El Espíritu es quien da la vida
(Juan 6,63)

por Enrique Moreno Laval ss.cc.

Cuenta el libro de los Hechos, en el comienzo del capítulo 19, que el apóstol Pablo llegó a Éfeso, donde encontró a algunos discípulos a quienes preguntó: "¿Han recibido ustedes el Espíritu Santo al aceptar la fe?" Y ellos respondieron: "Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo".

La respuesta de estos creyentes, que eran discípulos de Juan el Bautista, según el mismo texto explica, nos resulta sorprendente. Pero no sólo porque nos parece extraña tal ignorancia acerca del Espíritu, sino porque se trata de una respuesta que muchos cristianos de hoy, de este siglo XXI, podrían hacer suya: "Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo"; o al menos, "hemos oído hablar muy poco acerca de él".

La cercanía de Pentecostés, que en este año 2004 se celebrará el 30 de mayo, nos lleva a intentar alguna aproximación a este tema, a modo de un subsidio que nos permita reflexionar personalmente o en grupos acerca de la presencia del Espíritu en medio de nosotros.

El anuncio del Espíritu

Según el evangelio de Juan, el Espíritu Santo es anunciado por Jesús sucesivamente, en cinco oportunidades. El primer anuncio lo encontramos en Juan 14,15-17: Les daré otro Consolador para que esté siempre con ustedes. Es el Espíritu de la verdad, que el mundo no conoce, pero que ustedes conocen. El segundo, en Juan 14,25-26: El Consolador, el Espíritu Santo, hará que recuerden lo que yo les he enseñado y les explicará todo. El tercero, en Juan 15,26-27: Cuando venga el Consolador, el Espíritu de la verdad, dará testimonio de mí y ustedes mismos serán mis testigos, porque han estado conmigo desde el principio. El cuarto, en Juan 16,7-11: El Espíritu Consolador pondrá de manifiesto el error del mundo. Y el quinto, en Juan 16,12-15: Cuando venga el Espíritu de la verdad los iluminará para que puedan entender la verdad completa y les anunciará las cosas venideras.

En síntesis, podemos recoger las siguientes afirmaciones. El Espíritu es llamado por Jesús, parakletós, en la versión griega: lo que puede ser traducido como ayudante, asistente, sustentador, abogado defensor, consolador, iluminador en el proceso de la fe. El Espíritu está siempre con nosotros. El Espíritu nos recuerda y nos explica lo enseñado por Jesús. El Espíritu da testimonio de Jesús y nos hace sus testigos. El Espíritu pone de manifiesto el error del mundo. El Espíritu ilumina, es decir, profundiza el mensaje de Jesús en el corazón de los creyentes, para que alcancen la verdad completa. El Espíritu anuncia las cosas venideras, es decir, ayuda a los creyentes a discernir en el presente las condiciones que permitan anticipar el futuro de Dios, esto es, su reinado.

Podemos preguntarnos entonces: ¿De qué manera reconocemos cada uno de estos rasgos del Espíritu en la vivencia de nuestra fe personal y comunitaria? Y más concretamente: ¿Realmente el Espíritu anima así toda nuestra vida?

Los criterios del Espíritu

El hecho de que el Espíritu ponga de manifiesto el error del mundo, como indica Jesús, es advertido por el apóstol Pablo cuando escribe a la comunidad de Roma (Romanos 8,1-27): "Los que viven según sus apetitos, a ellos subordinan sus criterios; pero los que viven según el Espíritu, tienen criterios propios del Espíritu. Ahora bien, guiarse por los criterios de los propios apetitos lleva a la muerte; guiarse por los del Espíritu conduce a la vida y a la paz. (...) Pero ustedes no viven entregados a tales apetitos, sino que viven según el Espíritu, ya que el Espíritu habita en ustedes. (...) Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios."

Esta vez, podemos preguntarnos: ¿Qué criterios predominan, de hecho, en nuestros discernimientos personales, familiares y comunitarios?

Los frutos del Espíritu

Determinados criterios producirán frutos correspondientes a las opciones que tomemos. Lo dice san Pablo cuando escribe a la comunidad de Galacia (Gálatas 5,16-25): "Los frutos de esos desordenados apetitos son bien conocidos: fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, divisiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. (...) En cambio, los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo. (...) Si vivimos gracias al Espíritu, comportémonos también según el Espíritu".

Al final de la lista de los frutos de los apetitos desordenados, Pablo agrega "y cosas semejantes", al modo de un etcétera que se puede prolongar a partir de nuestras propias experiencias. Podemos preguntarnos: ¿Qué frutos de esos apetitos podemos descubrir en nuestro mundo de hoy y en la sociedad en que vivimos? ¿Cuáles atentan más contra la calidad de nuestra vida?

Y en cuanto a los frutos del Espíritu, ¿cuáles son los que más valoramos y los que más necesitamos hoy para promover y defender la vida en esta tierra?

La tarea liberadora del Espíritu

Jesús fue un consagrado por el Espíritu desde su concepción en el seno de María, lo que fue confirmado más adelante en su bautismo en el Jordán. Él mismo lo reconoció en la sinagoga de Nazaret, cuando leyó y comentó el libro de Isaías (Lucas 4,18-19): "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor". Su comentario a esta palabra es contundente: "Hoy, delante de ustedes, se ha cumplido en mi persona esta profecía". De este modo, hablar del Espíritu Santo es hablar de un hombre sobre quien el Espíritu ha descendido en plenitud, para habitar en él y quedarse con él para siempre, en vistas de una tarea que pretende renovar toda la faz de la tierra.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo entendemos hoy, en la práctica, esta tarea liberadora del Espíritu en la que todos los seguidores de Jesús debemos sentirnos comprometidos? ¿Cómo trabajamos por la justicia cuyo fruto es la paz?

En el camino del Espíritu

El evangelista Juan certifica así, escuetamente, la muerte de Jesús: "Jesús, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu" (Juan 19,30). Desde entonces, no hemos quedado huérfanos: nos ha venido acompañando hasta ahora ese Espíritu que es el Espíritu de Jesús. Nos acompaña también María, la llena de gracia, sobre quien reposó el Espíritu del Señor, la que estuvo junto a la cruz de Jesús, recibiendo el encargo de la comunidad creyente en la persona del discípulo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Juan 19,26). Estará María en medio de los discípulos, en oración, animando la vida de la primera Iglesia, en la espera del Espíritu (Hechos 1,14).

Tendríamos que preguntarnos: ¿Dónde se encuentran, en nuestro tiempo de hoy, auténticas experiencias del Espíritu, semejantes a las de María y a las de los primeros cristianos? ¿En qué medida tenemos la certeza de que el Espíritu está actuando en medio de nosotros, y antes que nosotros y mejor que nosotros?

Hablar del Espíritu Santo no puede significar otra cosa que reconocer su acción en el corazón de cada uno, en el corazón de nuestras familias y de nuestras ciudades, en el corazón de la historia. La pretensión del Espíritu es que todos lleguemos a ser como Jesús, a pensar como él, a actuar como él; y, como hijos de Dios, dar la propia vida por los hermanos. En definitiva, sólo el Espíritu es quien puede hacer posible afirmar como el apóstol Pablo: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gálatas 2,20), y, con tanta contundencia, "Para mí, la vida es Cristo" (Filipenses 1,21).

(Tomado de "Noticias SS.CC.")