por Fernando Cordero, ss.cc.
| Inquieta, con curiosidad intelectual y vital, esta valenciana, casada, con cuatro hijos adolescentes, profesora de religión en un instituto de secundaria de la periferia de Valencia, contagia su pasión por la educación. Ella es fundamentalmente maestra (en el sentido profundo del término), educadora. Volcada en la catequética y en la pastoral, ha realizado diferentes servicios a la Iglesia. Ha sido profesora en Oxford, en la Universidad de Valencia y es una de las personas más solicitadas en diferentes foros para hablar sobre interioridad, ciudadanía y pastoral juvenil. Con el ruido de fondo de los niños, tenemos la oportunidad de entrevistar a Carmen Pellicer, en el Colegio Paraíso SS.CC., de Madrid, en el descanso de una jornada de formación para equipos de pastoral de las Hermanas de los Sagrados Corazones. |
Carmen, ¿cómo combinas tantas actividades que llevas a cabo?
A mi marido debo mucho, porque esto es una cosa de los dos, un proyecto común. Él también es educador, es director de un colegio y su pasión es la educación. Supongo que es la única afición que compartimos, entonces casi es nuestra profesión y nuestro hobby. Y, luego, con las tensiones y las dificultades de toda mujer y toda madre que quiere combinar una vocación profesional, yo creo que legítima, y hacer de madre, que evidentemente no es fácil, porque la vida no está preparada para combinar estas dos cosas. Todos soportamos tensiones, pero creo que lo llevamos bien entre todos.
La interioridad: ¿realidad o utopía?
Es una realidad. La persona humana tiene una dimensión espiritual, presente y profunda. Yo digo que es la firma de Dios. Es un poco la frase de san Agustín, que a mí me gusta tanto: “Me hiciste para ti, mi corazón no descansará hasta que descanse en ti”. En el fondo esa inquietud existencial por la búsqueda de algo más, es la firma del Creador que ha dejado el sello en cada uno de nosotros. Esa inquietud está ahí. Otra cosa es que luego eso desemboque o derive, y ahí está la urgencia evangelizadora, en una experiencia de fe. La dimensión interior, la dimensión espiritual, está. Eso es innegable en el mismo hecho creacional.
¿Podrías indicarnos los rasgos principales para acompañar a nuestros alumnos en el cultivo de la interioridad?
Primero el hecho mismo de acompañar. Los educadores hemos descansado en los “profesionales”. El acompañamiento era la tarea del religioso, del presbítero o del sacerdote. Esto ya ha cambiado. Hoy en día la pastoral, la evangelización, pasa por crear vínculos profundos con los jóvenes o con los niños de acompañamiento, de estar con ellos a su lado en los procesos de crecimiento, combinando una actitud de respeto por su propia idiosincrasia, por su propia forma de ver la vida, estando ahí para también ofrecer, estirar, empujar y, al final, apuntar a un horizonte distinto. Entonces el mismo hecho de acompañar, de crear relaciones o vínculos profundos y apostar por esa dedicación personal. El acompañamiento parte también del cariño. En el fondo lo fundamental de la escuela católica es que la comunidad escolar es comunidad cristiana. Y eso supone que el vínculo que establezco con mi alumno es el vínculo que establezco con el hijo de Dios que se me ha encomendado a mi ministerio, por lo tanto, estoy llamada a quererle. En la medida en que le quiero en esa medida es eficaz aquello que hago por él. Por lo tanto, el acompañamiento se apoya o desemboca en el estilo o en la intensidad de la relación personal y de la dedicación. Y después también la escucha, el diálogo. Apostar por encontrar tiempos reales y apostar por encontrarlos. Es una tarea compartida, es una cosa que tenemos que hacer todos como equipo docente, por eso es importante que todo el claustro se vincule a esta forma de entender la pastoral.
¿Y cómo lograr que todo el claustro sea agente de pastoral?
