"Dadles de comer"

por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc


“Venid sedientos todos... Comprad y comed sin dinero...” Las palabras de Isaías seguían dando vueltas en mi cabeza al llegar a la pequeña capilla rural, en la que me esperaban los veintitantos cristianos de la comunidad. Ese domingo tocaban lecturas sobre el hambre y el comer.

Hablar del Evangelio es el ejercicio misionero que más me “saca de quicio”, el más apasionante. Salir de sí hacia otra lengua, otras vidas, otras imágenes, otros lenguajes del corazón. Pero pasando por lo más interior de uno mismo y por las entrañas de Dios.

Hace meses que no llueve. No ha habido cosecha de maíz. Comenzamos la eucaristía envueltos por el silbido del viento polvoriento que todo reseca. “Jesús se compadeció de la gente...” Aun no ha llegado aquí el hambre terrible que aparece ya en las televisiones. Se habla de bolsas de hambruna en las regiones centrales, y de millones en situación alarmante en los países vecinos. Pero las pieles arrugadas, las miradas cansadas, y los andares fatigados delatan el peso de la pobreza y la escasez.

“Que se vayan a buscarse algo... No hace falta; dadles vosotros de comer...” La sequía golpea cíclicamente. Las ayudas de fuera consiguen a veces aliviar, pero siempre saben a escasas, interesadas, ambiguas. Mantienen este pueblo campesino hundido en su desesperante impotencia. ¿Qué hacer?

“Sólo cinco panes... Traedlos... Todos quedaron saciados” ¿Y qué predico yo hoy? ¿No será un espejismo hablar de “multiplicaciones” en situaciones de tanta pobreza? La comunidad va cantando. Se leen las lecturas. El pan y el vino están en la mesa. “Prestad oído y venid a mí, escuchad y vivirá vuestra alma”. Los ojos brillan, las bocas sonríen. Se establece el diálogo de la palabra y de los signos, y el misterio se deja entrever. Tenemos hambre de pan y de paz; sed de agua y de reconciliación; necesidad de lluvia y de corazones desatados.

Al partir el pan, los ojos se abren. Lo que más deseamos es saber que no estamos solos. Dios nos sigue amando. Su imagen de bondad está gravada en cada uno de nosotros. Es posible llegar a ser compasivos como Jesús, y transformar la vida. “¿Por qué gastáis vuestras fuerzas en lo que no llena?”. Una corriente de extraña alegría nos atraviesa, mientras el viento sigue soplando. No acabaré nunca de sorprenderme de la maravilla que es comer el pan del Evangelio con los más sencillos.