"Inseguridad"

por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc


Vamos de camino hacia el centro de la ciudad cuando nos llaman por teléfono. Dicen que ha habido tiroteos en torno al Palacio Presidencial. Mejor volverse a casa, porque habrá jaleos. Paramos en una gasolinera y esperamos. Hacemos otras llamadas. Parece que no ocurre nada. Estos días los nervios están desquiciados. Recientemente ha habido manifestaciones, muertos, saqueos... Kinshasa es una ciudad caótica y violenta. Los rumores hablan todo el tiempo de desgracias y catástrofes.

Tenemos mucho que hacer, así que nos arriesgamos y seguimos hacia el centro. Eso sí, con un pellizco de susto en las tripas. Pasamos toda la mañana con diversas gestiones. Atascos y desorden, como es habitual. Nada extraño. Nos disponemos a volver cuando nos llaman de nuevo. Los enfrentamientos son en el aeropuerto. Los soldados se disparan entre sí. Nuestra casa está por allí cerca. ¿Qué hacer? Llamamos. Parece que se trata de nuevo de una falsa alarma. Regresamos a casa. Qué alivio al llegar. Por la noche, la radio dirá que, efectivamente, todo el día ha habido rumores de intentos de golpe de Estado. Uno más.

Hemos tenido suerte. El otro día, grupos de jóvenes salieron a la calle, pillaron una parroquia, molestaron a una religiosa, le quemaron el coche. Decían que la Iglesia de opone a la transición política. Historias. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Hay otras inseguridades peores. La de no saber, por ejemplo, si hoy habrá o no para comer. O la de la salud. La tía de Franck (uno de nuestros jóvenes religiosos) fue atropellada el otro día por un coche sin frenos. Quedó malherida y la llevaron corriendo al hospital central. Huelga de personal sanitario; no la podían atender. Fueron al hospital de la diócesis. Lo mismo. Al llegar al tercer hospital, la mujer había muerto desangrada.

Cerca de casa tenemos el hospital de las Hermanas de los Pobres. Allí, las religiosas y un grupo de enfermeras responsables mantienen los servicios mínimos. La gente les llega en avalanchas. Los enfermos se amontonan por salas y pasillos.

Entretanto, los jefes políticos se dedican a sus luchas personales por el dinero y el poder. Y los pobres dan gracias a Dios cada día por estar aun vivos.

Estos días hemos tenido un visitante de Europa. Andaba un tanto inquieto, no fueran a cerrar el aeropuerto y tuviera que quedarse aquí. Dice que nos admira, pero que no podría vivir con esta tensión y sin “válvulas de escape”: ni siquiera puedes salir a dar una vuelta tranquilamente. Es verdad, pero tampoco está mal que compartamos algo del sufrimiento y de la inseguridad de este pueblo al que servimos.