Ojalá tuviéramos una receta mágica. Quizá uno de nuestros problemas es que en nuestros claustros no todos los profesores están vinculados en la misma medida al ideario, al carácter propio, a la misión evangelizadora de los centros. Hay personas que se sienten muy afines y personas que se sienten más frías, que agotan su función en la tarea instructora. El centro sí tiene que encontrar ese equilibrio entre exigir-no exigirle. Es un respeto profundo por la misión que tenemos, que es la que da razón de sí al hecho de existir como centros católicos. Por otra parte, el aprovechar, cuidar y motivar a los profesores que son no sólo agentes de pastoral, sino receptores. La pastoral escolar tiene que comenzar por evangelizar a los propios docentes. Nadie puede hablar de lo que no rebosa su corazón. Nadie puede rezar con sus alumnos si no reza él. Si pretendemos que la pastoral cambie de una transmisión de contenidos teóricos a un contagio de experiencias de vida cristiana, el primer objetivo de la pastoral escolar es provocar esas experiencias entre el profesorado, que son al final quienes tienen que tirar de este carro. Y vincular en la medida de lo posible a la familia, que también es otro tema pendiente que no hemos sabido solucionar muy bien. Recuperar la centralidad de que todos somos evangelizados y evangelizadores, como decía Pablo VI, y esto tiene que ser real, tiene que reflejarse en el estilo de formación que damos, que no tiene que ser sólo teórica, solamente centrada en la parte instrumental de la profesión, sino centrada también en cuidar la vida interior y la vida espiritual de los niños.
¿Cuál debería ser el papel de los padres para educar en la interioridad?
Voy a darle un poco la vuelta a la pregunta. Mi problema con los padres no es qué debería hacer, sino cuál es. Estamos haciendo un discurso a veces un poco peligroso. Un discurso de qué debería ser la familia cristiana. Claro, la familia cristiana debería ser muchas cosas. Creo que no hace falta agotarlas ni describirlas: el papel de los padres como primeros responsables de la educación de sus hijos, la escuela sólo subsidiaria. Deberían ser los primeros en introducirlos en la fe, los primeros iniciadores de vida cristiana, los primeros transmisores de la cultura y de los valores de la moral cristiana. Pero la familia es la que tenemos y no la que nos gustaría tener. En este momento la función y el papel de la familia en la socialización religiosa de los niños está tremendamente debilitada. Y no creo que esto cambie en el sentido en que nosotros quisiéramos. No veo que el papel de la escuela sea convencer que las familias sean de otra manera, sino responder a los niños que llegan con la socialización deficiente religiosa básica que tienen. La escuela tiene que responder a los niños y a las familias que hay, no a las que debería haber. Las que hay en este momento marcan otras urgencias pastorales que no teníamos hasta hace pocos días. Cuando la familia iniciaba en la oración, la escuela no tenía que enseñar a rezar. Tenía que enseñar oraciones específicas de la Iglesia. Hoy no. Hoy hay que “sustituir” a la familia como primera agente evangelizadora en muchas ocasiones. Por eso, le doy la vuelta a la pregunta, porque sería muy fácil decir lo que la familia debería ser. Yo voy a muchas escuelas de padres y trabajo con muchos centros y, a veces, el colegio te pide: “Diles que tienen que hacer”, “diles que...”. En el fondo la escuela quiere que la familia cambie en la línea, ojalá, pero no creo que esto sea muy eficaz. Creo que habría que buscar otra participación de los padres en la vida de los centros, que compartieran un poco el espíritu educativo, pero que nosotros también escucháramos lo que son y desde ahí respondiéramos a las necesidades que esta nueva familia y esta nueva situación plantean.
Indícanos algunos cauces de participación especial de la familia en la transmisión de la fe.
