por Raúl Pariamachi, ss.cc
El acto fundacional de la Congregación se suele situar en la noche de Navidad de 1800, cuando Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer profesaron sus votos como Celadores del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, en cuyo servicio anhelaban vivir y morir. El hecho de que la profesión se hiciera en Navidad tiene un significado que tendríamos que volver a interpretar los que estamos vinculados a la familia de los Sagrados Corazones. En este sentido, me parece muy sugerente que J.V. González considere que en los Fundadores había “una secreta pero muy sólida sintonía entre la comunidad que se asomaba a la vida y el nacimiento del Hijo de Dios en el pesebre de Belén”. Pero, ¿cómo entrar en esta sintonía desde el mundo en que vivimos? Voy a trazar tres líneas de respuesta.
La Navidad señala hacia el misterio de la encarnación: el Verbo se hizo carne (Dios se hizo ser humano). No es difícil percibir en los Fundadores la clara conciencia de la cercanía de Dios en medio de las vicisitudes de la Francia de fines del siglo XVIII. Una de las frases más famosas de K. Rahner es esa de que “el cristiano del futuro será un místico o no será”. En este sentido, ser cristianos en el siglo XXI supone el cultivo del asombro místico. Vivir el carisma ss.cc. es asumir la actitud contemplativa de quien reconoce la acción de Dios en el presente, como una corriente de vida que atraviesa el mundo.
La Navidad nos habla también de un modo de estar en el mundo: la solidaridad de Dios se expresa en la pequeñez de un niño. Los Fundadores advirtieron bien que la irrupción de Dios era sencilla, profunda y extensa. Hoy somos testigos perplejos de un cambio de época que incluye la metamorfosis de la religión. Los cristianos estamos invitados a redescubrir la fuerza transformadora de lo pequeño, en una sociedad de todo-poderosos, mega-eventos y super-mercados. Lo que J. Chittister dijo a la vida religiosa se puede decir a toda la Iglesia: “La vida cristiana no consiste en un baile de cifras”.
La Navidad recuerda las consecuencias de la encarnación: Dios me sale al encuentro en el rostro del otro. Los Fundadores mostraron que la consagración a los Sagrados Corazones no se reduce a un acto devocional, sino que es un salir de sí para ponerse al servicio de los otros. Como ha dicho Y. Cattin, “el rostro del otro me interpela… me obliga a la justicia en la perfección del amor”. La credibilidad de la fe cristiana no se juega tanto en la claridad de las ideas, como en el ejercicio de la misericordia en el mundo. La vida de fe es movida por el amor de Dios que origina, defiende y celebra la vida de todo ser humano.
Somos una familia que nació en Navidad, una congregación que ha sido sellada por el misterio de la encarnación. En las Constituciones se lee que la misión ss.cc., es “contemplar, vivir y anunciar al mundo el amor de Dios encarnado en Jesús”. (Art. 2). Creo que por aquí pasa la cuestión de quiénes somos. En la sociedad cada vez se toma mayor conciencia de la necesidad de valorar la diversidad, el pluralismo y la tolerancia. Pero esto no significa que haya que renunciar a expresarse desde lo que cada quien es. En efecto, la búsqueda de una respuesta a la cuestión de nuestra identidad cristiana tiene que fijar la mirada en el misterio del amor de Dios encarnado en Jesús. El paradigma de toda vida cristiana se concentra pues en el mensaje, la historia y el destino de Jesús de Nazaret.
(Tomado del Boletín SS.CC. de Perú)