por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Hacía tiempo que no pasaba por su casa. Hoy, después de misa, he entrado a saludarla. Diomira es una religiosa italiana, enfermera, que lleva casi cuarenta años en el Congo. Ella es quien ha construido y puesto en marcha la maternidad y el hospital del barrio.
Diomira se ha dedicado también desde siempre a recoger niños y niñas huérfanos. Vive con una veintena en su casa, y otros treinta o cuarenta los tiene colocados en familias. Está construyendo unos cuartos más. No caben. Me dice que lo está haciendo gracias a un traje de novia. La novia (en Europa) se casó con ropas sencillas y envió a Diomira el dinero que pensaba gastarse en el traje.
Diomira siempre recibe sonriente, en traje de faena, y con ganas de conversar. Hoy estaba dando de comer a las gallinas y a los patos. Deja todo, se lava las manos y me prepara un café. Le gustan los animales. En su cocina se pasean libremente una gata y un loro, que la miran cuando les habla como si la entendieran.
A esto que entra una niñita andando agarrada a la pared. Diomira me presenta a Mamí, la última llegada a la casa. La encontraron en un montón de desechos en la calle, famélica, deshidratada, llena de heridas. Los que tenemos la suerte de conocer a Diomira desde hace años, podemos contar historias de verdaderos milagros de recuperación: José, Dieudonné, María, Bavón, otra Mamí… Recién nacidos abandonados, niños de tres o cuatro años incapaces de hablar ni de mantenerse en pie, criaturas quemadas, golpeadas, tiradas… Meses después parecen resucitar, se recuperan físicamente, se incorporan a la gran familia nacida del corazón ancho de esta mujer valiente.
Le preocupa el futuro de los mayores. Son jóvenes como los demás, ni mejores ni peores. Unos desaparecen sin avisar, otros consiguen acabar unos estudios y encuentran trabajo, otros le traen problemas de robos o de embarazos prematuros, algunas encuentran marido y se van con él… No es fácil educar una familia tan grande. Aunque a veces se enfade, Diomira lleva a cada uno en su corazón, y se deshace de ternura por todos.
Durante estos años, la he visto trabajar, luchar, plantar cara a militares armados, velar enfermos, cerrar la boca a masas exaltadas con sólo el respeto que impone su presencia. Mucha gente le debe la vida. Y todos saben que su existencia entera está entregada a los más pobres. Ella dice que todo es de Dios. Y tiene razón.