por Fernando Cordero, ss.cc.
| Conocí primero a Pedro a través del correo electrónico y de sus artículos en la revista Vida Religiosa, que dirige desde hace seis años. En la reunión de superiores y superioras de la Península Ibérica tuve la ocasión de conocerlo en persona y poder dialogar con él. Como él mismo dice, aunque cuesta ser entrevistado, “es bueno narrar la fe y ponerle cuerpo y cara”. Se define como un misionero, hijo del Corazón de María, claretiano, que le ha preocupado siempre el anuncio del Evangelio en España. Al mismo tiempo, se reconoce como una persona que ha tenido mucha suerte en la vida y ha intentado responder a la suerte que ha tenido. |
Pedro, ¿cómo descubriste tu vocación religiosa?
Eso es un proceso largo. Tuve la sensación a los 16-17 años de que el Evangelio era algo lo suficientemente valioso como para dedicarle la vida. Esto fue un primer paso. Durante un tiempo creí que lo podía hacer creando mi familia y siendo periodista, que era lo que quería ser. Luego fui descubriendo que me parecía que no podía ser así. Entonces me pareció que mi vocación era ser claretiano, como misionero. Lo que no tenía tan claro entonces era si mi vocación era sacerdotal o no. Eso lo clarifiqué durante los años de la formación inicial. Ha sido un proceso, en cierto modo inconcluso, en el sentido en el que uno siempre se hace preguntas sobre cómo esto se vive, cómo hay que vivirlo, etc. Eso sí, que todavía admito que la vida me sorprenda. El haber cumplido cuarenta años me ha transmitido el mensaje de que en la vida hay etapas y, a lo mejor, hay que abrir otra como misionero.
¿Cuál es tu objetivo al provocar, insinuar rumbos, acciones sobre lo que consideras más urgente para la vida religiosa de España en estos tres campos: la fraternidad eclesial, la vida compartida con los pobres y el reto de la cultura?
Quizá yo tenga esa preocupación por la fe en España porque pertenezco a esas generaciones en las que un creyente crece y la inmensa mayoría de sus amigos ya no son creyentes. Eso me ha pasado a mí en los años 80 y me marcó. Me preguntaba por qué tengo la suerte de creer –vamos a admitir la expresión- y otros no. Mirando ahora lo que es la sociedad española y lo que es la fe, veo que esas tres cosas se presentaban como especialmente urgentes. Y en el Encuentro de la CONFER de noviembre, al obligarme a pensar y a intervenir en público un poco provocando, me obligó a sintetizar eso. Se me ocurrieron esas tres cosas. Cómo hacer que la Iglesia en España crezca internamente en cohesión, en fraternidad, en vida de familia, me parece un reto. Somos una Iglesia que quizá todavía está demasiado dispersa, muy acostumbrada a poder hacer muchas cosas y a que cada uno haga las suyas, y a lo mejor eso no ha facilitado que las hagamos juntos, ni que nos conozcamos ni convivamos lo suficiente. La cercanía a los pobres a mí me parece que es algo insoslayable hoy a cualquier vida cristiana, también, por consiguiente, a la vida religiosa en cualquier parte del mundo. Los hay en todas partes y también aquí. Creo que la vida religiosa española no puede dar la espalda a las personas en sus diversas pobrezas. Y en tercer lugar, lo de la cultura. A mí me parece que en España se están gestando nuevos horizontes vitales para gente, se crean nuevos esquemas de valores, nuevos estilos de vida. Se crean unos mundos: el mundo del pensamiento, de la reflexión, de la universidad, de la publicidad, de la política. Ahí los cristianos no pueden estar ausentes. Hay muchos cristianos, quizá no suficientemente articulados, pero también es un campo en que quizá los religiosos tengan algo que decir. Y probablemente ahora estemos menos presentes o más desorganizadamente presentes y por ese camino hubiera que avanzar.
Háblanos del estilo que quieres imprimir como Director a la revista “Vida Religiosa”.
