por Julio García ss.cc.
Nuestra Congregación de los Sagrados Corazones ha vivido este verano, del 10 al 31 de julio, un acontecimiento que ha dejado una huella entrañable en sus participantes: cerca de 60, entre religiosos, religiosas y algunos laicos ss.cc.
A estas alturas probablemente habéis leído ya en los boletines de las Provincias o en INFO crónicas, valoraciones e impresiones de esta experiencia vivida en el corazón de la Congregación.
Por mi parte, ofrezco no tanto una crónica cuanto un manojo de impresiones, ya que esto, al ser personal, nunca se agota y solamente puede ofrecerse con firma. Sin embargo, para entenderlas mejor ayudaría haber leído previamente alguna crónica, por ejemplo lo que dice el último número de INFO del 7 de septiembre (o, un poco más extenso, el INFO PLUS anexo de lengua francesa); es un breve resumen y presentación de la experiencia vivida.
Para nombrar mis impresiones y entretejer unas con otras he elegido algunas palabras o expresiones claves.
La primera impresión: la experiencia gozosa de la diversidad dentro de la Congregación. Podría decirse, nunca en sentido peyorativo, que éramos un “zoo”: por las procedencias de los cuatro continentes, por la diversidad de las edades (de unos pocos años de votos perpetuos a otros/as con más de setenta años a sus espaldas); por sus ocupaciones (la pastoral activa, la formación inicial, ... y también los que ya van reduciendo su actividad, que no su ilusión, por vivir la misión ss.cc.); por sus inquietudes vitales, desde los ánimos sosegados a los llenos de la inquietud y dinamismo que aportan especialmente los participantes más jóvenes. Pero quede lo dicho: la diversidad no fue frontera, sino gracia, regalo, y ... todos expresábamos al final nuestro agradecimiento por ello.
Segunda impresión, complementaria de la anterior: la unidad, la comunión. La unidad que brotó enseguida de la conciencia fácil -sin necesidad de palabras- de vivir y ser portadores de unas mismas señas de identidad que nos configura y de pertenecer a una misma familia, en la que nos sentimos reconocidos gozosamente y reconocemos con generosidad y sin mucho esfuerzo el regalo de los demás. Es una sensación profundamente sanadora en estos momentos que vive la Congregación y en este tiempo de preparación del próximo Capítulo General.
La tercera impresión quiero nombrarla con una palabra fundamental en todos los órdenes de la vida: gracias. Gracias a los que hicieron posible la realización de esta experiencia, especialmente algunos de los miembros del Centro Picpus implicados full-time en el desarrollo del encuentro; a la comunidad de las Hermanas (y Hermanos) de Picpus; a todos aquellos que a lo largo de los días fueron desgranando paso a paso el programa temático ya conocido. Por si fuera poco, un buen grupo de participantes, formado por los que tenemos alguna responsabilidad o trabajo en la formación inicial, nos reunimos además dos mañanas – de apetecido ocio para el resto - para tratar dialogando juntos de “releer”, desde la clave de la tarea formativa y pensando en cómo transmitirlo a los formandos/as de cada uno de los continentes, lo que habíamos escuchado sobre la historia y la espiritualidad de la Congregación.
Una cuarta impresión quiere expresar la respuesta que encuentro a lo más sorprendente, un hecho con el que nadie podía contar por anticipado pero que se hizo evidente desde el primer día y a largo de un encuentro de tres semanas y con un programa tan apretado que salió –dentro de sus limitaciones– tan “redondo”: un público oyente y participativo, tan diverso y tan unido, pero –no sé por qué motivo– tan predispuesto y motivado.¿Por qué?. Tal vez gran parte de la respuesta es que no era un encuentro para resolver problemas, para tomar decisiones, para estudiar temas,... sino sencillamente para sumergirse en nuestras fuentes históricas y carismáticas junto con muchos hermanos y hermanas y experimentar la alegría de la pertenencia, celebrarla, tomar conciencia reflexiva de lo que somos y a lo que estamos llamados y ... ¡punto!
La quinta impresión podría referirse a lo acertado y oportuno del programa, en su conjunto y en sus partes: oración y reflexión; escucha de la exposición de los temas y diálogo en grupos o en asamblea para profundizar en lo que somos; tiempos personales y tiempos grupales; Picpus y París, conjugando el trabajo y el ocio; el campamento-base (Picpus) y las salidas juntos en un autobús en peregrinación (Poitiers y Lovaina) a la cuna de los Fundadores y del P. Damián en los fines de semana del encuentro; el gozo de saber más y sobre todo saborear mucho más lo más nuestro; breve experiencia de integración al principio, el cuerpo del encuentro con los temas de la historia, la espiritualidad y la misión de la Congregación, bien entrelazados y un retiro de algo más de dos días al final para “recoger” personalmente las invitaciones que el Señor deja en el corazón de cada uno como resultado del encuentro que termina.
