Internacionalidad

por Javier Álvarez-Ossorio Ramos, ss.cc.

(En la revista "Nosotros SS.CC.", de la Provincia de Andalucía, Javier escribió en una sección titulada "7 palabras clave en nuestro carisma". Desarrolló el término "Internacionalidad").

Índice
1. ¿Internacionalidad o extranjería? ¿Qué significa el término "internacionalidad"?
2. ¿Internacionalidad o misiones?
3. ¿Elemento clave del carisma?
4. La Biblia, relato de extranjeros
5. Corazón de Jesús e internacionalidad


1. ¿Internacionalidad o extranjería? ¿Qué significa el término "internacionalidad"?

La internacionalidad puede entenderse como una actitud interna, del espíritu; actitud de apertura hacia lo distinto, principalmente hacia las culturas o subculturas diferentes de aquella en la que hemos nacido. La internacionalidad puede presentar también un tinte político, puesto que de "nacionalidades" se trata, en el sentido más o menos idealista de sentirse ciudadano del mundo, militante "anti" o "sin" fronteras. La internacionalidad resulta también familiar en aquellos estratos sociales que andan montados sobre el tren de la civilización (post o ultra) moderna, en la que la movilidad, los viajes, los encuentros, internet, las multinacionales y los intercambios entre personas de distintos países entran de una manera cada vez más natural en los hábitos de una vida "normal".

Todo eso puede vivirse de manera casi espontánea, sin moverse a veces de su propia casa, o encontrándose tan sólo con personas y ambientes muy semejantes a uno mismo. (Pensemos, por ejemplo, en los viajes organizados a tierras lejanas o exóticas, en los que el viajero es llevado en volandas para que se sienta "como en su casa"). Así puede ser uno muy "internacional" y cosmopolita sin haber gustado aún el sabor de lo "extranjero" propiamente dicho.

Una manera diferente de abordar la "internacionalidad" consiste precisamente en ahondar en la experiencia de "extranjera": qué significa el encuentro con "el" y "lo" extranjero, cuando ese encuentro afecta, transtorna, condiciona. Esta "internacionalidad" implicaría de alguna forma el hecho de vivir en el extranjero, vivir con extranjeros, o trabajar con ellos.

Lo primero que esa experiencia provoca es el cuestionamiento de la propia identidad. Personalmente, por ejemplo, hasta que no vine a Kinshasa no caí en la cuenta -así, de verdad de la buena- de que pertenezco a una "raza", de que soy un blanco. Como tampoco me habla parado a pensar en el carácter sorprendente y tremendo de la diversidad humana, hasta que me vi confrontado a la imposibilidad de arrancarme de la piel el cartel de extranjero. Misma experiencia si se trata del desafío de entrar en el universo de una nueva lengua.

Esta "internacionalidad-extranjería" no siempre se vive de manera grata y positiva. Más bien al contrario, suele provocar sentimientos viscerales de aislamiento, recelo, miedo y resentimiento. Las distintas formas de xenofobia, racismo y nacionalismo que conocemos en la actualidad nos indican que la reacción primaria ante lo extranjero es el rechazo y la defensa. Sentirse hermano de los demás en tierra extranjera es una conquista del espíritu, exige la superación del instinto de supervivencia y de identidad, y manifiesta una victoria sobre la violencia que nos habita.

2. ¿Internacionalidad o misiones?

No cabe duda que, en nuestro mundillo de la vida religiosa, la superación de fronteras sigue unida a la idea tradicional de las misiones. El misionero es el "internacional" por antonomasia, el que deja su tierra para entregar su vida a otro pueblo. A todos nos suenan los términos de "implantación" y de "inculturación", que han aparecido a menudo (ahora ya menos) en los documentos y reflexiones sobre nuestras misiones en lugares "nuevos", en los que la Congregación ha comenzado a tener candidatos tan sólo recientemente. Resulta casi un tópico el presentar los llamados "Proyectos Misioneros Prioritarios" como el prototipo de vivencia de la internacionalidad, hasta el punto que, para muchos, "misionero" e "internacional" se han convertido en sinónimos.

