Entrevista a Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., en la revista "Vida religiosa" de Abril de 2007

Alguien podría pensar que Javier Álvarez-Ossorio es africano, pero nació en Sevilla (España) en 1962. En 2007 hará veinticinco años que se incorporó a la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María en uno de cuyos colegios había estudiado. Como sacerdote, Javier ha vivido tres años en una parroquia española, dos haciendo una licenciatura en París, y trece en Kinshasa, en la República Democrática del Congo: ocho de actividad parroquial, trabajo de barrio y un poco de docencia, y cinco como Provincial de África. En septiembre de 2006 sus hermanos le eligieron Superior General, y dice estar en Roma aprendiendo su nuevo servicio.

¿Quiénes son los religiosos de los Sagrados Corazones?

La congregación se fundó formalmente en la noche de Navidad de 1800, cuando los fundadores, Pierre Coudrin y Enriqueta Ayrner, hicieron sus primeros votos en Poitiers (Francia). Somos dos ramas, masulina y femenina, en una sola congregación. También hay una rama de laicos. La congregación nace en medio de la Revolución Francesa, deseando anunciar el evangelio y reconstruir la Iglesia. Nuestra espiritualidad se centra en la adoración eucarística y en la contemplación del amor de Dios expresado en el corazón de Jesús, al que se asocia el de María. Muy pronto se salió en misión ad gentes, hacia América Latina y las islas del Pacífico. Nuestro hermano más conocido es el Padre Damián, apóstol de los leprosos en la isla de Molokai. Tenemos tradición de trabajo en colegios, parroquias, animación espiritual (sobre todo de familias) y algunos servicios sociales.

Y ahora...

Ahora los hermanos somos unos novecientos, y estamos en treinta y cuatro países. Numéricamente somos muchos en Europa -aunque mayores y sin recambios-, más o menos estables en América Latina, pocos y disminuyendo en América del Norte y pocos pero creciendo en África y en Asia. Las hermanas son algo menos numerosas que nosotros.

¿Y en qué momento os encontráis?

Tras el último capítulo general, creo que hay tres acentos principales a tener en cuenta en la vida de la congregación. El primero mira hacia aquello que da sentido al todo: la experiencia espiritual en la que reposa nuestro ser. Lo que nos integra como personas y como comunidad es una vivencia de fe: Dios es el Señor. Por muy elemental que esto suene, no debemos cansarnos de repetírnoslo y de ahondarlo. Nuestro origen, identidad y esperanza están en Jesucristo. Hay que saborear a Dios en el camino de la vida, y saborearlo juntos, para no olvidar quiénes somos, por qué vivimos en comunidad y qué debemos hacer. Tiene que ser verdad lo que dicen nuestros documentos: que nuestra consistencia y nuestra seguridad, tanto personal como instituciona1, se nutren de la certeza de sabemos amados por Dios de una manera gratuita y desbordante, revelada en Jesucristo.

Ahora bien, puede suceder que nos desfondemos como personas y como cristianos, y que nuestra consistencia humana y de fe se venga abajo. O, sin llegar a extremos dramáticos, puede que lo que cotidianamente oriente nuestras vidas sean sentimientos, costumbres y tendencias poco aireados y relativizados por el agua fresca del Espíritu.

Hablaba de tres acentos....

Sí. Otro pasa por organizar mejor nuestra comunión. Somos "cuerpo", y todo lo que ocurre al cuerpo me afecta. Junto a la necesaria vinculación a lo local, a lo más próximo, necesitamos reforzar el gusto por ser una familia en el mundo, con la apertura y disponibilidad al trabajo con otros que eso conlleva. Todos formamos el cuerpo. Ese "todos" es cada vez más diverso, lo que nos llama a ser no solamente internacionales sino realmente pluriculturales.

Una dificultad en este terreno es el hecho de que las comunidades locales caminen a menudo penosamente. Cuesta cogerle el ritmo a la vida común y al trabajo en equipo. La sencilla bondad de corazón de unos hacia los otros no siempre es moneda corriente. Los superiores locales no saben qué hacer o dimiten tácitamente de sus funciones. Otra dificultad viene de una tradición de fuerte independencia de las provincias, que se mantienen como unidades compactas y poco permeables incluso en situaciones de extrema debilidad. La fraternidad siempre será una ascesis, porque comporta una renuncia -de cada hermano y de las comunidades locales y provinciales- al poder de gestión autónoma de nuestros bienes y al monopolio sobre las decisiones que nos afectan.

¿Y el tercero?

El tercer acento es el de renovar el impulso apostólico. Esto es un desafío que se presenta tanto en las viejas comunidades de Occidente como en las comunidades jóvenes y cada vez más autóctonas de África o de Asia. Tenemos que seguir yendo hacia los pobres y hacia los que "están lejos" (la misión ad gentes), y empeñarnos en crear comunión más allá incluso de las fronteras religiosas. El trabajo de evangelización debe nutrirse de una mirada misericordiosa hacia la humanidad -en la que muchos parecen desconocer al Padre que los ama- y hermanarse con la búsqueda de una mayor justicia en solidaridad con los pobres.