Al final tendríamos que hacer un gran recetario. Conozco experiencias muy positivas. Yo creo que se está haciendo muchísimo más en pastoral que quizá se haya hecho nunca. Creo que hay una preocupación más intensa por la pastoral de lo que ha sido nunca y también mucha creatividad. Quizá la familia sea el ámbito más difícil, incluso más que los mismos niños. Cuesta mucho porque son más fríos, porque a lo mejor responden más cuando los niños son más pequeños, pero luego cuesta mucho vincularlos. Está un poco agotado el esquema de las charlas y de las conferencias, porque esto tiene después poca eficacia. Quizá a través de la figura del tutor, que creo que es una de las apuestas educativas más potentes por las que hay que trabajar y que, dentro de la pastoral, la tutoría tiene una función fundamental. Aunque es verdad que muchos miembros del claustro no se sienten vinculados o responsables de la pastoral del Colegio, en gran medida la mayoría de los miembros de los claustros son tutores, por lo tanto la tutoría sí es algo que nos afecta a todos, a aquellos que tienen una experiencia religiosa más intensa y a aquellos que están más fríos respecto a la fe. La tutoría es un arma muy potente de personalización. Al final, a través de la figura del tutor y de cómo concibamos y trabajemos la tutoría, en la parte lectiva y también en lo que supone de acompañamiento, en esa medida podemos trabajar y configurar a nivel profundo los valores del niño. Y a través del tutor y de la relación que el tutor establece con el grupo de padres, que siempre tiene más facilidad, porque tiene más cercanía, porque los padres tienen unos intereses inmediatos (por cosas de las notas o por curiosidad misma de con quién va mi hijo). Hay algunas armas especiales que tiene el tutor que permiten trabajar esos valores. Quizá sería más interesante que en las reuniones de padres ordinarias de evaluación, de curso, que tiene el tutor se introdujeran elementos de objetivos compartidos, de dialogar sobre el mismo proceso educativo de sus hijos, de mostrarles a los padres que sus hijos son importantes para él, para ella, que les conoce, que les importa, y ayudar. Porque también los padres nos sentimos muy impotentes en este momento, porque tampoco manejamos la situación, sobre todo cuando llegan a la adolescencia. En el fondo nos sentimos muy agradecidos por encontrar las claves para poder comunicarnos con nuestros hijos.
Dinos algunos elementos a cuidar en el plan de pastoral de un centro.
Un plan de pastoral de un centro no es un plan de actividades. Frente a unos modelos de planes de pastoral en una situación de pastoral de cristiandad, donde los niños eran sociológicamente cristianos y donde el colegio ponía un poco la guinda y hacía actividades religiosas para reforzar la experiencia de fe, pues en este momento la situación ha cambiado radicalmente. El plan de pastoral escolar tiene que ser esencialmente un plan de misión, misionero, ante una sociedad, una familia y unos alumnos en su gran mayoría no cristianos. Por tanto, tiene que buscar otras claves, no puede limitarse, aunque tiene que incluir evidentemente las celebraciones litúrgicas y las actividades explícitamente religiosas, tiene que cuidar otros aspectos dentro de la misma pastoral explícita. Aspectos sobre todo de apostar por las experiencias de oración. La iniciación a la oración para mí es básico, quizá es de lo más importante que puede hacer la pastoral escolar, que es invitar y fomentar, sobre todo en la primera infancia, donde todavía es relativamente sencillo, a tener una vida de oración, que eso permanece para siempre y es el pilar donde se apoya la vida de la fe. La oración, la celebración y la contemplación, el fruto del área de interioridad, me parece fundamental en lo que es la pastoral explícita. Yo comienzo a hablar mucho ahora de recuperar la función de la escuela de la iniciación cristiana, quizá por las dificultades que a nivel de evolución sociológica están sufriendo los procesos de transmisión en las parroquias. Cada escuela tiene que tener y estimular una relación con la parroquia, porque los niños al final no se van a quedar en la escuela para siempre y tienen que insertarse en la comunidad de fe adulta. La escuela debe cuidar mucho los procesos de transición para cuando se vayan fuera. Jugando con la imagen del hijo pródigo, para cuando se vayan hay que saber dónde pueden ir, hay que facilitar los procesos de salir. Eso entra todo dentro de lo que es la pastoral explícita. Y luego hay otro gran pilar, que ya lo decía la Evangelii Nuntiandi, que la evangelización comienza por una renovación de la humanidad y el anuncio implícito del evangelio. En la escuela hay muchos elementos que hacen ese anuncio implícito ante un proceso de pastoral, donde entra la tutoría, la educación en valores, los mismos procesos curriculares, el estilo del método docente, las estéticas, aquello del currículum oculto, que transmiten una visión cristiana de la vida, de la existencia, de la afectividad, de la sexualidad, del trabajo, del esfuerzo, del futuro. Hay muchas cosas que no son explícitamente religiosas pero que invitan y despiertan la pregunta por la fe. Y un plan pastoral debe cuidar ambas cosas, porque cada niño es diferente y, al final, lo que pretendemos es anunciar el Evangelio, no recoger sus frutos. En ese anuncio hay que cuidar que va a fructificar de formas distintas y hay que respetar los procesos personales de crecimiento, para eso hay que cuidar mucho el plantar semillas profundas. Insisto mucho en la tutoría, en la orientación, pero también el mismo régimen de funcionamiento de los centros, de organización, el mismo estilo de relación, de comunicación entre los miembros de la comunidad educativa, todos estos elementos anuncian, exponen una forma cristiana de vivir o de ver la vida.