Ahora bien, fijémonos en la reacción de nuestros hermanos asiáticos y africanos en el último Capítulo General, molestos con el calificativo de "Misioneros" con el que se definían los proyectos de apoyo a la presencia de la Congregación en sus tierras. ¿Por qué "misionero"? Se diría que ser "misionero" significa ser débil, dependiente, necesitado de personal extranjero, condenado a ser "internacional" por falta de recursos propios. La inquietud es legítima, diría un misionólogo, ya que todas nuestras presencias, en todas las culturas, han de ser "misioneras". Por otro lado, el prurito nacionalista de saberse autosuficiente e independiente florece abundantemente en los espíritus de unos y de otros. Lo que queda sin responder es si, llegado el caso de que hubiera suficientes hermanos asiáticos y africanos, sería bueno o no seguir haciendo un esfuerzo para que aquellas comunidades continuaran siendo "internacionales".

No es ningún secreto que en la agenda de algunos "misioneros" está el regreso a la provincia de origen cuando las comunidades a las que sirven ahora estén suficientemente abastecidas de personal autóctono. ¿Cuál es, pues, el valor buscado: la internacionalidad, o la implantación-inculturación? Finalmente, el Capítulo General cambió el nombre de los proyectos asiático y africano, que se llaman ahora "Proyectos Prioritarios de Congregación".

3. ¿Elemento clave del carisma?

Que me perdonen los conocedores de la historia de la Congregación, pero o mucho me equivoco o los fundadores no tenían ninguna pasión especial por lo que aquí llamamos "internacionalidad", al menos en el sentido de "extranjería" del que he hablado antes.

"Sí", dirán algunos, "el Buen Padre decía de su visión del granero que sus hermanos irían por todas partes a anunciar el evangelio; además, sus últimas palabras fueron un recuerdo a las misiones en tierras lejanas, prueba de su interés por ellas". De acuerdo, pero no olvidemos la advertencia de Edouard Brion que, en un artículo publicado en esta misma revista, nos advertía que muy probablemente el Buen Padre se refería a las misiones populares en Francia cuando hablaba de proclamar el evangelio "por todas partes". En cuanto a su cariño por las primeras misiones en Gambier, está claro que los misioneros que él envió no llevaban ninguna consigna respecto a un posible plan de "implantación" de la Congregación en Polinesia, sino que se inscribían en el movimiento misionero de la época, dentro del contexto de la expansión colonialista europea.

En cuanto a la Buena Madre, espero que nadie se sienta ofendido si digo que ella era, además de una mujer santa, una persona profunda y sinceramente francesísima, cuya herencia "nacional" se ha podido constatar en los modos y las maneras de la rama femenina durante muchos años después de ella. No es que esto resulte en modo alguno problemático, en principio, pero reconozcamos que su ejemplo aporta poca inspiración para el tema que nos ocupa.

Nuestras Constituciones actuales siguen resaltando fuertemente los lazos entre la internacionalidad y las misiones (art. 60-65). En su comentario, Pat Bradley ofrece sugerencias interesantes sobre el valor de nuestra internacionalidad: medio para compartir recursos, proceso de conversión personal y de apertura a los otros, contribución a la construcción de un mundo más justo y fraterno, ocasión para revelar nuevas dimensiones del carisma en los procesos de implantación en otras culturas.

En los últimos años, desde el Consejo Ampliado de Poitiers hasta el Capítulo General del 2000, la "interdependencia" se ha convertido en un concepto clave en nuestras orientaciones, concepto que lleva de la mano este otro de "internacionalidad": somos extranjeros, diversos, pero no extraños; no podemos proyectar, organizar, vivir, sin los otros ("otros" entre los que se encuentran todos los hermanos y comunidades de la Congregación); no hay nada de la vida del cuerpo -que formamos todos- que no me afecte.

Estas orientaciones recientes son saludables y necesarias. Pero no son exclusivas de nuestro Instituto, sino que forman parte del patrimonio común de la vida religiosa actual. Cabe, pues, preguntarse si se puede encontrar algo más "radical" en las inspiraciones primeras del carisma que sirviera de alimento y estímulo para nuestra vivencia de la "internacionalidad", que de eso se trata en este artículo.

Si dijera que la reparación y la contemplación del amor de Dios nos impulsan a superar divisiones y a ir hacia los más abandonados, que a menudo se encuentran fuera de nuestras fronteras nacionales y culturales (sobre todo si vivimos en el primer mundo), diría algo muy importante, pero que ya ha sido muy bien dicho en otros artículos de esta misma sección. Me voy a limitar, pues, a bucear un poco en la Biblia para llegar a alguna modesta conclusión sobre nuestra manera de vivir el evangelio en lo referente a este asunto de lo extranjero.

