por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
“¡Lo que se quiere es llegar!”, me decía el pequeño hombre que intentaba acomodarse entre la montaña de maletas y bolsas que ocupaban el pasillo del autobús. Acababa de subir en la cuarta o quinta parada relámpago que hacíamos desde que dejamos Maputo. Tan sólo unos segundos para cargar personas, y a correr. Al salir, el autobús estaba ya lleno. Ahora debería tener como quince o veinte pasajeros de más, sin asiento, algunos de pie, otros, como éste, encajados entre equipajes y piernas de otros viajeros.
Yo debía tener una cara tal de admiración mientras lo veía instalarse de manera tan inverosímil, que el hombre trató de explicarse con el argumento más evidente: “Lo que se quiere es llegar” (lo que haya que sufrir para eso, pues, poco cuenta). Nada que ver con cualquier idea de “turismo”.
Aquel autobús destartalado corría de manera endiablada, tratando de recorrer los 1300 km entre Maputo y Beira en menos de dieciséis horas. La carretera está asfaltada en casi todo el recorrido, pero el firme está mal conservado, es estrecho y lleno de baches. Viajar por tierra en Mozambique es peligroso, muy peligroso. Hay tantos accidentes, que las autoridades prohíben la circulación de autobuses a partir de las 10 de la noche. Por eso hay que correr, para llegar en el día. Como sea.
Llegamos a las nueve, gracias a Dios, después de quince horas estrujados, asados de calor, doloridos, agotados. Sólo pudimos bajar dos veces en todo el trayecto. Diez minutos cada vez. Pero todos estábamos contentos: habíamos llegado. Peor sería tener que parar y pasar la noche en medio de la sabana o de la selva. Vimos algunos accidentes en el camino. Todos los días hay muertos.
Hace dos años, perdimos una novicia en uno de estos autobuses, en el mismo trayecto. El mes pasado, otras dos jóvenes de la Congregación se salieron de la carretera a toda velocidad en el autobús en que viajaban. Por suerte no hubo heridos. En las tres últimas semanas hemos tenido dos accidentes similares con dos de nuestros coches que acabaron en la cuneta después de meter la rueda en algún agujero y dar varias vueltas. Tampoco hubo víctimas, afortunada y milagrosamente. Estas carreteras son muy peligrosas. Mucho.
A los misioneros se nos ve frecuentemente en los aviones. Es mucho más caro, pero más seguro, más rápido, más sano, más cómodo. Todos comprenden que nos cuidemos un poco, que no arriesguemos sin necesidad. Pero también es bueno que se nos vea en el autobús, que viajemos como viaja la mayoría de este pueblo. Recuerdo cómo Gandhi decidió recorrerse la India en vagones de tercera, para conocer mejor su país y sus gentes. Eso inspiró la mística de su mensaje de liberación y le enseñó el lenguaje de hablar al corazón de los pequeños.
Escoger la manera de viajar es ya una opción misionera. No siempre hay que vivir a la altura de sus posibilidades. Se puede “descender” de nivel, por cariño, por interés, por amor. A fin de cuentas, Jesús nació en Belén y no en el palacio de Herodes. Más arriesgado, sí, pero así vivió Dios la aventura humana. El billete de autobús cuesta menos, es cierto, aunque puede que el “precio” que se pague por él sea finalmente mucho más caro. Quizás sólo a ese precio se consiga lo que de verdad vale.