En la catequesis, ¿de qué manera abordar el área de la interioridad?
Yo digo a veces un poco graciosamente que antes en clase de religión en la pública tendíamos a hacer catequesis y los catequistas daban religión en las parroquias. La catequesis en una pastoral de cristiandad era la transmisión teórica de los contenidos de la fe, pero hoy la catequesis tiene que tener un tinte experiencial, provocar experiencias de vida cristiana para que los niños vean. Al Proyecto Diocesano le hemos llamado Venid y veréis. Tienen que venir y ver. Tienen que ver Iglesia, tienen que ver a Jesús, tienen que ver rezar, tienen que ver caridad, tienen que ver, porque es la única forma de que vuelvan. La catequesis tiene que cambiar bastante, profundamente, de acentos, sobre todo. La formación de los agentes es absolutamente prioritaria. Creo que el futuro de la transmisión de la fe está en la catequesis. La clase de religión siempre ha sido subsidiaria y cada vez lo va a ser menos. Hay que cuidar e invertir los mejores recursos en la catequesis, intensificar las vivencias, generar nuevas formas, romper el esquema escolar.
Otro asunto que nos preocupa a padres y educadores es el de la afectividad. ¿Cómo abordar este tema en la escuela?
Vamos a darle también la vuelta. La primera pregunta es cómo se aborda. Desgraciadamente no se aborda. Uno de los problemas más graves que tenemos es que es el tema de la adolescencia, y no estamos hablando ya de los catorce años, sino estamos hablando de los ocho o nueve años. Frente a esa explosión que ocurre en sus imaginarios, en sus vidas y en sus emociones, respondemos con un silencio sepulcral. Hay una ausencia de un programa, de un proyecto integral de educación sexual enmarcado también en una educación afectiva, una educación en el compromiso, una educación en valores. Hacemos un silencio que solamente asoma en la clase de ciencias naturales y, a veces, en la tutoría de forma esporádica. No educar es una forma de deseducar, sobre todo, cuando es una necesidad. En los procesos de sentido, cuando ellos están viviendo esas experiencias y echan mano de lenguajes y discursos, nosotros callamos. Y muchas veces lo único que ofertamos es un discurso moralista, un discurso moral, que no digo yo que no sea importante, pero que su lugar es muy posterior. Lo primero que hay que hacer es un programa, un proyecto, que existe en muchos países, en los que es obligatorio un protocolo de educación sexual en los centros. Lo primero que hay que hacer es un proyecto integral que vincule la educación sexual a aquello que decía la LOGSE de la transversalidad, que realmente recorre todo el proceso de crecimiento. Y hay que ver cómo trabajamos la corporalidad, la afectividad, la genitalidad, el género, desde que los niños están en Infantil hasta después. Hay que formar al profesorado en un área a la cual le tienen mucho miedo. Yo me encuentro muchas veces en los cursos que doy con muchos que se niegan, que no ven que sea competencia suya entrar en estos temas. Hay que insistir en el eje de ser educador y no instructor. La escuela católica apuesta por la educación y no por la instrucción. Y eso incluye la responsabilidad sobre las áreas de crecimiento vital, entre ellas, la educación sexual. Y, una vez dentro, cada edad tiene unas claves diferentes y hay que buscar sus espacios en el área curricular y también en el área extracurricular.
Estos días la actualidad está marcada por la LOE. Ofrécenos tu valoración de esta ley.
