El P. Damián y el Sevilla F.C.

El pasado 9 de octubre, en el Teatro Lope de Vega, de Sevilla, el escritor y periodista Antonio García Barbeito pronunció el Pregón del Centenario del Sevilla FC (un equipo de fútbol).

García Barbeito, sevillista reconocido, columnista de El Mundo fue el encargado de redactar y leer el pregón del Centenario. Barbeito dejó claro que realizar el mismo es uno de los actos más importantes que va a llevar a cabo a lo largo de su carrera como escritor. En sus palabras, el pregón del Centenario es “la ‘cabronada' más hermosa que me han hecho en mi vida”.

El pregonero del Centenario reconoció que su tarea implica a la vez “una gran satisfacción y una gran responsabilidad”. Confiesa que se sorprendió cuando conoció la noticia de que era el elegido para escribir el pregón. “No lo esperaba. Lo veía posible por mi sevillismo más que por otras cosas. Había algunos que me lo comentaban y yo decía que había un montón de sevillistas capaces de hacer esto infinitamente mejor que yo. Tanta ilusión, que no se corta un pelo al asegurar que “no habrá otro pregón que me haga más ilusión que éste, vengan los que vengan”.

A continuación, extractamos el párrafo del Pregón en el que hace referencia al P. Damián.

Cien años. Ojú… Mi vida no alcanza tan lejos, ni la de ninguno de nosotros. La mirada se recrea, hoy, extrañada, las fotografías de unos futbolistas del primer cuarto del siglo XX que tienen de tipo de futbolistas, aproximadamente, lo que la niña de El Exorcista tiene de Niño Jesús. Mira uno esas fotos y más que futbolistas parecen aristócratas merendando en el campo en camisa de dormir, sentados como si descansaran, con sombrero y bigotes rizados, gorra y cuasi monóculos. Les falta el café. Vamos, que más que antes de un partido de fútbol parece que los retrataron tomando los baños en Lanjarón. Naturalmente, mi Sevilla, aunque yo sienta en mí sus cien años, no empieza a ser ese Sevilla. Por la misma razón que me costaría decirle tito a uno de los que levantó la Giralda. Y, además, porque el Sevilla, sobre todo, en mí es un nombre, un escudo, una bandera. O sea, una patria. Quiero decir que lo único que sé es que nací con el Sevilla ya puesto. Y aquí sigue. Para mí, el Sevilla es la historia más larga y más contada, la referencia más antigua de todas las historias que me contaban de niño. Antes que saber de un ejército, supe de una alineación; antes que de una batalla, de un Sevilla contra cualquiera; antes que de un patricio romano, de Campanal. Mi madre colocaba estampas de santos junto a una mariposa encendida, en el tocador, aquella alineación celestial que iba del Padre Damián al Cautivo, de la Virgen del Perpetuo Socorro a la Virgen de las Angustias, y yo le restaba harina a la talega para el engrudo con que pegar mis futbolistas en el álbum. De modo que unas noches le rezaba al Padre Damián, ya enfermo de lepra en la isla Molokai, y otras le pedía a Diéguez que no fallara un penalti. Los más viejos que conocí hablaban de un muchacho de por ahí, uno que vino y empezó a darle al césped categoría de flor de la canela. Dicen que la tocaba, la llevaba con el mimo con el que se enseña a andar a un hijo, la escondía como si fuera una bolita de trile y cuando se daban cuenta los contrarios ya iba la cosa 3 a cero. No es andaluz, pero dicen que en los pies tenía las manos del bordador Juan Manuel. ¡Cómo lo contaba Manuel, que se hizo sevillista por él! “…Y la pedía, decía dámela y se iba que parecía que el balón era de chapa y corría sobre un imán bajo la yerba… El balón en los pies, la vista larga, y ná del otro mundo: estilizao como una bailarina, pero con cinco diablos en las botas. La cogía, se regateaba hasta el del marcador, y se iba tan niño y tan chulo con el balón y se entretenía en contarle los nudos a la red… Y es que lo hacía hoy, y mañana, y pasao mañana, y cuando quería… Era un chaval, 22 ó 23 años, pero tenía la gracia de Sevilla en los pies y la agilidad de una pantera. 20 ó 22 años. Cuando la cogía y la coronaba, el “Sánchez-Pizjuán” se le venía encima, aplaudiéndole como si fuera un torero, que era torero, con aquella gracia que tenía jugando. ¿Tú qué sabes, si no has visto jugar a Juanito Arza…?