Recuerdos del P. Nicolás ss.cc.

por Maru Cornejo ss.cc.

Muchos son los recuerdos que tengo de nuestro hermano Nicolás, pero en estos días pensando y rezando se me venían al corazón tres momentos especiales.

El primero era de mi niñez. Mi historia en el colegio, como la de cualquier antiguo alumno está unida a la entrañable figura del Padre Nicolás. Recuerdo de manera especial mi primer día. Mi padre me llevó al cole y me explicó que iba a ir a un colegio nuevo donde iba a conocer a muchos niños y donde lo iba a pasar muy bien... Cuando llegamos, recuerdo que entramos por la puerta gris (c/ Padre Damián) y vi una escalera de piedra, que me parecía enorme e interminable, todo era inmenso. Yo lloraba y lloraba y no me quería separar de mi padre. En medio de tanto llanto, mi padre intentaba consolarme y me llevó junto a Nicolás. Recuerdo que me cogió en brazos me dio un besito y me preguntó mi nombre. Luego me dijo: no tengas miedo, que aquí te vamos a cuidar muy bien. Durante muchos años, cuando pensaba en el rostro de Dios siempre creía que sería como el Padre Nicolás: cariñoso, tierno, bueno. Desde ese día siempre que tenía que esperar a que vinieran a recogerme me iba junto a él porque sabía que allí iba a estar bien, él siempre estaba contento cuando estaba con nosotros. De detalles y recuerdos del cole tendría para contar tantos como días he pasado allí porque Nicolás siempre estaba en la puerta, para recibirte y para despedirte. Para recordarte, en definitiva, que llegabas a un lugar que era tu casa.

Otro recuerdo para mí especial fue el día de mi profesión. Nicolás no pudo estar pero recuerdo que me escribió un carta preciosa. Era cortita, unas líneas, pero la carta más bonita de todas las que recibí. En ella me decía que estaba contento porque había escogido la vocación más bonita, en ella me invitaba a la fidelidad a Dios en los momentos bonitos pero sobre todo en los más difíciles.

Y el tercer momento fue la semana antes de morir, la noche que pasé con él en el hospital. Tuvimos una conversación antes de que se fuera a dormir donde hablamos del cole, de cuando era pequeña y me daba clase de religión. En ella pude darle las gracias por tanto recibido con su vida. Le di las gracias por enseñarme a ser religiosa desde lo pequeño y sencillo, le recordaba lo importante que él había sido para todos los jóvenes que hemos sido alumnos del cole y ahora estamos en la Congregación. Nicolás se reía y me decía que en su vida se había equivocado muchas veces pero que siempre había intentado ser un buen religioso.

Cuando ya terminábamos la conversación me dijo: Maru, tantas veces que te he cuidado esperando que llegase tu padre a recogerte y ahora tú me esperas a mí. Ahora soy tu hermana -le dije yo- y nunca podré devolverte tanto como me has dado tú.

El Padre Nicolás, para mí: el religioso que me enseñó desde pequeñita quién era el Dios de Jesús desde su vida, su cariño y su entrega. El religioso que se alegró de tenerme como hermana cuando hice mi primera profesión porque vivía su vocación con alegría. El que me dejó ser hermana en su debilidad al final de su vida porque se dejó cuidar, acompañar y querer por quien tanto ha recibido de él. Él me recordaba en el hospital que de verdad somos una familia.

Gracias, Nicolás, por enseñarme a ser hermana de nuestra familia religiosa y a recordarme dónde y en qué está lo importante de nuestra vida.

Ojalá seamos capaces de transmitir el Amor de Dios como tú lo has hecho con nosotros.