Experiencia de una religiosa médico

Por Lole González ss.cc. (en la revista COM-UNION)

Me llamo Lole (Mª Dolores González), soy de Sevilla, antigua alumna del colegio San José de los Hermanos y estoy en el sexto año de votos temporales. Me han pedido que escriba sobre mis estudios de Medicina. Cuesta, al menos a mí, hablar de una misma pero voy a intentar situaros. Aquí en España, después de terminar los seis años de carrera para poder ejercer como médico, hay que hacer una especialidad. Esto supone realizar un examen común para toda España, que se llama el MIR. Una vez aprobado puedes acceder a una plaza en un hospital, en la que en el caso de mi especialidad, Medicina Familiar y Comunitaria), te preparas durante tres años con un contrato de trabajo como Médico Interno residente. Estoy en el último curso. Terminé la carrera antes de ir al noviciado y ya estando en el juniorado, la Provincia vio bueno que completase mi formación médica, así que me puse a estudiar dicho examen. Cuando aprobé el consejo me dijo que escogiera la plaza en el Hospital de Torrelavega, ciudad del Norte de la península, donde tenemos un colegio. Así que para acá me vine hace casi tres años con obediencia y con una plaza de médico residente. Vivo en una comunidad, actualmente con 27 Hermanas, entre ellas las decanas de la provincia Águeda y Carmen Natividad, 102 y 101 años respectivamente, todo un lujo.

A lo que íbamos, en estos años, como los médicos de familia tenemos que saber un poco de todo, he ido formándome en distintas áreas de la medicina. Los dos primeros años pasamos por diversos servicios del Hospital (Digestivo, Medicina Interna, Respiratorio, Neurología...) acompañados por médicos encargados de que adquiramos conocimientos teóricos, prácticos, habilidades y actitudes para poco a poco poder ir ejerciendo solos todo lo aprendido. Durante el tercer año, trabajamos pasando consulta en un centro de Salud. Ahora tengo un médico-tutor que supervisa y evalúa mi trabajo antes de que me den el título a finales del mes de Junio de este 2005. ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Verdad?

Parece mentira, pero si miro atrás reconozco que es mucho lo aprendido y vivido tanto en la comunidad como en el trabajo como médica. En la comunidad, porque su apoyo ha sido constante e imprescindible durante este tiempo, ellas me “permiten” marchar cada mañana con la certeza de sentirme “acompañada” por su preocupación, por su oración y saber que a la vuelta tendré la mesa puesta, la comida preparada, el silencio para descansar si vengo de una noche de guardia y el corazón abierto para acoger lo vivido. También aprendo de cada una de ellas. Par mí el ver como mis Hermanas van asumiendo con mayor o menor dificultad los “achaques” que la edad nos provoca, que las energías no son las mismas, sin permitir que el pesimismo y la tristeza nos invada, sino dejando que el agradecimiento de poder recibir los cuidados de las Hermanas, el agradecimiento a Dios por la vida entregada sea lo que predomine, es algo de lo que intento empaparme para poder ofrecerlo a las personas con las que me encuentro en la consulta diaria.

A lo largo de estos años, en el hospital, en las noche de guarida y ahora en la consulta me encuentro con mucha gente enferma desde hace años, con gente que vive la incertidumbre ante un diagnóstico por miedo a padecer una enfermedad, que sufre por dolor, por una muerte cercana; gente a quienes se les ha truncado la vida por un accidente, personas con enfermedades mentales que tanto sufrimiento causan, personas solas tiradas en la calle (transeúntes, borrachos, drogadictos...) que la policía trae al hospital para que al menos duerman bajo techo... También me encuentro con la emoción de unos padres ante el futuro nacimiento de una pequeña criatura o la alegría por una curación. Y cómo no con los familiares de todos ellos. Pero sobre todo me he encontrado con hombres, mujeres y niños a los que mirar a los ojos, escuchar de corazón, tender la mano... ellos también te miran a ti en búsqueda de algo que alivie su “mal” pero... ¡cuántos sufrimientos no desaparecen con un simple calmante! Esto sería lo más fácil... ¡Cuánto hay detrás de una enfermedad, cuántos mecanismos se desencadenan de rechazo, de desesperación...! (seguro que todos hemos pasado algún dolor). Y cuánto supone también para las familias desde hacer turnos en el hospital, adaptar las casas, dejar incluso tu trabajo y más, para ir a cuidar a un familiar hasta “desvivirse” realmente y acompañarlos en esa etapa tan dura de la enfermedad y cuando llega la muerte. (Algunos tenéis experiencia de ello).

