podemos darle.

Para terminar os contaré que por una vez en mi vida he podido entrar en sintonía con textos proféticos del Antiguo Testamento en los que se habla del Día del Señor, el Día de la Ira, el Día del Desquite… Pues nos encontramos ante personas que no son consideradas como tales, que no existen para el sistema, aunque éste los necesita, los necesitamos. En el que no hay culpables concretos, sino una responsabilidad difusa de la que todos formamos parte por la sociedad que tenemos montada o, al menos, de la que nos aprovechamos. En la que el pecado estructural (que no es sino el nuestro) esclaviza, devora y engulle. En estos meses he podido escuchar distintas denominaciones que muestran qué percibimos cuando vemos y qué tenemos en el corazón: ilegales, inmigrantes, negros… o personas.