Ésta es de las cosas sobrevenidas en la vida. A mí me encargaron esto hace seis años. No sé si me lo renovarán ahora por otros tres, probablemente sí. Yo he recogido una antorcha: una revista que tiene más de sesenta años, que nació para acompañar a las congregaciones religiosas, que a partir del Concilio tomó conciencia de que tenía que hacerlo de otra manera y que alrededor del año dos mil ha sufrido como otro revolcón en el sentido de que ha descubierto que la palabra conciliar sigue siendo válida, como traducción de la palabra evangélica, pero que el contexto ha cambiado tanto que quizá haya que hacer acentos, propuestas diferentes. Del año dos mil para acá estamos intentando penetrar este mundo distinto y ver qué propuesta de vida religiosa se puede hacer. Intentamos ser una plataforma que acerque a la gente experiencias que a lo mejor no conocen, que le ayude a caminar y que sin desconcertarla le provoque un poco.
¿Cómo ves el panorama de las revistas cristianas en España?
Eso tendría que pensarlo más despacio para contestarlo. Soy una persona que intenta leer mucho. Mis compañeros me toman el pelo en ese sentido. Ahora mismo no me atrevería a hacer un juicio, porque la presencia de los cristianos en los medios escritos españoles es muy amplia. Desde las clásicas Vida Nueva, Ecclesia, hasta revistas de congregaciones, pasando por El Ciervo, Iglesia Viva, luego las más específicas estilo Moralia, y la presencia de los cristianos que escriben en otros sitios. Sí es verdad probablemente que tal y como ha ido evolucionando el mundo de los medios, puede que tengamos muchas presencias pero ninguna suficientemente fuerte como para hacerse presente en lo que es el mundo laico español actual. Cosa que en Italia y en otros países sí se ha conseguido. Entiendo que ahí hay un reto: ver cómo se puede articular. Gente que sabe de todo esto nos pincha de vez en cuando y nos plantea si estamos dispersando muchas fueras. Y quizá haya que pensarlo un poco. Es cosa de sentarse con calma e intentar hacerlo. Se han dado algunos pasos pero quizá todavía no sean suficientes.
Ofrécemos tu visión de los boletines internos de las congregaciones.
Ahí también hay de todo. Se ve, esto es universal, porque conozco casos muy concretos, que hay un esfuerzo tremendo por hacer las cosas bien, sólo que muchas veces cada uno las hace como sabe y como puede. Hay gente sacando publicaciones internas con mínimos medios pero con gran voluntad, y eso también hay que valorarlo. No sé tampoco, creo que es una asignatura pendiente también, que los que se encargan de estas cosas reciban la ayuda suficiente de los demás compañeros y hermanos. Porque a veces hay que reflejar una vida que si otros no te transmiten es muy difícil. Eso sí probablemente esté pidiendo un empujón o una colaboración mayor. Creo que son interesantes, a mí me enriquecen, te abren puertas. Hay de todo, unos los lees con más gusto y otros menos. Pero, bueno, están haciendo un papel. Creo que la CONFER también con sus departamentos de medios y publicaciones también lo hace. Por supuesto que es un camino mejorable, pero en él se está.
¿Qué elementos han de cuidar los equipos de Formación Permanente de las congregaciones?
En esto te puedo dar opiniones. A mí me parece que la Formación Permanente tiene que ayudar a las personas a vivir, punto número uno. Segundo, a vivir su vocación con gozo, a pesar de que se vivan las contrariedades, que evidentemente hay de todo tipo. Y tercero, a vivir esa vocación en el contexto, en el momento y en el lugar en el que se está. Probablemente los esfuerzos tienen que ir en esa línea de vivir con hondura, a vivir con profundidad, a vivir con sosiego. Hay mucho religioso y religiosa ajetreado que con muy buena voluntad probablemente esté sometido a ritmos no digo inhumanos de vida, pero sí a ritmos que no son los más idóneos. Y a esa gente hay que ofrecerles espacios de paz, de descanso, de sosiego, etc. Para vivir la vocación es necesario permitir que la gente que vuelva a las fuentes de la vocación, cada equis tiempo, de manera intensa. No sé si tal como ha cambiado el mundo podemos aspirar a los ritmos de siempre o tenemos que admitir que a lo mejor hay cosas que antes hacíamos casi todos los días y ahora sólo podemos hacer una vez a la semana, pero que habrá que hacerlo con más intensidad; cosas que hacíamos casi todas las semanas habrá que hacerlas una vez al mes y habrá que intentar hacerlo mejor. No se puede vivir de rentas en ningún campo de la vida y, tampoco, en el campo de la fe y del cuidado de la propia vocación. En gente como nosotros, que hoy puede estar aquí y mañana allí, pues ofrecer unas herramientas o unos instrumentos para caminar al ritmo de la vida en los sitios donde uno está o quizá en los sitios en los que algún día pueda ir o de los cuales tiene que ser responsable. A lo mejor ninguno de nosotros vive nunca en África, de una manera estable durante más de una quincena, pero África es también cosa de cada uno de nosotros. Esa función de abrir perspectivas, o abrir puertas al pensamiento y a la preocupación, creo que también es buena.
