por Julio García Álvarez ss.cc.
Quince días en un mundo tan diferente son más que suficientes para que traiga en la mente y sobre todo en el corazón un montón de impresiones, que a la larga es con lo que uno se queda, lo que le enriquece, lo que le cuestiona, lo que le deja alegría o pena remansada en su interior durante largo tiempo después.

Por el centro de África no se pasa todos los días, a menos que uno sea importante o tenga allí su trabajo. Nadie va allí por turismo, a menos que le sobre dinero y pueda pagarse seguridad y comodidad y medios para adentrarse y conocer la belleza del país en el interior.
Mi estancia de quince días en Kinshasa tuvo lugar nada más concluir la pasada Semana Santa. Me acompañó en esta aventura Fernando Cordero. Respondía a una invitación de los formadores y formadoras ss.cc. de África (Congo y Mozambique), que todos los años tienen una semana de encuentro y acostumbran invitar a algún miembro de la Congregación a que oriente su reflexión e intercambio sobre temas relacionados con la tarea formativa. Soy de las personas que van a morir sin haber aprendido a “saber decir no” a tiempo. Acepté y no me arrepiento. He conocido lo que se puede conocer viviendo allí sólo quince días de la Congregación: en África, de la vida de la gente, de la marcha del mundo, de la vivencia de la fe cristiana fuera del ámbito europeo, ... Una experiencia así es de las cosas que hacen bien a uno, como persona, como creyente, como religioso. A mí, desde luego.
Uno graba en la memoria y el corazón sobre todo lo primero que le impacta, nada más llegar. El mundo no es solamente Europa, antinatalista y superacomodada, algo vieja en cuanto a la media de edad, encerrado cada uno en su vida privada... También existe la vida, la vida que bulle a borbotones y con generosidad plena, la marea humana que inunda las calles (los espacios que hay entre las casas sencillas, elementales, sobreocupadas, ...).
El Congo: un país en el centro de África, antigua colonia belga que creó unas infraestructuras aún en uso, no sustituidas pero sí deterioradas. Un país de cuatro a cinco veces más extensión que España, con una media de edad en su población increíblemente baja: casi no hay más que niños, adolescentes y jóvenes.... Los datos son conocidos y pueden consultarse, pero ver esa “marea humana” se graba imborrablemente. Cuando se vive un tiempo, pasan a ser sensaciones que se asientan en el corazón y no se borran fácilmente.
Ya he dicho que no iba por turismo. Sino como religioso de una Congregación que lleva ya largo tiempo presente en este país, y hoy está centrada su presencia en Kinshasa. Día a día iba poniendo imagen a nombres que he ido escuchando a lo largo de los años que llevo en la Congregación, unos más antiguos y otros más recientes: pasando de la parroquia Mama Boboto, a la que Román sigue dedicando sus energías siempre renovadas, junto a otras que aún son atendidas por la Congregación o que fueron devueltas a la Diócesis, .... a esas obras más recientes y ligadas a la aventura emprendida hace ya algunos años por la Congregación de “echar raíces” africanas, como las comunidades de Pierre Coudrin o Mikondo, y de que tenga obras de iniciativa propia, como Tondisa Ebale y el Colegio Padre Damián. Es una presencia africana de la Congregación (en el Congo y en Mozambique) que se va consolidando y poniendo en pie una estructura de obras y organización que pueda consolidar el presente y el futuro de esa presencia.
En este presente y futuro merece un subrayado especial el “mundo de la formación inicial”. Nosotros, los europeos, desconocemos como realidad presente (aunque los más mayores lo tengamos en la memoria) casas de formación – prenoviciado, noviciado, casa de profesos – en las que se forme un grupo más o menos numeroso de candidatos. Allí es una realidad prometedora, a la que la Provincia de África (y lo mismo las hermanas) está dedicando lo mejor de sus recursos, humanos y de medios. Mis seis días de encuentro con y para los formadores y formadoras ss.cc. fueron una experiencia trabajosa y gratificante al mismo tiempo; junto a su reconocimiento a mi entrega, es el momento de expresar en alto el mío hacia ellos.
Los cristianos de nuestras Parroquias, las comunidades eclesiales de base, las celebraciones litúrgicas, el sentido comunitario, festivo, la expresión corporal unida al lenguaje del canto, ... ¡tantos detalles que me vienen a la memoria sin esfuerzo cuando me sitúo dentro o en los alrededores de cada una de las cuatro Parroquias que atiende la Congregación en Kinshasa en este momento!. Se aprecia una vitalidad de lo religioso, que como espectador europeo – o si se quiere español, andaluz o malagueño – sorprende poderosamente.
Junto a los hermanos, he podido conocer a las diversas comunidades de las hermanas y a una de las tres comunidades de la rama secular de los Sagrados Corazones. Me he sentido siempre compartiendo agradecidamente el gozo y la ilusión por una presencia de la Congregación que se asienta, se enriquece y se diversifica en las manifestaciones de la espiritualidad y carisma ss.cc., y que no mira la realidad ni el futuro con miedo, con desesperanza o con recelo.
Podría extenderme hablando de esos quince días horas enteras, pero no quiero terminar esta letanía inconexa de impresiones que me quedan, sin compartir un par de reflexiones que me quedan en el corazón:
La primera: Siendo realistas, cabe decir que no hay probablemente posibilidades de hacer cambios estructurales en esta parcela del Tercer Mundo en plazo breve; “los poderes de la tierra y los señores de la guerra” van a seguir haciéndolo poco posible. Es una “utopía” por la que seguir luchando, estemos donde estemos: un mundo del que no tengamos que sentir vergüenza, al comprobar lo abismal de las diferencias económicas, sanitarias, educacionales, ... Pero entretanto sigue siendo necesario no dejar de hacer las “pequeñas cosas” desde allí donde estamos: los desayunos, las becas para estudios en los centros propios y en otros, la construcción de pequeñas viviendas, la formación inicial de las vocaciones nativas, ... todo eso se está haciendo con ayudas (algunas de tipo asistencial, otras para que las obras de promoción ya construidas puedan seguir funcionando, ... siempre se trata del crecimiento, de la promoción, del desarrollo, indirecto y en la medida de las posibilidades limitadas que se tienen).
Una segunda reflexión: en los días pasados en Kinshasa he visto, he sentido la felicidad que se transparenta en mucha gente –niños, jóvenes, mayores- y me he preguntado que si se puede ser feliz con tan poco allí, se podría aquí ser feliz con menos, con mucho menos, ... Y encima, ayudando a ser creadores de condiciones de vida más dignas y justas allí,... Porque la precariedad, la pobreza extrema, que he podido apreciar en multitud de situaciones, no ha robado la sonrisa a la mayoría de los niños en Kinshasa, pero nadie me podrá quitar esta convicción: que Dios está esperando que los hombres, cada uno de nosotros, también todos los miembros de la Congregación, hagamos algo para que esa sonrisa se pueda mantener en todos, por toda una vida, por una larga vida, ... tan larga como esa ampliada “esperanza de vida” que hemos llegado a tener los europeos.