por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc.
1. El religioso, «hombre de Dios», «hombre del pan»
1. El religioso, «hombre de Dios», « hombre del pan»
Por otra parte, la sociedad africana (al menos la de Kinshasa) está inmersa en una atmósfera enormemente «religiosa». El nombre de Dios, y a menudo también el de Cristo, está en los labios de todos. Los grupúsculos religiosos, con ideas más o menos pintorescas, sectarias o sincretistas, pululan por todas partes.
En una situación así, nuestras comunidades están llamadas a convertirse en hogares de hombres y mujeres cuya característica principal sea la referencia al misterio de Dios; personas impregnadas de espíritu de oración, de ternura compasiva, de gratuidad. La dimensión eucarística de nuestro carisma y el tomar a Jesús como «nuestra Regla» (Buen Padre) tienen mucho que aportar en este sentido.
Creo que nuestra misión ha de consistir, en gran medida, en dar testimonio de la diferencia que existe entre eucaristía (símbolo de amor, ofrenda de sí mismo, sacramento pascual) y fetiche (garantía de salvación inmediata, solución milagrera, objeto de poder), entre el pan (fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, don recibido y materia transformada, alimento marcado por una historia y un nombre, vehículo del compartir) y el maná (regalo sin origen conocido, sin nombre, sin trabajo de transformación, objeto de codicia). En vez de hombre del fetiche o del maná (gran empresario, benefactor, gran gurú, o agente de desarrollo), el religioso debería ser el hombre del pan, testigo del trabajo oculto del grano que muere, referencia al silencio de Aquel que no se deja manipular ni comprar, apoyo de los que buscan la verdad, foco de justicia y de fraternidad, hombre de Dios.
Las obras exclusivamente asistenciales no bastan para que la VR entre en diálogo con el alma de la religiosidad africana (aunque esa religiosidad sea marcadamente «funcional», es decir, interesada en todo momento en encontrar respuestas concretas a las necesidades de la vida). Se trata más bien, me parece, de convertirse en fermento de ayuda mutua y de solidaridad, para ser así signo de la «funcionalidad» de la fe cristiana vivida en comunidad. Dicho de otra manera, el criterio para valorar nuestro servicio no es tanto la «cantidad» de ayuda aportada, sino los lazos de comunión y de fraternidad que esa acción engendra.
El proceso de empobrecimiento que todo eso requiere, podría posibilitar un tipo de encuentro con el africano menos falseado por el velo de un cierto poder.
2. Saber ser extranjero
En este período de «transición» hacia una VR ss.cc. africana en sus miembros, no hay que olvidar el carácter de peregrinación y de extranjería propio de la condición cristiana, de la que la VR religiosa es signo. El religioso es extranjero, podríamos decir incluso contracultural, en cualquier lugar que se encuentre, también en su propia tierra, en su propia cultura. Nuestro objetivo no es eliminar las diferencias y la distancia que nos distingue del pueblo en el que la comunidad se encuentra.
El religioso, siempre misionero, avanza en el sentido del encuentro con el «otro», es cierto; pero lo hace siendo él mismo una persona «alienada», es decir, alguien que sólo se comprende en referencia a Otro (y no exclusivamente en función de sus raíces; ya que, en el fondo, nuestra verdadera raíz, nuestro verdadero «ancestro», es Jesucristo). Esta es la perspectiva, me parece, en la que habría que comprender el valor de la internacionalidad.
Así, la VR podrá integrar de manera creyente la dialéctica extranjero/ autóctono, y convertirse en una palabra de fraternidad y de reconciliación en medio de un mundo (¡y de una Iglesia !) marcado por el etnocentrismo y las divisiones tribales.
3. La tentación de la seguridad
Sin embargo, nuestra misión debe conducirnos, de manera sencilla y valiente, hacia modelos de vida más pobre. Esta orientación será, sin duda, fuente de conflictos, dadas las expectativas de la sociedad y de la iglesia, que entienden la VR como una estructura abastecerdora de ayudas y de recursos, que se identifica por ciertos signos externos (tipo de casas, manera de vestirse, medios de locomoción, un estilo de festejar…). Nuestro «espíritu de familia» y la «sencillez picpuciana» han de encontrar su sitio en medio de la extrema pobreza africana (y han de aprender también de la capacidad de acogida tradicional de este pueblo), aunque sea a costa de nuestra relevancia social, de la eficacia de nuestros medios de organización interna, y de nuestra seguridad y comodidad personales.