Desde tu experiencia como superior local, ¿cuál es el papel del superior y qué aspectos resaltarías en la animación de las comunidades?
Esta pregunta parece muy elemental, pero tiene su complicación. Yo fui primero tutor de alumnos de Bachillerato. Y cuando me mandaron eso me fui al Diccionario de la Academia y la palabra “tutor” significaba varias cosas y, entre ellas, el palo que se coloca en la maceta para que las plantas crezcan. A mí aquello me iluminó bastante mi función como tutor de Bachillerato. No creo que eso sea comparable a una comunidad de religiosos adultos pero en cierto modo el superior sí tiene que ser ayuda, sin ser protagonista, mediación, facilitador -que es una palabra que utilizan mucho en América Latina-, compañero, a veces se dice el padre superior o la madre superiora, pero el superior es una persona que también hace el camino contigo. Quizá sí tiene la obligación de intentar ver lo que no todos vemos, porque la vida diaria no nos lo permite. En ese sentido sí puedes aportar una mirada que va mucho más allá, que a veces te saca de tu comunidad, en la que lógicamente estás centrado, pero te recuerda que la Congregación es más grande o te saca de tu Congregación hacia lo Iglesia o te saca hacia el mundo y, a la vez, te recentra. Quizá tiene la obligación de descentrarte y siempre tiene la obligación de que vuelvas al Centro con mayúscula. En ese sentido el superior es un servidor. Creo que es un papel que todos hemos agradecido cuando alguien nos lo ha hecho con cariño y bien, aunque a lo mejor los resultados nunca hayan sido los más brillantes. Siempre creo que valoramos cuando la gente se ha entregado a una tarea como esa.
Has estudiado Sociología. Coméntanos las aportaciones que puede realizar la Sociología a la vida religiosa.
Para mí esto es un descubrimiento, porque la Sociología me la he tropezado en el camino. Mi Congregación pensaba, y sigue pensándolo, porque no lo he hecho, que era bueno que me doctorara en Teología. A mí me parecía lógico y bien, pero dije en su momento que para doctorarme quería tener unas herramientas para pensar primero qué Teología había que hacer para el momento que estábamos viviendo. Entonces empecé a hacer unos estudios de economía elemental, ciencia política, historia contemporánea, sociología, etc. Y, al final, acabé licenciándome en Sociología. A mí me ha dado perspectivas diferentes, una nueva manera de mirar, preocupación por temas que antes no valoraba tanto. Creo que ha enriquecido mucho mi vida de misionero. Para mí ha sido y es una gracia. En ese sentido sí creo que nos puede aportar muchas cosas. De todas formas ante esto se toman dos posturas que creo que son incorrectas. Una, despreciar todo lo que ese tipo de ciencias nos pueden decir, porque nosotros ya sabemos lo que hay que decir o lo que hay que vivir. Eso me parece un error. Pero también a veces canonizarlas en exceso y vivir a golpes de la última encuesta, también me parece un error. La Sociología puede ser muy rica para un planteamiento pastoral, e incluso vital de autoanálisis, de examen de conciencia, pero tampoco puede tener la última palabra.
Has reflexionado sobre las características de los alumnos y alumnas de vuestros colegios, su entorno sus valores. ¿Cómo ha sido esta experiencia?
