Primera lectura: Isaías 9,1-3.5-6
Salmo: 84
2ª lectura: Hechos de los Apóstoles, 1,6-14
Evangelio: Lucas, 2,39-56
Celebrar en esta casa los doscientos años de la llegada de la imagen de Nuestra Señora de la Paz, es verdaderamente un gran privilegio del que doy gracias a Dios, nuestro Padre, así como a todos los hermanos y hermanas que han preparado esta celebración.
A lo largo de la Eucaristía que celebramos, fuente y cima de nuestra comunidad, nos unimos a la acción de gracias de nuestro Señor Jesucristo, recordando con reconocimiento estos 2oo años a lo largo de los cuales Nuestra Señora de la Paz nos ha precedido y acompañado en nuestra Misión de Congregación.
Como siempre, la Palabra de Dios ilumina y da sentido a nuestra celebración. En las lecturas de esta Palabra que hemos proclamado, encontramos elementos que nos permiten comprender y asimilar este acontecimiento.
El texto de Isaías, se sitúa en un contexto histórico caracterizado por el hambre, la angustia y la noche que amenaza al pueblo de Israel, directa o metafóricamente. Sí, los años difíciles, a lo largo de los cuales está escrito el libro del Emmanuel del 1º Isaías, no están tan lejos en la noche de los tiempos; por el contrario, muchas de esas características podrían aplicarse también a nuestro tiempo, marcado por la violencia, el horror y la guerra. Pero este panorama tan sombrío no será definitivo según el profeta, porque una luz poderosa va a colmar la esperanza del pueblo: el nacimiento de un niño, un signo cargado de promesas de una vida nueva, se convierte en el fundamento de la cercana liberación del pueblo, con sus consecuencias de paz, gozo, derecho y justicia. La tradición cristiana ha visto en este oráculo el anuncio del Mesías, que se realiza plenamente en Jesús y el reino que anuncia.
Hablar de Nuestra Señora de la Paz, es hablar de Maria que nos presenta al hijo en sus brazos. ¡Qué magnífica imagen! ¡La majestad y la elegancia de una patricia romana! Pero no atrae la atención sobre ella, a quien la mira, sino sobre su hijo a quien sostiene en sus brazos. Sí, ciertamente es sobre él, su hijo, sobre quien María concentra toda su atención y su mensaje para nosotros: He aquí al Príncipe de la Paz, la esperanza de las naciones, la Luz de vuestra esperanza, Jesucristo.
María, presente también en el Cenáculo en medio de los apóstoles, como se dice en los Hechos, reconoce la presencia de su Hijo en el Espíritu del Resucitado. Igual que los apóstoles, ella ha respondió a la invitación de su Hijo de anunciar a todos los pueblos y naciones la victoria de la Cruz sobre el pecado y la muerte. Es lo que se ve aquí representado en la imagen de Nuestra Señora de la Paz: María no llama la atención sobre ella misma, sino sobre su Hijo y sobre el Reino que él anuncia e inaugura en su persona.
María no guarda para sí misma el gozo de ser madre; da al mundo la luz de la Palabra de Dios, incluso antes de que su hijo viniera al mundo, al anunciar la Buena Nueva a su prima y al mundo por medio del Magníficat. Este cántico es un cántico de acción de gracias, lleno de citas y referencias del Antiguo Testamento, y en el que María canta su agradecimiento en unión de todo el Pueblo de Dios por el cumplimiento de la Promesa del Señor.
Una vez más miramos la imagen de Nuestra Señora de la Paz; encontramos en ella todos los rasgos de ese salmo de acción de gracias y de alabanza. Si, las promesas divinas se han cumplido en ese niño que sostiene en los brazos; descubrimos la serenidad de su mirada. En Él encontramos nuestra Paz y nuestra Libertad.
La Palabra de Dios ilumina verdaderamente el sentido profundo de nuestra fiesta. La alabanza y la gratitud de María en su cántico, inspiran también nuestra alabanza y nuestra gratitud hacia Dios por el don que la Congregación ha recibido por intercesión de Nuestra Señora de la Paz: y, a través de ella, la Iglesia entera y el mundo.
Con Nuestra Señora de la paz, la Congregación ha aprendido a contemplar el Corazón de su Hijo, el corazón abierto por la lanza, de donde brotó la Paz para el mundo. La Paz en su sentido profundo, como reconciliación con nosotros mismos, con los otros, con la creación y con Dios. La paz, como fuente de libertad, de justicia y de amor. La Paz, como una misión recibida, dada y compartida. Una Misión de Paz, que nos ha conducido tantas veces a tener el corazón traspasado por una espada de dolor, como María.
La Congregación ha aprendido de Nuestra Señora de la Paz a no guardarse nada para ella misma, a recibir el Amor y darlo, sobre todo a los más pobres, a los marginados y a los abandonados. A no darse ningún otro título que el suyo:”sierva del Señor”. A anunciar a todos los pueblos que la Paz es posible, porque Jesús nos ha amado hasta el extremo, y sobre la cruz ha vencido el odio y la violencia. Por eso María nos precede y nos acompaña en el seguimiento de Jesús, y nos dice: ¡Haced lo que él os diga!
Hermanos y Hermanas de la Congregación, nos hemos sentido bendecidos y protegidos por Nuestra Señora de la Paz, desde el comienzo de nuestra misión, yendo más allá de nuestras fronteras. ¡Nuestra Señora de la Paz ha inspirado y dado su nombre a tantas de nuestras comunidades y obras apostólicas, extendidas por todo el mundo geográfico de la Congregación!
En esta Eucaristía, pedimos a Dios, nuestro padre, por intercesión de Nuestra Señora de la Paz, que derrame el Espíritu del Resucitado sobre nuestra Congregación, para mantenerse siempre en su Misión al servicio de la Paz en el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros, sus hijos. Amén.
(traducido del francés por Félix González ss.cc.)