¿Dificultades para el impulso apostólico? Pues todas la mencionadas y algunas más. No cabe duda que la falta de vocaciones en Europa y América del Norte (y en algunos lugares de América Latina) pesan sobre el ánimo y hacen que muchos se pregunten si todavía servimos para algo. Hay aquí quizás el desafío de descubrir el verdadero gusto por "lo pequeño", en la mejor perspectiva evangélica, y de casarlo con la acción real, concreta, útil, acertada. No se trata de "hacernos un nombre" personalmente o en nuestro contexto eclesial y social, o de ser fuertes institucionalmente. Se trata de ir respondiendo cada uno a lo largo de su vida a esta pregunta permanente de Jesús: ¿me amas? Una respuesta que es eminentemente práctica. De eso dependerá la calidad de lo que somos, sin importar entonces nuestro número, nuestras fuerzas, nuestra edad, nuestras expectativas de futuro o la consistencia de nuestros recursos. Como fácilmente puede verse, nuestra situación y desafíos no son extraños a lo que viven la mayoría de los institutos religiosos.

En pocos meses, usted ha pasado de Á[iica a Roma, ¿qué le ha supuesto el cambio? ¿Qué ha perdido y qué ha ganado?

El cambio de África a Roma ha sido el más brusco de toda mi vida. Antes de ir a África estuve dos años estudiando en París, y después pasé algunos meses en Kinshasa adaptándome y aprendiendo la lengua antes de tomar ninguna responsabilidad. Ahora no: en el tiempo de una votación se trastoca todo. Dos semanas después de acabar el capítulo que me eligió, ya estaba en Roma trabajando.

Aquí mi vida es diferente porque me falta el contacto con la gente, las liturgias explosivas, los caminos polvorientos, las reuniones a la luz de un candil, la inseguridad permanente, el olor de la lluvia tropical, el impacto de la pobreza inmediata, la muerte cotidiana, la alegría de aquellos rostros, las dificultades de comunicación, la extrema sencillez inimaginable desde Europa... En Roma parecería que uno se pierde en la frialdad de la distancia, en la comodidad del lado opulento del mundo, en la organización de cosas excesivamente complicadas... Pero no. Hay que vencer esa tentación. Los miembros del nuevo equipo nos sostenemos en este empeño. La congregación existe porque estamos convocados por el Señor, y así formamos un cuerpo; un cuerpo al que ahora nos toca servir desde esta perspectiva general. Queremos creerlo. Si merece la pena que estemos aquí es porque los otros hermanos están allá.

En África quizá le consideraran un anciano, pero aquí ha podido sorprender la elección de un general relativamente joven: ¿Cómo afrontar el envejecimiento de la vida religiosa en el mundo desarrollado? ¿Qué aporta un general joven en esta situación?

Hay que aceptar sin angustia ni culpabilidad ese proceso de envejecimiento y la consecuencia de ser un grupo sustancialmente menos numeroso. No me importa que seamos viejos. Los hermanos mayores nos consolidan como "familia" y nos redimen del egoísmo que tienta a los fuertes y activos. Podría incluso llegar el momento en que todos fuéramos ancianos y enfermos, y aun así podríamos vivir sin menoscabo nuestra vocación y misión. Lo que sí me preocupa es la presión que esta situación ejerce sobre los escasos religiosos jóvenes, que pueden sentirse solos, desalentados o frustrados.

¿Qué puedo aportar yo, con mi edad "mediana"? No lo sé. Ojalá pudiera ofrecer un oído atento a unos y otros, un afecto sincero, y -alguna vez- una palabra adecuada de luz y aliento.

¿Qué retos y problemas ve en la vida consagrada de África?

Sólo conozco una pequeña parte; no soy ningún experto en el tema. Veo una vida consagrada que presta numerosos servicios a la Iglesia, que mantiene muchas obras de asistencia básica a grandes masas de población desamparadas, y que tiene entre sus manos muchos jóvenes candidatos y candidatas a los que formar.

Además de los retos y problemas propios de la vida consagrada en todas partes, algunos son más específicos, dada la situación social y eclesial de allá: formar a los jóvenes con solidez cristiana e intelectual a partir de una educación escolar y cultural muy deficiente, vivir la fraternidad superando las tensiones tribales y manteniendo la necesaria libertad frente a la familia, vencer la tentación del clericalismo, reinventar la pobreza para estar cercano a quienes se sirve y liberarse de la excesiva dependencia del exterior, ir hacia los lugares más heridos y no concentrarse en las ciudades en un reflejo de autoprotección...

Muchos religiosos africanos viven y se forman en Europa. La convivencia mutua no siempre resulta fácil: ¿Qué no hay que olvidar para que la integración de culturas sea más fácil y real?

