Por Fernando Cordero Morales ss.cc.
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“Estaba Jesús en un pueblo donde había un hombre cubierto de lepra. Éste, al ver a Jesús, cayó rostro en tierra y le suplicaba:
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En la persona de Jesús, Dios se ha manifestado compasivo hacia el ser humano, especialmente a los desvalidos, enfermos, marginados. Él cura diversos tipos de enfermedades. Sanaciones, milagros, curaciones que nos hablan de la misericordia de Dios y de la irrupción de su Reinado. Es el pueblo sencillo de Galilea el que más impresionado quedó por esta actividad sanadora de Jesús.
El P. Eustaquio, dentro de la tradición reparadora de la Congregación, forma parte de todos aquellos que animados por el Espíritu, trabajan por construir un mundo de justicia y de amor, signo del Reino (Const., art. 4). Se siente empujado por la Providencia para calmar los sufrimientos del prójimo, a ejemplo del Buen Samaritano y, sobre todo, desea avivar la fe de aquellos que están sumidos en la indiferencia y viven desapasionados por Dios:
| ... me veo empujado por todos los lados para ayudar a la humanidad en mi condición de sacerdote, que por sus bendiciones se ve como instrumento de la Divina Providencia para aliviar los dolores del prójimo. Pero como en todo, lo material es solo el camino para lo que es espiritual, las curaciones corporales que vemos son solo medios para obtener una segunda curación más y mucho más importante: la curación del alma y no solamente del alma de aquellos que obtuvieron la curación, sino de cientos y cientos que fueron testigos de aquello y cuya alma o estaba en una indiferencia espiritual por completo, o en una tibieza profunda en las cosas de Dios y del alma. He ahí la santa vocación que en mí yo siento: aliviar los dolores corporales para poder avivar la fe de nuestros tiempos. Para esta gran obra me vi especialmente llamado. Nunca tuve conciencia como hoy de cuanto, por la gracia de Dios, puedo alcanzar para los que sufren... Dios bueno me mostró visiblemente el camino a seguir. Sí, hoy me veo empujado, si así se puede decir, a acudir a todos los que sufren y padecen (tomado de la Positio de las Virtudes del Siervo de Dios P. Eustaquio van Lieshout ss.cc., Postulación General). |
La publicidad que le dan los medios de comunicación de la época hacen que la etapa final de su vida sea un continuo éxodo. Incluso escondido, había personas que lo buscaban para pedirle ayuda, consuelo y curación. El P. Eustaquio, como el Maestro, quería pasar desapercibido, inmerso en la vida oculta y ajeno al ruido de su fama que congregaba a muchedumbres que interrumpían el tráfico. Su única pretensión era la de estar cercano a los enfermos, escuchar a los que buscan el perdón de Dios, en definitiva, servir y amar. Esto le llevó a la cruz de la incomprensión y de la sospecha, pero hasta el final su actitud fue la de volcarse ante las necesidades del prójimo. Él mismo morirá al contagiarse por un enfermo al que como sacerdote iba a atender.
La vida del P. Eustaquio nos habla hoy de solicitud tranquila y atenta a todos aquellos que necesitan a alguien que les escuche. Estamos invitados con su testimonio a cuidar el acompañamiento personal de jóvenes y adultos; la celebración del sacramento del perdón, donde cada persona pueda encontrar la misericordia del Corazón de Dios. Eustaquio recorría campos y visitaba a las familias, conocía a sus feligreses y la realidad que vivían. Esta pastoral directa, en contacto con la gente, acompañando al pueblo, nos da el perfil de un pastor que conoce a sus ovejas y ellas le conocen. Nosotros no tenemos su don de curación de males corporales, pero hay determinados aspectos sanantes como son transmitir esperanza, alegría, consuelo, que pueden resultar de lo más milagroso en tantas personas que viven sumidas en la tristeza, la depresión o el sinsentido. También nosotros tenemos hermanos mayores en la Congregación que hemos de cuidar en su ancianidad o determinadas obras en las que estamos en contacto directo con niños con desestructuración familiar, enfermos de SIDA, etc. Eustaquio nos anima a estar junto a ellos poniendo todo nuestro corazón.
Lee en Lc 10,25-37 la parábola del samaritano, con la que Jesús ilumina en qué consiste amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y al prójimo como a uno mismo. Luego, mira la manera de traducir la parábola en tu vida cotidiana.