4. La Biblia, relato de extranjeros

Lo que concierne a las relaciones entre Israel y los extranjeros (las naciones) no es un tema más (por muy importante que sea) de la Biblia. ¡Es la Biblia misma!

Por paradójico que parezca, la vocación de Israel ha sido, desde siempre, la de unirse a los otros pueblos. En vez de aislarlo de los demás, la experiencia de elección y de alianza obligarán a Israel a buscar un origen común con las naciones, que será expresado en los primeros capítulos del Génesis. En el otro extremo del relato, la escatología será descrita en los apocalipsis y en las parábolas de Jesús como la reunión de todos los pueblos. Como lo reconoció Simeón en el momento culmen del cumplimiento de la promesa, la luz de las naciones y la gloria de Israel se manifiestan en un único lugar, en una misma persona.

El drama bíblico consiste en el paso, camino, itinerario, conversión, que hará de los dos pueblos uno solo, como dice la carta a los Efesios. Ese proceso es una reconciliación (hay que destruir el muro del odio), una recapitulación, una nueva creación. Israel descubre su parentesco con las naciones por vía fundamentalmente negativa, a partir de la experiencia de la culpa y de la muerte que ésta provoca. Todos han pecado, dirá Pablo a los Romanos. Por eso, todos se convierten en objeto de la misericordia divina. Ya en el primer testamento, los oráculos de Jeremías sobre las naciones impresionan por el acento que ponen sobre la misericordia que Dios ejerce hacia ellas. Por eso, ¿quién puede juzgar al hermano? Pobre hermano mayor, que se niega a entrar en la fiesta que el padre organiza para acoger al que marchó lejos.

Esa experiencia de lo negativo hace que la creación (origen común de todos) se reformule como "nueva creación" en la que todos serán convocados y reconciliados. El perdón es el fruto de una inevitable "redención", cuyo "precio" es la ofrenda de aquel que, atravesando lo negativo del sufrimiento y de la muerte, puede manifestar en su concreta particularidad la victoria del amor universal de Dios. Ese es el fundamento profundo del terrible "era necesario que", aplicado al Siervo Sufriente, al Hijo del Hombre, al Cordero Inmolado. Era necesario que Dios atravesara el abismo del mal con todas sus consecuencias para salvar, para manifestar, el origen común que nos hace a todos hermanos. Al mal se le vence en su propio terreno, afrontándolo cara a cara.

La escatología muestra la victoria sobre la muerte como la reunión de todos los pueblos. Todas las naciones forman parte del cuadro final de la historia. La Ley, que separaba a Israel de los paganos y le identificaba como pueblo escogido, tenía como función precisamente impedir la confusión entre la plenitud luminosa de la alianza y la realidad vivida en el presente. Por eso, el cumplimiento de la promesa hecha a Abrabam, que será bendición para todas las naciones, consiste en la superación de la Ley, como anuncia Pablo.

Al final, la salvación es reconocida como una visita. Los "otros" también han sido visitados, aunque no lo supiéramos. Dios estaba también con ellos, y yo no lo sabía, diría Jacob. Este reconocimiento "a posteriori" manifiesta que la "Nueva Alianza" es más antigua que la primera, ya que el encuentro con el otro no es una novedad al final del camino, sino la revelación de que, al interior de la irreductible pluralidad, el verdadero origen es común: el Padre de todos.

Leída en esta clave, la Biblia parece un relato de enredos, en los que encuentros y desencuentros, alianzas y malentendidos, se mezclan ambiguamente para tejer con hilos diferentes una única túnica. En el comienzo, no es bueno que el hombre esté solo, y la diferencia sexual (que en otros lugares irá de la mano junto a la diferencia de nacionalidades, cuando se trate de matrimonios con extranjeras) marca el comienzo de la necesaria diversidad. Tras la dispersión (lingüística) de Babel, querida por Dios para evitar que el hombre huya de su condición humana (diferencia que no será suprimida sino consagrada por Pentecostés), un hombre surge, Abrabam, como primer signo de que lo universal se ofrece siempre en lo particular. Abraham vivirá una especie de Éxodo al revés, cuando entregue Sara al Faraón diciéndole que es su hermana, atrayendo así la maldición. Desde entonces, las relaciones con Egipto serán el prototipo de los lazos que unen a Israel con los otros pueblos. Egipto es, indistintamente, enemigo y aliado, asesino de niños y cobijo salvador de José y sus hermanos fratricidas, de Moisés, y de Jesús. El Génesis será una historia de hermanos, a veces gemelos, ancestros de pueblos diversos, que se disputan tierras y bendiciones con toda clase de artimañas, fíel reflejo de lo que ocurre entre tribus y naciones. Ni el Pentateuco ni los libros históricos se pueden leer como una historia de buenos y malos. El texto no busca modelos de moralidad; no es eso lo que cuenta. Como dirá José a sus hermanos, Dios realiza su obra a través de las acciones ambiguas de los hombres.