Una sexta impresión tiene que ver con lo que me queda y encontré ya desde el primer día:un encuentro con “nombres propios”. Dije antes que éramos unos sesenta; bueno, algunos más si incluimos traductores, conferenciantes, ... Lo que queda en mi recuerdo es que enseguida se convirtieron en “nombres propios” y ... ahí siguen. Y “nombres propios” fueron enseguida también los de la novicia y junioras ss.cc. que estuvieron en las comidas para hacerlo todo más fácil,... por no empezar a poner los nombres propios de todos los que hacían posible “logísticamente” el desarrollo ordenado y fácil de esa pequeña “comunidad ss. cc. de tres semanas”, que esparcida por el mundo pocos días después aspira a convertirse en una “comunidad de comunicación ss.cc.”, que para eso, el correo electrónico hace posible esa voluntad de comunicación, claramente expresada, y que es posible con la lista de los e-mails de todos los participantes, que recibimos al final. “No se desprecia más que lo que se ignora”, y conocer a tantos rostros nuevos de la Congregación ayuda a apreciarlos, aunque estén lejos.
Séptima impresión: lo que hemos escuchado en esas semanas contiene muchas ideas y sugerencias “productivas”. Por ejemplo, las dos intervenciones magistrales que ocuparon dos días de la primera semana (en torno a la “escuela francesa de espiritualidad”, del oratoriano K. Beaumont; y sobre “la historia y la teología de la vida religiosa hoy”, del jesuita Philippe Lécrivain, ambos profesores de la facultad de teología de los jesuitas en París, el llamado Centro Sevres). Contienen intuiciones, afirmaciones de fondo, sugerencias que.... a mi modo de entender son fecundas, no para llenar el cerebro cuanto para orientar una vida y presencia en la Iglesia correctamente situada y generadora de iniciativas novedosas, para una sana y liberadora configuración de la espiritualidad personal y una buena comprensión del lugar de la vida religiosa en la Iglesia. Cuando nos lleguen todos los documentos del encuentro podremos leerlos y meditarlos sosegadamente.
Una octava impresión se concreta en dar fe de la experiencia vivida. Era un compromiso de cada participante; en cierto sentido lo sigo cumpliendo al escribir estas líneas. “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído, de lo que han tocado nuestras manos, ....”. Os suena el texto bíblico de la carta primera de Juan; no es preciso explicar que ésa es precisamente la clave de la experiencia vivida y del testimonio que los participantes ofrecemos. Era una convicción que se iba imponiendo, “respirando”, con el paso de los días y que al final se convertía en exigencia formulada expresamente. ¡Son tantas las cosas de las que dar fe, porque las he vivido!. Muchas las he nombrado; quisiera añadir toda la rica experiencia oracional y eucarística que mañana y tarde de cada una de las tres semanas nos fue acompañando, conjugando los lugares de procedencia y la universalidad de la Congregación.
Una novena impresión se refiere a que podría repetirse una experiencia así. Era otra de las convicciones que se expresaba al final. Entiéndase correctamente: no que los participantes deban hacer otra vez dentro de unos años una experiencia parecida. La sugerencia apunto a que un tesoro que en una primera edición se ha revelado valioso, puedo convertirse también (incluso incorporando algunas sugerencias de mejora que entre todos expresamos al final del encuentro) en una experiencia igualmente positiva para otro conjunto igual de “variopinto” de religiosos, religiosas y lacios de la Congregación dentro de unos años. ¡Tal vez!.
En una última impresión recojo la conocida expresión “siempre nos queda París”. Uno tiene debilidad por la película “Casablanca”, con perdón para los que tienen otras preferencias. En todo caso, el tópico “siempre nos queda París” adquiría al terminar el encuentro una buena expresión de lo que sentíamos en los corazones: que volver a las fuentes, beber en el pozo de los Sagrados Corazones, tomar contacto con los miembros de la Congregación que la han dado origen o han sido, como Damián, especialmente significativos,... es algo que nos queda siempre... aunque solamente fuese para seguir dando vida, para re-ilusionar a jóvenes y mayores, para rehacer el “orgullo” de ser parte de una familia con un carisma, espiritualidad y misión como la nuestra, para no encerrarnos en nuestro “chiringuito” sino tener los ojos y el corazón abiertos a todos los rincones del mundo y de la familia ss.cc.
El día que comenzó el encuentro se nos pidió a cada participante que formulásemos en voz alta nuestra esperanza o deseo al iniciar esa experiencia. Yo decía que esperaba y deseaba “redescubrir con la mente y con el corazón gozosamente la belleza de nuestra vocación y misión ss.cc., y que esa belleza nos vuelva a seducir y a movilizar para nuestra misión”. Al final, puedo confesar: ¡objetivo cumplido!. Me vengo con una carpeta de papeles, pero sobre todo con un manantial ss.cc., enriquecido y rejuvenecido y con muchos nombres propios de hermanos y hermanas grabados en el corazón.