En muchas de estas situaciones he intentado CONTEMPLAR: dejar que la forma de mirar del Dios de Jesús educara mi mirada, no sólo científica, para descubrirle en esos rostros, para poder “hacerles la historia clínica y la historia de los sentimientos”. Explorarles para descubrir las arrugas que el sufrimiento les ha dejado, “escucharles” no sólo con el fonendoscopio sino también con el corazón, para oír, además de los latidos, todo aquello que brota de sus corazones. Contemplar también los gestos de los “cuidadores”, que con delicadez y mimo ayudan a comer, acompañarlos torpes pasos, se esfuerzan por entender, lloran cuando no pueden más y recuperan la esperanza ante cualquier síntoma de sanación como Jairo...

Y cómo no, también he contemplado porque también los hay, médicos, enfermeras auxiliares... que saben enriquecer la sabiduría de la facultad con la sabiduría de lo humano, del corazón, esforzándose por acercarse al enfermo, compadecerse, haciéndose realmente prójimos. Agradezco al Señor los compañeros de trabajo con lo que comparto los buenos y malos momentos y de los que aprendo que la medicina es mucho más que diagnosticar, dar un volante o una receta o incluso que curar.

En medio de todo ello, es donde intento VIVIR de lleno mi vocación religiosa. Creo que esta tarea es un regalo. Muchas son las veces que pienso que es le Señor, la fortaleza que él me da, lo que me permite acompañar las circunstancias que vivo. Sobre todo esas situaciones en las que, desde el punto de vista de la medicina, no puedes aportar más auque quisieras y lo vives con impotencia, pero esa respuesta se quedaría corta si no ofreciéramos una palabra, un gesto de acogida, de cariño en medio de la incertidumbre de las desesperanza, del dolor... Es ahí donde yo siento, que mi fe, la vocación me han ofrecido recursos que entregar. Es ahí, donde he tenido que dejar de lado el “manto del poder” de la medicina para dar paso a que fuese el hacer al otro sentirse hijo, hermano, en su debilidad, en su cuerpo desfigurado, en sus últimas horas de vida... lo que hiciera grande mi quehacer de ese día. Es realmente conmovedor descubrir el poder “analgésico”, de alivio de coger una mano como Jesús a la suegra de Simón, de ofrecer una caricia como Jesús a la mujer pecadora, de dar un abrazo como seguramente recibieron Marta y María ante la muerte de Lázaro... Siento que a lo largo de estos años mis “dos vocaciones” se han ido engrandeciendo mutuamente. El trabajo como médico me ha permitido poner en juego lo mejor que el Señor me ofreció en su llamada a “ser para otros”, gratuitamente, poner corazón en el corazón de los hombres, o, como decíamos las Hermanas hace unos años, llamadas a dar Vida. Esa vida en abundancia que el Señor me da cada día, poder compartirla repartiéndola con otros y así poder ANUNCIAR el Amor de Dios.

Todo ello no es sencillo ni mucho menos y una cae. Cuesta humanamente tener que dar una mala noticia, no es fácil pasar la noche en una habitación de un hospital acompañando a alguien que muere solo o con un familiar que pide que no dejemos sufrir a su madre; tampoco es fácil visitar en su casa a un enfermo sin agua o un vaso donde tomar la medicación. En esta tarea como en muchas otras son muchos los momentos de dolor, de tener que contener la rabia y el llanto y sólo te queda invocar al Señor para que sea él quien ofrezca la VIDA. En otras ocasiones claro que reconozco que es difícil intuir al Señor y sólo te queda permanecer... Os he comentado que también, otras veces las lágrimas son de emoción por una buena noticia o por el nacimiento de un niño. Y las dos vivencias son igualmente enriquecedoras. Esta profesión está llena de situaciones de vida y muerte a la vez que me permiten descubrir a un Dios de muerte y Vida que me permite seguir creyendo en la vida como don que hay que cuidar, que me permite descubrirle a Él donde se quiera mostrar. Y cómo no todo ello es alimento para mi consagración cada día. Espero haberos acercado a esto que deseo vivir. Mucho ánimo a cada uno de vosotros en vuestra labor de cada día y que podáis disfrutarla y agradecerla como lo hago yo.