La primera premisa es la tristeza que me produce el estado de crispación del debate educativo. Yo, que he vivido muchos años fuera, siempre me sorprende y me duele lo politizado que está el discurso sobre la educación. Me entristece muchísimo que los únicos que pueden hablar sobre educación son los políticos, que los educadores de verdad, los que estamos en el aula, nunca se nos escucha o se mediatiza nuestro discurso por ideologías y por estereotipos. Son muy pocas veces las que se puede hacer un discurso sereno y objetivo. En este momento, en esa polarización de discursos que hay, es muy difícil ser objetivo. Yo creo que la LOE tiene cosas buenas, que pedagógicamente tiene cosas interesantes, que en un momento en que la educación está en una situación de crisis profunda, porque es verdad que los niños y los jóvenes han cambiado, y que las respuestas que teníamos a nivel pedagógico no funcionan, hace falta una profunda renovación y una potente y valiente inversión, porque seguimos careciendo de recursos a muchos niveles, hace falta mucha formación. Creo que la LOE apunta a iniciativas que podrían ser interesantes en un clima de paz y, sobre todo, en un clima honesto de búsqueda de una mejor educación para todos. No para unos frente a otros, sino para todos juntos. Estoy absolutamente convencida de que la educación no mejorará si mantenemos la falacia concertada contra pública. Al final hemos de buscar una mejor educación para todos. Hay que buscar y estimular los diferentes modelos. Como madre yo quiero un modelo católico para mis hijos y como docente trabajo en el modelo público. Creo que los dos tienen que crecer y ganarán en la medida en que ambos sean mejores. Por tanto, mi primera valoración es que es muy triste que el debate sobre la LOE se esté produciendo en un contexto de crispación y de enfrentamiento ideológico en el que se produce.
Después, creo que la LOE, que aporta iniciativas interesantes, ciertamente responde a una cierta discriminación hacia un modelo educativo por razones ideológicas, que me parece tremendamente injusto y que ataca el principio de libertad de los padres para elegir el modelo de educación que queremos para nuestros hijos. En una sociedad democrática se debe respetar, y eso es precisamente el pluralismo, el derecho a elegir en igualdad de condiciones la educación que queremos para nuestros hijos. La igualdad de condiciones pasa desgraciada o agraciadamente porque se inviertan los mismos recursos en todos los modelos educativos. Y la educación concertada, por mucho que se mantenga la demagogia y se le pretenda enfrentar a la pública, está totalmente discriminada porque mantener un alumno en la concertada cuesta mucho menos que mantenerlo en la pública. Hay una situación de principio discriminatorio y yo, como madre, tengo el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a que en mis hijos se inviertan los mismos recursos que en los demás. La LOE mantiene y consolida un sistema de discriminación entre ambos sistemas que es totalmente injusto. Y junto con esto y las connotaciones que tiene a otros niveles, que es el ataque al ideario de un centro. Es el derecho legítimo de un grupo de padres que queremos y deseamos un estilo de educación para nuestros hijos, como existen y coexisten otros estilos, como pueden ser los colegios bilingües u otro tipo de modelos, la educación privada total o la educación pública en una línea, es perfectamente loable. El ideario debería ser obligatorio, como lo es en muchos países de Europa, para todos los centros. Todos los centros tienen que hacer un esfuerzo en definir quiénes son y qué pretenden. Y eso es un esfuerzo de legitimidad, es un esfuerzo de coherencia y de honestidad social. Ese esfuerzo lo deberíamos hacer todos: públicos, concertados y privados. Por tanto, atacar la existencia y el derecho de que exista un ideario es atacar el principio fundamental de la calidad. Y si no mírese los países que tan buenas notas sacan en los informes, porque tienen sus idearios obligatorios en todos los modelos de centros.
