| El pasado domingo, tras la hermosa ceremonia de inicio del noviciado de Ultan, Marco y Alberto, el P. Antonio Alcayde me sorprendió con este texto de un inolvidable sacerdote, escritor y periodista: José Luis Martín Descalzo. Este artículo cumplirá pronto 20 años y fue escrito para su columna "Cara y cruz", de Abc, en 1989, cuando el autor estaba ya bastante enfermo -murió en 1991-. Es un texto motivador para el inicio de curso. Su título: "Damián de Molokai". |
Cuando éramos muchachos el nombre de Molokai tenía para nosotros algo de magnético, de macabro y entusiasmante al mismo tiempo. Era el horror y el heroísmo juntos, algo que nos exaltaba y asustaba. Y ahora, al pensar que hoy se cumplen los cien años de su muerte, el padre Damián se levanta como uno de los mejores héroes de mi juventud. Alguien que me parecía tan magnífico como los protagonistas de los “comics” de mi infancia, pero con dos diferencias: que éste era un héroe de carne y hueso: y que todo eso lo había conseguido con algo que en castellano se llama santidad.
Molokai era en el siglo XIX una sucursal del infierno, en un tiempo en que la lepra estaba muy lejos de ser algo curable como lo es hoy. “Dejad toda esperanza los que entráis”, hubiera podido escribirse en el embarcadero que llevaba a la isla. Y el padre Damián, cuando llegó enviado por sus superiores sólo para unas semanas, supo muy bien que en realidad llegaba allí para enterrarse, para convivir la muerte con aquellos ochocientos leprosos que entonces carecían de toda esperanza. Pronto se sintió un leproso como ellos y lo fue efectivamente durante los cuatro últimos años de los dieciocho que permaneció en la isla.
Y fue un misionero de la liberación, antes de que esta palabra se inventase: llevó a sus enfermos la fe y la esperanza, pero también construyó sus casas, amplió su hospital, abrió un almacén en el que los enfermos pudieran abastecerse, construyó carreteras, enseñó a los leprosos a plantar flores, hasta organizó su propia banda de música.
Llevó a Molokai lo que nadie conocía: la sonrisa. Porque estaba muy lejos de ser un masoquista macabro. Lo que a él le gustaba era su buena pipa y su taza de café. Pero también le gustaba amar y ayudar. Y aun cuando enfermó de cuerpo, siguió manteniendo la salud de un alma abierta y sencilla.
Ahora quieren beatificarle y yo me pregunto a qué esperan. La madre Teresa se lo ha pedido al Papa en una carta emocionante en la que le propone como mártir y como ejemplo de obediencia para los religiosos. ¿Es que necesitan más milagros? “Yo conozco uno, dice la religiosa: en el corazón de los leprosos ya no existe el temor de verse alcanzados por la enfermedad, ni el miedo por comunicarlo o por sentir la necesidad de hacerse cuidar; al contrario, ha brotado en ellos la esperanza de verse curados”. ¿Acaso no son éstos los grandes milagros del siglo XX?
Para mí es ya un santo hace mucho tiempo. Él inflamó buena parte de mi juventud. Y sé que si el mundo no es un Molokai, es gracias a hombres y mujeres como el padre Damián o la madre Teresa. Benditos sean.