por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Sentados en el comedor, el Hermano André me hablaba de las golondrinas, que invadían en ese momento el tejado del edificio de en frente. Las golondrinas habrán llegado de Europa, y se quedarán aquí hasta finales de mes. Tengo un nido en la puerta de mi cuarto. Cuando llegué, hace unas semanas, lo destruí. No sabía lo que era. Fue reconstruido al día siguiente. Está hecho de barro, como si fuera una choza pegada al techo. Me impresionó aquello y, por respeto, no he vuelto a tocar a los que se han convertido en mis vecinos. Cada vez que voy a entrar en mi cuarto, ellos se van zumbando. No se fían de mí, claro. Probablemente se estará gestando una familia ahí dentro.
El campo alrededor de la casa está lleno de pájaros. Cuando voy de paseo, los veo pasar en manadas, o en parejas, en dirección a alguna parte o simplemente juqueteando, haciendo como si danzaran, acercándose, separándose, subiendo, picando hacia el suelo, remontando otra vez. Otros no los veo, pero los siento, los oigo cantar. Por todas partes. Otros están posados en los árboles, o en las espigas altas de las hierbas. Son de muchos colores.
Hay un pájaro azul que me encuentro todos los días varias veces. Me hago la ilusión de que me sigue. Hace unos meses, andaba siempre en pareja. Ahora está solo. Ya no lo escucho, sólo lo veo. Porque no canta. Cantaban cuando eran dos, y se decían cosas. Lleva toda la tarde en el patio, cruzándolo de vez en cuando en diagonal. De la cruz de la capilla al cable del teléfono. Del tejado a la cerca. Del depósito al mango. Así parado no parece gran cosa, aunque llama la atención por su largo pico naranja. Pero cuando vuela es espléndido, con esas alas de azul brillante reflejando la luz del sol. Todos nos volvemos más hermosos cuando hacemos lo que mejor nos sale. Aunque vuela tan de vez en cuando y sus trayectos son tan cortos, que sólo el que sabe esperar consigue percatarse de su belleza. Los pájaros del campo son en eso como las personas. Ya decía Jesús que haríamos bien en parecernos a ellos.
Por sus largos viajes, por sus juegos, por su fragilidad, por su tenacidad, por su diversidad, por sus no sé qué, los pájaros me hablan de nuestra vida aquí: misioneros migratorios en un pueblo que canta desde su pequeñez.