Nosotros hemos tenido una experiencia muy rica en los últimos siete u ocho años de juntarnos lo que llamamos la familia claretiana de Iberia –para nosotros España y Portugal-: claretianos, claretianas, otras congregaciones de la familia y los seglares claretianos, y trabajar juntos la animación de nuestras plataformas educativas. Eso lo articulamos en una semana de formación todos los años en noviembre, por la que han ido pasando los profesores de todos los centros ya, durante siete cursos seguidos, cada año una tanda diferente. Y ya entonces se vio que uno de los temas a estudiar era cómo son hoy nuestros muchachos y muchachas en los colegios o en los centros, qué tipo de sociedad les espera y qué se les puede ofrecer. Eso se nos encargó a tres personas: una la reflexionaba desde la psicología, otra desde la pedagogía y yo desde la sociología. Comenzamos poniéndonos de acuerdo en qué rasgos de la sociedad actual tienen más proyección en los muchachos, qué respuesta pedagógica se puede dar y qué repercusiones psicológicas puede tener eso en la persona. Sólo que a los cuatro años, tuvimos que sentarnos otra vez para ver los rasgos que nos parecían más importantes. Empezamos en el año 98-99. En este período hemos tenido que ajustar nuestro discurso 2 ó 3 veces. Es enriquecedor porque ese contraste nos ha venido muy bien. Son los rasgos que sacamos en las conversaciones más elementales que tenemos, sólo que intentando depurarlos un poco en la observación: cómo ha cambiado el ritmo de vida de las familias, qué valores tenemos en la cabeza como prioritarios, qué expectativas puede tener un chico o una chica que está creciendo como las cosas más importantes de la vida, si se educa para la competitividad o la solidaridad, o la relación o la cerrazón, un poco en esa línea hemos caminado.
Si tuvieras que hablar del Corazón de María a la gente de hoy, ¿qué dirías?
¡Uf! Creo que hay cosas muy difíciles de explicar. Hay cosas en la vida que aun siendo muy importantes no son fáciles de decir. En mi tradición claretiana el Corazón de María es un poco la síntesis de lo que María fue y es, tanto acento en el fue como en el es y, a la vez, de lo que se supone que es un discípulo, que para nosotros es el título por excelencia de María, la Madre de Jesús, la discípula que acoge la Palabra y que la medita. El Corazón de María es el símbolo de esa escucha y de esa acogida de la Palabra de Dios que a la vez es sensibilidad por los acontecimientos y las necesidades de las personas. Decir para nosotros Corazón de María es decir María. Es lo nuclear de la Virgen en cuanto a su persona, es lo que pasa por su corazón, por decirlo de alguna manera. En ese corazón hay ternura, cordialidad, firmeza en el sentido de mantenimiento en la fe a pesar de la contrariedad, sobre todo hay fe, amor, esperanza. Se podría mirar de muchas maneras.
¿Cuáles han sido las palabras que han orientado tu vida?
Cuando yo iba a ordenarme se me ocurrió y lo hice para compartir con los hermanos de Provincia, una palabra de cada letra. Me sirvió a mí para tomarme el pulso y a la vez para compartir. Una palabra con la a, otra con la b, otra con la c... Ahora dieciséis años después, creo que mi vida no se entiende sin la palabra Jesucristo, sin la palabra familia, que para mí tiene tres traducciones. He tenido la suerte de tener muy buena familia carnal, también familia congregacional -para mí la Congregación es una familia- y, a la vez, la familia humana. La palabra familia sería una palabra fuerte. La palabra alegría con lo que significa. Has visto alegres a personas muy necesitadas y que no tenían nada, pero los has visto muy alegres. Has visto la alegría de la cotidianeidad, de quien hace cada día lo que tiene que hacer y lo hace con gozo, disfruta con lo que tiene. La palabra plenitud también me dice mucho. Durante una temporada larga Jesucristo me sugería más cosas de futuro que de pasado, o sea como horizontes de plenitud, etc. Quizá vista mi condición de vasco o medio vasco, la palabra paz, también me dice muchas cosas. Esta pregunta me coge desprevenido.