De nuevo Cristo ha querido hacerse sacramentalmente presente, esta vez en las personas de Jose y Pedro, que actuarán en Su nombre para servir, perdonar, curar, predicar y ofrecer al mismo Señor a la Iglesia.
El domingo 12 de junio a las siete y media de la tarde la Parroquia de los Sagrados Corazones de Sevilla se llenó de gente, especialmente joven, que iba a ser testigo de la ordenación. Nos acompañaban además de los parroquianos de Sevilla (donde vive ahora Pedro), Málaga (donde vive ahora Jose) y San Fernando (parroquia de origen de los dos), los hermanos y hermanas de la Congregación y un grupo de sacerdotes diocesanos (la mayoría también jóvenes), que ampliaba la fiesta más allá de la Congregación a toda la Iglesia.
El aire acondicionado rebajaba agradablemente la temperatura exterior sin que por ello enfriara la celebración, que gozó en todo momento de la intensidad, belleza y emoción de la buena liturgia. Se notaba que estaba siendo vivida por todos los allí presentes con devoción; los elocuentes silencios y las respuestas de todos lo demostraban. Fray Carlos, Cardenal Amigo Vallejo, presidía con solemnidad la Eucaristía.
PROCESIÓN: Uno, que hacía tres años en esa misma iglesia había sido ordenado sacerdote, cuando se dispone a vivir una ordenación como ésta, sabe ya desde la procesión de entrada que Dios va a hablarte en ella a poco que quieras escucharlo y recordarlo, y a medida que vas atravesando junto con los hermanos la iglesia hasta llegar al presbiterio y vas viendo las caras de la gente percibes que es una fiesta de todos. El Pueblo de Dios vive agradecido y asiste con expectación a la respuesta que dos de los suyos dan a la llamada de Cristo.
LITURGIA DE LA PALABRA: Después del rito de entrada, cuatro jóvenes (una de Sevilla, una hermana, uno de Málaga y un diácono) proclamaron perfectamente y con claridad las preciosas lecturas del día, que eran no solo las propias de ese domingo sino las apropiadas para la ocasión, que ya nos tiene la liturgia acostumbrados a estas misteriosas coincidencias: “Vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”(1ª lectura); “nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”(salmo); “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”(2ª lectura); “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos… y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para curar….” (Evangelio).
LITURGIA DEL ORDEN: Antes de la homilía, que estuvo inspiradísima, Juanma como provincial pidió primero la ordenación para Pedro y posteriormente para Jose con estas palabras: “Reverendísimo Padre, la Santa Madre Iglesia pide que ordenes diácono/ sacerdote a este hermano nuestro” Entonces el presidente hace la pregunta que más humildad requiere en el ordenando: “¿Sabes si es digno?”. Vino después la promesa de celibato, obediencia al obispo y disposiciones de los que se van a ordenar, respondiendo al interrogatorio del obispo previo a la letanía de los santos, en la que toda la Iglesia terrestre y celeste se une para pedir por ellos, que se encuentran postrados en el suelo.
Tras la imposición de manos al diácono y la oración de su consagración, Silvio le impuso a Pedro la estola al modo diaconal y la dalmática y con ellas se fue a recibir el Evangelio de manos del obispo que se lo entregaba con unas palabras que resumen la espiritualidad de un predicador: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.
Posteriormente vino la imposición de manos a Jose por parte del obispo y de todo el presbiterio en un impresionante silencio, y la oración de consagración, tras la que Luis Aguilar le puso la estola al modo sacerdotal y la casulla, y con ellas fue al obispo para que le ungiera sus manos con el santo crisma. Ungidas recibieron el cáliz y la patena con las palabras que mejor definen la disposición con la que el sacerdote ha de celebrar diariamente la Eucaristía: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.
Una vez terminado esto el cardenal presentó a los nuevos ordenados, que recibieron un enorme y prolongado aplauso de la asamblea, en la que ésta pudo descargar la emoción contenida. Pedro y Jose fueron después a colocarse tras el altar para la LITURGIA DE LA EUCARISTÍA.