Más que hablar de integración de culturas, creo que lo más apropiado es invitar a interesarse por las personas concretas. En una comunidad local, el problema no es el diálogo intercultural en abstracto, sino el afecto concreto de cada hermano hacia los otros. La cuestión ideológica, con los prejuicios que conlleva, puede servir de pantalla que evite el encuentro de unos con otros. Algunos hermanos africanos han vuelto de Europa heridos por los comentarios de los que desconfiaban de ellos y les acusaban de haber huido de la pobreza de sus orígenes. Por otra parte, muchos europeos en África acaban hartos de que se les mire como meros "benefactores", surtidores de dinero, mientras se les margina sistemáticamente del debate de fondo en cuestiones importantes.

La "interculturalidad", si la queremos llamar así, requiere altas dosis de respeto, paciencia, interés, humildad y confianza. Tiene una dinámica pascual. El encuentro con el extranjero no siempre se vive de manera grata y positiva. Más bien al contrario: la reacción primaria ante lo extraño es el rechazo y la defensa. Sentirse hermano de los extranjeros es una conquista del espíritu, una ascesis, exige la superación del instinto de supervivencia e identidad, y manifiesta una victoria sobre la violencia que nos habita.

¿Qué lecciones aprendidos con los pueblos de África destacaría? ¿Cómo aplicar/os hoyo lo vida consagrado?

No sé responder a esta pregunta. Mis años en África me han moldeado, me han hecho sentir el evangelio de manera nueva, me han zamarreado, me han hecho disfrutar y sufrir mucho. Pero no sabría condensar todo eso en alguna "lección" sin caer en tópicos huecos. A pesar de lo diverso que es el mundo, el alma humana se parece mucho en todas partes. Podría subrayar, quizás, que el contacto con la pobreza extrema en África, y el afecto a tantas personas de allá, son una buena ayuda para relativizar tanta cosa vana en la que a veces parecemos ahogamos. En ese sentido, África puede servir de limpieza de ojos para ver mejor lo esencial.

¿Sigue siendo África "tierra de misión"? ¿Existen aún esos tierras? ¿Dónde estaría hoy lo 'verdadero' tierra de misión poro los congregaciones misioneros?

África es tierra de misión porque es lugar para anunciar el evangelio, para "consolar al pueblo" (como dice Isaías), y para -a partir de ella- seguir evangelizando toda la Iglesia y el resto del mundo. No creo que deba ser tierra de misión en el sentido de un sitio de "aventura" para extranjeros a los que les guste "hacer el bien" sin demasiados controles o límites. Es tierra de misión en la que -ya se sea de fuera o autóctono- hay que hacerse hermano de comunidades cristianas que son las encargadas de esa misión. Toda tierra es de misión, claro, aunque cada una con su acento particular: hacia los no cristianos, hacia los más pobres, hacia los "huérfanos de Dios"...

Al ser elegido habló de entusiasmo, generosidad y 'don de sí’. ¿Cómo traducir hoy estas palabras en la vida consagrada?

¡Eso dije cuando me eligieron Provincial de África! Se creaba entonces la provincia y se planteaba la tarea de comenzar algo nuevo, uniendo las comunidades del Congo y de Mozambique. Efectivamente, cinco años después se puede decir que la fisonomía de nuestra comunidad en África ha cambiado notablemente, habiendo puesto a prueba justamente la capacidad de entusiasmo, generosidad y don de sí de los hermanos.

Ahora, desde el gobierno general, las tres palabras siguen significando lo que espontáneamente sugieren al ser escuchadas. Pero, por mi parte, habrá que hacer un esfuerzo aun mayor de "desposeimiento" y humildad, porque me parece que la congregación en su conjunto es menos moldeable a corto plazo que una provincia pequeña como la de África, y que mi servicio tiene menos impacto que el de un provincial que sigue de cerca a sus hermanos.

¿Qué pediría a los religiosos ya profesos? ¿Y a los que están en formación inicial?

Más que a ellos (que bastante exigente es ya la vida con todos) pido a Dios que nos dé a unos y a otros la bondad del corazón hacia los hermanos, la humildad necesaria para amar y ser libres, el deseo de servir, la creatividad adecuada para hacerlo, y una fe orante, sencilla y verdadera.

La vida consagrada atrae a muchos j6venes de África. ¿Cómo hacerla más atrayente para los j6venes occidentales? ¿Propondría algún cambio concreto?

Creo que nada puede sustituir al trabajo artesanal, paciente y a menudo escondido de una pastoral juvenil constante e interesada en servir a los jóvenes, buscando cómo ayudarles a reconocer y alimentar el fuego de la fe y a vivirla en las obras de amor que de ella surgen. Una pastoral que cuide el acompañamiento personal y entre sin sonrojo en el tema vocacional. Eso, para que el interés pueda surgir de manera sana. Pero, ¿cómo hacer la vida consagrada más atrayente?

¡Ay! Esa pregunta es casi la pregunta de la teología fundamental de cómo la fe se hace hermosa y apetecible al espíritu humano... Eso le toca a Dios. Lo que nosotros podemos ofrecer es el lenguaje de unas vidas que, por ser religiosas, no se han vuelto menos humanas y más agrias, maniáticas, tristes o enfermizas, sino que trasparentan algo de la alegría, la cordialidad y la misericordia del Evangelio. Las vidas de unas personas que de verdad creen en Dios, el Dios de Jesucristo.