Uno de los principales exámenes de la autenticidad de la VR en África es la capacidad de llegar a ser financieramente autónoma, es decir, de aprender a vivir con lo que el propio medio es capaz de producir, sin depender estructuralmente de la ayuda externa.
En esta misma línea, y siguiendo la mejor herencia de los «antiguos misioneros», los religiosos deberían distinguirse por su honradez en la gestión económica y por su dedicación al trabajo. Los frutos del «trabajo bien hecho» podrán ser un estímulo y un signo de esperanza para un pueblo que asiste a la continua degradación de sus infraestructuras vitales.
4. Ser útiles (Buen Padre)
Necesitamos, pues, discernir en comunidad las líneas de acción en las que queremos invertir nuestras fuerzas. Hay dos orientaciones concretas que, me parece, no deberemos olvidar: ir hacia las regiones del interior, donde la presencia de la Iglesia se debilita dramáticamente; y la educación de la juventud.
5. El desafío de la violencia
Actualmente, muchos países africanos se encuentran fuertemente marcados por la violencia. Una violencia que se manifiesta en las situaciones de guerra, en la inseguridad cotidiana, en la actuación arbitraria de las fuerzas armadas, en la ausencia de un verdadero Estado de derecho, en la agresividad de ciertos grupos y personas. Todo eso constituye un duro peso para el ánimo de los religiosos, que pueden sentirse tentados de reaccionar también violentamente, de adoptar actitudes de desprecio, o bien de desanimarse, abandonar, y marcharse de los lugares en los que la tensión es difícil de soportar.
Aprendamos de este pueblo africano, que es capaz de conservar la alegría de vivir en las circunstancias más adversas; pero sin olvidar que dominar el miedo y la rabia frente a la violencia es una victoria que sólo puede surgir de la fuerza del Crucificado. Y pidamos a Dios que nos dé la fuerza de ser, efectivamente, los «hijos de la cruz» (BP).
2. Saber ser extranjero
3. La tentación de la seguridad
4. Ser útiles (Buen Padre)
5. El desafío de la violencia
En África, la vida religiosa (VR) va unida a la imagen clásica del «misionero»: persona de iniciativa, con acceso a grandes medios, asociada al ejercicio del poder en la Iglesia, bajo la sombra del extranjero, agente de desarrollo… A menudo, su presencia se valora, o simplemente se tolera, en función precisamente de su eficacia en el terreno de las realizaciones materiales observables. Los nuevos candidatos autóctonos se pueden encontrar en una situación incómoda y ambigua respecto a sus amigos y familiares, y también ante su propia vivencia vocacional, a causa de esta imagen (que, a pesar de todo, contiene elementos muy válidos que habrá que conservar).
La situación actual de crisis generalizada que atraviesa África provoca en muchos Institutos religiosos un reflejo de autodefensa y de repliegue sobre ellos mismos, que les puede inducir a consumir la mayor parte de sus energías en el esfuerzo de preservar la institución, de garantizar los recursos económicos, y de proteger los mecanismos de formación. Se corre así el riesgo de alejarse cada vez más de la vida de los pobres, y de estancarse profundamente en un cierto clericalismo eclesiástico (estructuras de «poder», administración de parroquias, pastoral de despacho…).
Parece claro que no podemos embarcarnos en un trabajo de asistencia social que mantenga, sin ninguna corrección, situaciones crónicas de dependencia. Ahora bien, no podemos tampoco quedarnos con los brazos cruzados ante el cúmulo de miserias y de sufrimientos bajo el que se hunde el continente africano. Como decía el Buen Padre, tenemos que saber «ser útiles». Se trata de dejarse empapar por ese «celo reparador» que moviliza la persona entera y la empuja a darse para aliviar el sufrimiento, edificar la Iglesia, y reconstruir el tejido humano dañado.
Nuestra Congregación, con su espíritu reparador, testigo de reconciliación y de la misericordia del corazón de Dios, debe saber mantener el tipo en medio de esa violencia; como hizo Damián, inmerso en el caos de Molokai. Conservar la paz en la tormenta, seguir acompañando, a pesar de todo, al pueblo que sufre, estar presentes donde todo parece venirse abajo: también eso es un elemento de nuestra misión hoy. Para estar a la altura de esta exigencia, la comunidad, y cada hermano y hermana en particular, tendrán que luchar constantemente contra sus propios miedos y fantasmas, y mantener vigilante el espíritu de adoración, que ayuda a abrir los ojos a lo invisible y reaviva el amor al prójimo.