La celebración terminó con las breves palabras de Jose en nombre de los dos, consistentes en mucho agradecimiento y una petición: “seguid rezando por nosotros”, que provocó el asentimiento del obispo.
La celebración finalizó dejando en los presentes un imborrable recuerdo, se diría que una marca, una huella, que acrecentaba la fe y la dinamizaba jubilosamente. “Ha estado preciosa, preciosa”, repetía la gente... Los cantos de asamblea así como los del coro ayudaron mucho al ambiente de recogimiento, así como las moniciones, escuetas y disponiendo el corazón. Después el P. Juan supo darnos de comer y de beber, que si no parece que queda coja la cosa.
Gracias a vosotros, Pedro y Jose, por haber servido ya en vuestra ordenación de mediación para que Dios nos hablara a todos: no olvidéis nunca cada una de las oraciones y gestos de esta bellísima liturgia, que ella encierra la identidad de nuestra vocación.
PRIMERA EUCARISTÍA DE JOSE
Y al día siguiente, lunes 13 de junio, los nuevos ordenandos iban a su parroquia de origen, en San Fernando, a celebrar la primera Eucaristía de Jose. Otro templo, otra asamblea, otro ambiente, más familiar y recogido, la misma Iglesia de Dios. La Parroquia de El Buen Pastor, esta comunidad cristiana que desde chico fue sembrando en el corazón de Jose el amor a Dios y el servicio a los pobres, donde recibiera un día el bautismo (por tanto, tal y como nos enseñó Juanma, se trataba de un “cura pilongo”, que celebra su primera misa allí donde fue bautizado), la primera comunión y la confirmación, la comunidad cristiana que ha ido viéndole crecer en edad, sabiduría y fe, le recibía con los brazos abiertos y con el calor que le caracteriza para que en nombre de Cristo le presidiera por vez primera la Eucaristía. ¡Quién sabe si no fue a lo largo de tantas misas sentado en el coro de donde el Señor le llamó para ponerse un día como hoy, fruto exclusivamente de su elección y amor, en donde ahora se encontraba! Su Parroquia, como una madre, recibía su sacerdocio como una bendición para ella y para toda la Iglesia.
Le acompañaba y acogía en el presbiterio la comunidad de San Fernando, Juanma, Pedro, Fernando y Angel. Jose, sereno y sin perturbarse, iba llevando a buen ritmo la celebración con la ayuda de Paco, encargado de dar la seguridad que tanto se necesita ese día.
Llegó el esperado momento de la homilía, que no detallaré porque podremos leerla íntegramente. Fue preciosa, honda, espiritual, enraizada en el lugar, rebosante de pobreza y humildad, rica en amor al Buen Pastor, esposo de la Iglesia, que llama a las ovejas por su nombre y éstas le reconocen al escuchar su voz.
Tras ella y las peticiones espontáneas, como en San Fernando se acostumbra, los padres hicieron las ofrendas al Señor, que las manos del hijo recibieron para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
El diácono Pedro se adelantó al invitar a darnos la paz, algo que junto a una de las espontáneas peticiones: “que sea pronto ordenado de sacerdote”, metió presión y urgencia a un asunto que requiere su tiempo.
La tía de Jose, su catequista de comunión, Pepita, hizo una sentida acción de gracias a la que se sumaron otras espontáneas y una parroquial en boca de Eugenio y Lola, que le entregaron un recuerdo. Hubo también después un ágape fraterno en los salones parroquiales.
Si en la ordenación terminó Jose pidiendo que rezáramos por ellos en su primera misa escuchamos en la comunión una canción cuya letra decía así:
“Dejarme hacer, dejarme hacer,
dejarme hacer es cuanto pides de mi,
dejarme hacer, dejarme hacer,
dejarme hacer en tus manos Señor”
He ahí la verdadera fidelidad, que esto es gracia de Él.
In ss.cc., Poldo ss.cc.