Y, después por último, el tema de la religión, que es una desgracia que un espacio educativo tan beneficioso y tan potente para los alumnos para ayudarles a conformar su sistema de sentido y de valoración esté tan profundamente discriminado. La religión en la escuela pública, la situación académica de la asignatura, desgraciadamente nos deja en inferioridad de condiciones y, además, es un ataque al derecho de los padres que, eligiendo la enseñanza pública para sus hijos, desean que tengan una formación religiosa y cultural integral, equilibrada y honesta, positiva, y que hay que hacerlo en unas condiciones profesionales, laborales, académicas, sobre todo de presión social en este momento, absolutamente denigrantes, con lo cual esta ley no lo soluciona, ni para bien ni para mal. Vuelve a dejar una laguna, vuelve a hacer que perviva esa situación de crispación, porque vuelve a retrasar la opción a posteriores decretos que nadie sabe todavía por dónde van a ir, pero que a los profesores de religión, como es mi caso, no nos producen ninguna confianza, ni tampoco hay una voluntad de llegar a una situación de pacto, de consenso, ni tampoco hay una voluntad de establecer un diálogo, no politizado, sobre el beneficio radical, que puede tener para el proceso educativo de los alumnos, el tener un espacio donde poder analizar la importancia del hecho religioso, también del hecho moral, que se estudia, se trabaja y se profundiza desde una perspectiva cristiana.
Estamos en un colegio de la Congregación de los Sagrados Corazones. Si piensas en los Sagrados Corazones, ¿qué reflexiones se te vienen a la mente?
Ahora que viajo mucho y trabajo con muchas congregaciones y, a veces, una se pregunta por los nombres, las historias y las voluntades de los fundadores y la razón de ser que hizo sus inicios y sus fundaciones, el que se eligiera un determinado carisma o se eligiera una vocación. Hay que buscar o volver a la inquietud original, a lo que provoca una devoción, que en el fondo es una especie de filiación afectiva con Jesucristo desde una espiritualidad. Yo creo que hay que traducir esa inquietud original a un lenguaje nuevo para hablar de Jesús. Supongo que cuando una habla del Corazón de Jesús, yo no me he educado con los Sagrados Corazones, lo que pretende, me imagino, que se quiere hablar de lo más profundo del ser de Jesús, de lo que habla es de la intensidad de la relación de amor que Jesús tiene por mí y que yo tengo por Él. Por tanto, hoy hablar de amor a los jóvenes es hablar de aquello o de lo único que les importa. Puede que tengamos que encontrar otros lenguajes, pero en el fondo es hablar de la intensidad de la presencia de Jesús en sus vidas actuando y queriéndoles. Y, a partir de ahí, quizá tengamos que buscar otras imágenes que no sean aquellas pinturas que colgábamos de pequeños en nuestros cuartos, porque evidentemente eso hoy tiene otras connotaciones. Hay que ser valientes para abandonar viejas fórmulas, viejos lenguajes, viejas imágenes y viejas iconografías, porque eso no significa ser infiel, sino que ser creativo es la única forma de ser fiel al carisma que nos empujó desde el principio.
Y, para terminar, cómo sé que te encantan los cuentos, ¿podrías contarnos uno que ayude a motivar en la misión evangelizadora?
Ahora en la presentación del Proyecto Diocesano de la transmisión de la fe, en Valencia, yo contaba un cuento de un teólogo vasco. Cuenta cómo un maestro de novicios, que era el abad de un gran monasterio, todos los años tenía muchísimos candidatos y muchos novicios, pero ninguno terminaba el año. El abad estaba muy preocupado porque, ¿por qué no se quedan, ¿por qué se van? Un día paseando por el bosque vio una cacería del zorro y vio cómo empezaban muchísimos perros pero, al final, al cabo del rato se iban cansando, se iban retirando de la cacería, y sólo dos llegaban a cazar al zorro. Y no eran precisamente los dos perros que más corrían ni más buscaban desde el principio, justamente estos dos perros iban como muy distraídos olisqueando y mordisqueando por el camino. No tenían mucho interés, pero al final eran los únicos que llegaban. E intrigado preguntó el abad al cazador: ¿Por qué ocurre esto? (pensando en lo que le ocurría a él con sus novicios). El cazador dijo: Muy sencillo, los dos perros que llegan al final fueron los dos únicos que vieron al zorro antes de empezar la cacería. La pastoral se trata de fomentar experiencias de encuentro con el Señor. Ya les llegará el Señor al final cuando llegue. Si logramos que lo vean en un momento de sus vidas, en la infancia y en la niñez, que es el tiempo privilegiado en el que la Iglesia nos los confía, ya llegarán al final.