I. Dori y su abuela Matilde
-Dori, tu abuela te espera desde hace un cuarto de hora.
Dori salió de su cuarto recién peinada y se disponía a coger el abrigo. Su madre volvió a llamarla:
-¡Dori, Dori!
-Mamá, estoy en la puerta.
-Nos vamos hija- confirmó la abuela Matilde al tiempo que sonreía a Dori.
Dori, asomándose a la vida desde el balcón de sus siete años, se sentía feliz junto a aquella mujer que caminaba torpemente por las calles. Se dirigían a la iglesia de Santa Sofía. Sus oscuras naves sólo se dejaban iluminar por el temblor de las velas. Dori se imaginaba que aquel lugar era la gran bodega de un barco donde se escondía un gran tesoro. Pero no podía saber qué podía ser aquello que le atraía cada vez más. Mientras recorrían sus pasillos y se paraban a mirar los santos, Dori había notado desde que acompañaba a su abuela, que ésta sólo se postraba ante una caja cuadrada bellamente adornaba situada al fondo de la nave lateral. Ella nunca le preguntaba qué era aquello. La verdad es que hacía mucho tiempo que no entraba en la iglesia. Sólo desde que su abuela había llegado a su casa al comienzo del otoño había tomado la costumbre de acompañarla a la iglesia.
Aquel día fue distinto.
Como de costumbre, entraron en la capilla pequeña donde estaba la cajita y su abuela se postró. Dori la ayudó. Se sentó a esperar a su abuela mientras contemplaba los numerosos angelitos, maderas doradas y palabras en otro idioma que había en aquel lugar. Embobada, Dori se quedó mirando una de aquellas frases. Decía: "LA ADORACIÓN ES LA VIDA DEL ALMA". "Adoración" repetía Dori sin cesar en su mente. "No sé por qué me da a mí que el significado de esta palabreja tiene algo que ver conmigo", pensaba para sus adentros.
-Dori, Dori, quédate aquí, voy a hablar con el sacerdote que tengo que encargarle una misa- le dijo la abuela, interrumpiendo sus pensamientos.
Dori no atendió a las palabras de la abuela Matilde. Estaba obsesionada con aquél descubrimiento. Decidió pasear por la Iglesia para comprobar si en aquella oscuridad podía encontrar alguna pista más. Pero no la encontró.
Distraída en estos pensamientos sintió de repente que las luces se apagaban y que las puertas de la gran iglesia se cerraban. Un presentimiento terrible le sobrevino a Dori. Corrió hacia la salida como si le persiguiera una jauría de lobos. Cuando llegó confirmó su presentimiento: Dori estaba encerrada en Santa Sofía.
II. Jesús está siempre presente en la eucaristía
Al mismo tiempo que el miedo se iba apoderando de ella, la cabeza de Dori era un hervidero en el que se mezclaba la confusión y los deseos de encontrar una solución rápida. Por de pronto, necesitaba luz. La tarde estaba cayendo y la iglesia, de por sí oscura, se hacía más tenebrosa a cada instante. Miró a su alrededor buscando un interruptor. No lo encontró. Volvió sobre su sus pasos a tientas y allá, a lo lejos, vio una tímida vela encendida a lado de la cajita. "¡La solución!, algo es algo" se dijo en un intento de tranquilizarse..
Cuando llegó a la capilla tomó la vela en su mano izquierda, mientras que con la derecha buscaba en la pared algo que accionar y que le salvara.
-¿Quien anda ahí?
-"Oh Dios mío, y ahora quién es este..."- pensaba asustada Dori, paralizada por el miedo.
-¿Quién anda por la iglesia?- se escuchó de nuevo por las naves de Santa Sofía.
-Soy yo -respondió por lo bajito-.
Dori escuchó detrás de ella unos pasos. Muerta de pánico se acurrucó en el suelo. Y de las tinieblas surgió una mano que venía hacia ella. Cerró fuertemente los ojos.
- Conque, ¡aquí estabas!. Tú abuela se ha ido muy preocupada. Pensó que te habías marchado por tu cuenta. ¿Dónde te habías metido?.
Dori abrió los ojos. La iglesia volvía a estar iluminada. Parecía otra. Un hombre con rostro amable la miraba esperando una respuesta, pero ella no contestó. Se limitó a levantarse y a seguir los pasos de aquel señor.
- ¡ja, ja, ja!
