por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
He estado visitando las islas del Pacífico Sur. Allí comenzaron las misiones de la congregación en tierras lejanas, hace casi doscientos años. La imaginación se remonta a las aventuras de los antiguos misioneros, que se iban en un viaje sin retorno por un océano inmenso hacia una población de la que desconocían casi todo. Hoy se vive aquí del turismo de alto nivel. Todo parece hermoso, fácil y placentero. ¿Se habrá acabado la “misión”?
La isla que más me impresiona por su belleza despampanante es la de Moorea. La tierra se levanta como una masa volcánica abrupta que cae a pico sobre un mar escandalosamente azul y transparente –las lagunas coralinas– formando bahías cuajadas de vegetación y de luz. No me canso de hacer fotos. Parece imposible digerir tanto derroche de hermosura…
Nada más desembarcar, nos dirigimos a la casa de uno de los diáconos permanentes de la parroquia, que nos recibe con su esposa en la terraza junto a la playa, bajo los cocoteros. No falta la sonrisa, como siempre en el pueblo polinesio. Pero se le ve cansado. Nos cuenta que ha pasado la noche en vela. Había tenido que salir corriendo porque dos jóvenes querían suicidarse. Esta vez había conseguido persuadirlos. No había muertos que lamentar. Otras veces no ha tenido tanto éxito…
Pregunto consternado y me explican. Las islas tienen un altísimo índice de suicidio juvenil. La vida parece llevadera: hay dinero, trabajo fácil, todo el ocio que se quiera, la naturaleza es un regalo permanente… Pero la juventud está perdida, se siente vacía, no sabe para qué vivir.
Entiendo ahora mejor al obispo, un hombre mayor que, con aire preocupado, me contaba un par de días antes cómo le dolían los jóvenes. Hablaba como aquellos hombres africanos quebrados en el alma por tener que enterrar a sus hijos prematuramente muertos.
Belleza y dolor juntos. Foto para el turista y drama para los corazones ensombrecidos, como islas resecas en medio de un océano de aparente bienestar. La misión no se acaba nunca. Sólo Dios genera semillas de esperanza y de ganas de vivir. Sólo Dios basta.