por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
Miguel ha venido a desayunar con nosotros esta mañana. Salió muy de madrugada de Saldaña. Son tres horas a pie. Lleva una semana dando catequesis en aquella comunidad. Le queda una semana más. Ha venido a informar sobre cómo va la cosa, a lavarse un poco, y a pedir que le dejemos una bicicleta.
Miguel es seminarista diocesano. Han acabado las clases. Durante las vacaciones, dedica la mitad de su tiempo a dar catequesis en las comunidades más alejadas de la parroquia, y la otra mitad se queda con su madre, viuda, que vive por aquí. Saldaña es una de las quince comunidades de la parroquia. Todavía no hay allí ningún bautizado. Todos son catecúmenos. El poblado se encuentra en un lugar desolado, sin agua, extremadamente pobre.
Miguel es un tipo fantástico. Flacucho, de cara chupada, sonriente, de ojos chispeantes. No se echa para atrás ante las dificultades. Si tiene que ir a algún sitio, va, aunque no haya medios de transporte. Para eso tiene las piernas. Si hay que quedarse en algún lugar, se queda, aunque no haya agua, ni apenas comida, ni comodidades. Entra en cualquier casa donde se le acoge, aunque sea una cabaña. Y lo hace con total sencillez, sin ningún discurso ideológico, como si fuese lo más natural del mundo. Este joven me recuerda, sin rodeos, lo que Jesús decía a sus discípulos cuando los mandó a evangelizar sin alforja, sin dos pares de sandalias... Con sus medios tan simples, con su generosidad, este Miguel me interpela, a nosotros que tantos recursos usamos y que tanto parecemos necesitar para llevar adelante nuestra tarea.
Miguel es más africano que yo. Pues claro, ¡vaya tontería! Quiero decir que es más africano no sólo porque haya nacido aquí, porque sea negro, porque su lengua materna sea la de este pueblo, porque lo diga su carné de identidad... sino porque sigue viviendo “a la africana” a pesar de dedicarse a lo que yo también me dedico. No necesita distanciarse de la manera de vivir africana para ser trabajador del evangelio.
Miguel es una de las esperanzas de la Iglesia africana. No siempre el clero de aquí lo es, todo hay que decirlo. Hay mucho clero muy “clero”, muy separado de sus raíces, muy “casta” aristocrática. Miguel es distinto. No ha querido ser religioso porque, dice, él no sirve para estar lejos de su familia. Le puede el cariño por los suyos. Y le entiendo, cuando veo con qué delicadeza trata a su madre y la ayuda en las tareas del campo. A nosotros nos costaría mucho vivir como él; para vergüenza nuestra. Nuestro excesivo “peso” institucional es uno de nuestros desafíos más grandes.
Miguel va por ahí mucho más ligero de equipaje. Todo le cabe en una bolsa y en una bici. Ojalá y que el tiempo no nos lo estropee.