El extranjero está permanentemente presente en el relato. Rahab y Balaam nos recuerdan la indispensable mirada del extranjero sobre Israel, necesaria para conocer su identidad. El extranjero será como un sacramento en medio de Israel, signo de la alianza y medida de la justicia. "Acuérdate que fuiste extranjero en Egipto", exhorta el Deuteronomio. Los profetas llevarán hasta el extremo, con imágenes aberrantes, las tensiones de la historia de amor y odio que se establece entre Israel y las naciones: "tus hijos te tomarán como esposa", dirá Isaías; "llamaré a tus hermanas y te las daré como hijas", añade Ezequiel.

Pedro y Pablo no se entienden en Antioquía, cuando el miedo a tender la mano al extranjero vuelve a bloquear a Pedro. Y el Nuevo Testamento se escribe para ayudar a todos los pedros a convertirse. La carta a los Hebreos nos recuerda que, a fin de cuentas, no pertenecemos a ninguna tierra, a ninguna nación, sino que estamos de paso, somos peregrinos hacia la casa del Padre, único hogar verdadero.

Jesús conoció a pocos extranjeros, aunque tuvo ocasión de sufrir durante toda una noche el odio racial y xenófobo de los soldados romanos. Él venía para las ovejas descarriadas de Israel, y sólo en contadas ocasiones atravesó "a la otra orilla", la de los paganos, o se paseó más allá de las fronteras, para que alguna mujer le arrancara casi a la fuerza algunas migajas de la mesa de los hijos. Él, tan profundamente judío, es, en su particularidad irreductible, el grano capaz de dar fruto abundante. Todo lo que es humano se da cita en Jesús. Él es el "yayá", el hermano mayor de todos, el primogénito. Por eso, todo lo humano nos atañe. Todos los humanos nos afectan. "Queremos ver a Jesús", dicen los griegos; y suena la hora de la Pascua.

5. Corazón de Jesús e internacionalidad

Jesús decía: "cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí". Él es el Rey que convoca a todas las naciones, y lo hace por "atracción". Su elevación es la Cruz, y el imán que atrae, su corazón traspasado. Me quedo con esta imagen. Con ella en la mente y en el corazón, me atrevo a decir que cada vez que vivimos en el extranjero, con extranjeros, o al servicio de extranjeros, cada vez que aceptamos la contrariedad y/o la riqueza de codearnos con culturas y personas muy distintas, cada vez que buscamos reflexionar, programar y actuar de manera internacional e interdependiente (aunque eso pueda parecer a veces un freno a nuestro desarrollo incluso espiritual); si hacemos todo eso por amor de aquel que atrae a todos hacia sí, estamos realizando, dando vida, al carisma de contemplar, vivir y anunciar el misterio de reconciliación manifestado en Cristo.

Esta vía, la de la internacionalidad así entendida, es una vía "ascética". Requiere mucha humildad, para vencer justamente la reacción natural de orgullo y de autoensalzamiento que surge en nosotros cada vez que estamos ante los extranjeros. Todos llevamos dentro un gran niñín que suele saltar al escenario en ocasiones así. Somos inevitablemente etnocéntricos. Tener una mirada de respeto auténtico hacia el otro, dejar de lado todo lo que me gustaría decir para disponerme a mejor escuchar, no es fácil. Hay que aprender a desarmarse, a descentrarse. Saber ser lo que uno es, sin falsos victimismos y sin falsa adulación, tampoco es fácil. Esta vía ascética, me parece, es muy evangélica. Nos configura a Cristo, nos hace más hermanos, y, bien digerida, nos hace más sabios. Quizás sea también anuncio de nuevos frutos.