Entrada del Anuario 2004-05 del Colegio San José SS.CC.

por Silvio M. Bueno ss.cc., Director Pedagógico

Es mi costumbre cuando comienzo un curso con una clase –y cuando lo acabo-, buscar un momento de soledad y hacer una pequeña oración. Voy al aula en la que impartiré las clases. Miro los pupitres de quienes aún no conozco. Preparo mi corazón y mi mirada para hacer un hueco en mi interior y acoger en su ausencia a quien al día siguiente voy a conocer como alumno. A veces cercanos, a veces tan distintos de mí... procuro dejar que Dios me indique ante todo que los que se me encomiendan son sus hijos y mis hermanos, que son la ilusión o la preocupación de una familia que en cierto modo se sienta ahí también con ellos. Hago espacio para que Dios me recuerde que yo fui, que yo soy también, alumno y que tengo que aprender de mi Maestro. Y que por muy parecidos que sean los niños, no los conozco; no son iguales todos. Y le pido que me enseñe a enseñar. O a aportar algo para la vida de quien me va a escuchar aunque no se dé cuenta. Yo haré lo que pueda y sepa, pero le ruego que Él lleve a madurez lo bueno y les obnubile algo en mis fallos.

También al final de curso busca la soledad acompañada del Profesor que me ayude a decir adiós a los que se me encomendó. Pido perdón por mis errores, doy gracias por estar tan cerca de la vida, reconozco algo incómodo que me molesta por dentro al notar los pupitres nuevamente vacíos y Dios me tranquiliza diciendo que eso, quizás, sea afecto que se ha colado en el interior, y que Él lo siente aún más profundamente y que tenemos que dejar seguir su curso a la vida. Que si ellos quieren, libremente, estaremos ahí en el futuro. Él estará ahí por muchos años que pasen.

El profesor es ahora también director. Hago esa oración, ahora ampliada paseando de noche por los pasillos del colegio. O sentado en un banco del patio buscando algo de frescor y contemplando amablemente estos recreos semidormidos, el silencio de nuestro “cole” que alberga para mí ecos de generaciones anteriores a la mía, mezclándose con el recuerdo de las fiestas de este año, los juegos de los pequeños, las broncas a veces, las celebraciones por cualquier partido, las lágrimas de algún pequeño, de alguno más grande...

Comparto con vosotros algo de esta oración que conoce cuánto falta, lo difícil que es reconocer el esfuerzo a todos los que procuran lo mejor para el colegio. Y pongo en manos de Dios la vida de todos los que pasamos por aquí. Tal vez sólo el director pueda contemplar algo de esta sinfonía de esfuerzos -vistosos u ocultos- por educar por parte de todas las secciones, los padres, los profesores... y sé que no veo más que una pequeña parte. Es bueno sentir que la vida crece, que es más grande que nosotros, que son muchos los que cotidianamente se esfuerzan por hacer un mundo mejor para los chicos –para nuestra sociedad- a través de ellos. Y que quien se pierde esto, a pesar del cansancio, las dificultades de infraestructura o personales, las que sean, quien se pierde la aventura de la educación en su condición de docente, de padre, de monitor, de alumno o de amigo, si pierde una fuente de vida. Se pierde algo de lo mejor de sí mismo.

Se ha terminado el curso. Venga más vida el próximo. Hay mucho por construir, por disfrutar.