por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Murió hace siete años. Tenía ochenta y siete. En su Chile natal, acaban de trasladar sus restos a la parroquia en la que era más conocido. La gente se echó a la calle a darle la bienvenida a casa. La vida de Esteban, religioso, sacerdote, poeta, ha dejado una profunda huella de fe y cariño en montones de personas.
Esteban Gumucio era un hombre bondadoso, de fe sólida y transparente, pastor de su pueblo, escuchador, cercano a los pequeños. Acompañó especialmente a grupos de matrimonios, de los que, decía, aprendió la belleza del encuentro del varón y la mujer, el valor del hogar forjador de seres humanos, y la laboriosa artesanía del amor. Recio frente a los que dañan a los pobres, tierno hasta derretirse. Feliz en el amor del Señor, porque lo demás es glosa. Aprendió de Cristo a darlo todo. Tata Esteban, contador de cuentos, anciano con alma de niño.
Hombre de oración, de silencio, de Eucaristía, de palabra sentida, de esperanza inquebrantable, que pedía a Jesús “vivir de tal manera que cualquier hombre pueda decir: Aquí quepo yo; vivir de tal manera que suene a Buena Noticia”. Lleno de humor y de humildad, enamorado de Cristo: “Sigo a un hombre que me cogió por el centro de la vida, por mi profunda interior raíz, por lo mejor de mí mismo. Sigo a un hombre que me quiere libre, sin cadenas. Sigo a un hombre que, siendo mi Señor, es mi mejor amigo. A Él le reconozco por el calor de la verdad, por su pecho herido, entregado, abierto, que me hace vivir hermano de todos. (…) Sus huellas son tan únicas que caben los pasos de los grandes santos y los pies de un niño (…) Sigo a un hombre llamado Jesús”.
Hermanos así embellecen nuestra Congregación e iluminan el camino de los que vienen detrás. Gracias, Señor. Que también a nosotros nos traiga locos tu misericordia.