El hombre no paraba de reírse al ver que Dori había cogido aquella vela para salir de su apuro. Pronto supo que Manuel era el sacerdote de Santa Sofía. Sólo entonces Dori comenzó a conversar tranquilamente.
-Oiga Manuel, menos mal que estaba yo en la iglesia, si no se deja usted esta vela encendida toda la noche.
-No me vengas con historias Dori -respondió el Padre Manuel-. Esta vela debe estar siempre encendida junto al sagrario.
-¿Sa... qué?
-Sagrario, sagrario. El sagrario es donde se guarda a Jesús convertido en Pan.
-¿Aquella cajita?
-Sí, eso. La vela siempre tiene que estar encendida, porque así como Jesús está siempre con nosotros convertido en Pan, así la luz siempre tiene que estar iluminando nuestra iglesia y nuestra vida.
Después de un vaso de leche caliente que amablemente le ofreció el P. Manuel, Dori salió de Santa Sofía con una pista más en su poder. Ya sabía por qué su abuela se arrodillaba ante el sagrario: ¡Jesús mismo estaba allí! Algo tendría que ver Jesús con su nombre, el que desde pequeña ya no usaban para llamarla o reñirle, porque era muy largo: Adoración.
III. Adorar es lo que hicieron los Reyes Magos
Aquella tarde de enero se presentaba divertida. La catequesis empezaba a las cinco. Su catequista, Mónica, estaba con fiebre en la cama y hoy le sustituía otra compañera. Todos se sentaron alrededor de unas mesas pegadas una junto a la otra.
-Buenas tardes, pequeños
-Buenas tardes -repitieron unos, porque otros eran muy maleducados y no lo hicieron-.
-Mónica está con fiebre así que yo voy a daros hoy la catequesis. Mi nombre es Dorita.
Dori, que había estado distraída con el estuche de su amiga Mila, volvió su cabeza hacia la nueva catequista y, sin controlar ni su voluntad ni su lengua, la interrumpió:
-¿Te llamas Dorita? Yo, yo... yo -no podía contener sus nervios- ¡yo me llamo Dori!
-Mira qué bien, pues felicidades, el día seis de enero fue el día de nuestro santo: la Adoración de los Reyes.
Dori no podía salir de su asombro. Aquella curiosidad de Santa Sofía de dos semanas atrás ya se le había quitado de la cabeza y todas las fiestas navideñas le habían hecho olvidarse del tema. "Adoración de los Reyes Magos". Ahora lo veía más claro. Su abuela, cuando llegaba al sagrario, hacía lo mismo que los Reyes Magos: se arrodillaba y rezaba.
Cuando terminó la catequesis salió dispuesta a solucionar ese mismo día aquel enigma que ya estaba durando demasiado. "¿Qué es adoración?" era su pregunta de vuelta a casa.
IV. Adorar es estar con Jesús hecho pan
-No lo entiendo, abuela.
-Bueno, a ver si te lo puedo explicar mejor -respondió pacientemente Matilde-.La adoración es una oración.
-Eso ya me ha quedado claro. ¿Pero por qué es especial?
-Es especial porque tienes a Jesús delante, hecho pan. Y así como el pan nos sirve para alimentar nuestro cuerpo, así Jesús, hecho pan, alimenta nuestras ganas de vivir con él, siendo como él. ¿No recuerdas la frase de Santa Sofía?: "LA ADORACIÓN ES LA VIDA DEL ALMA".
- O sea que la adoración es...
-Una conversación con Jesús, como si fuera una conversación entre amigos que se quieren mucho.
Cuando terminó la charla entre abuela y nieta, salieron hacia Santa Sofía. Llegaron a la puerta y Dori sonrió para sí misma al recordar las aventuras que había corrido por su causa. La Iglesia hoy parecía otra. Aquel misterio que encerraba y que al principio inquietaba a Dori ya sabía dónde podría encontrarlo: en aquella cajita-sagrario donde Jesús estaba siempre con el hombre dispuesto a conversar.
La capilla tenía su vela encendida como le había explicado el Padre Manuel. Su abuela Matilde se arrodilló y Dori, esta vez, lo hizo con ella. Juntas adoraron al Señor y Dios les habló al corazón. Se sintió orgullosa de llevar ese nombre. Santa Sofía le esperaba cada semana, y Jesús también.
Texto: Religiosos SS.CC. de Andalucía
Dibujos: Lidia Rico Cano