La Superiora General, Hna. Rosa María Ferreiro ss.cc., escribe en el 10º aniversario de la muerte del P. Jorge ss.cc.

Diez años transcurridos desde la muerte del P. Jorge, son muchos años pero no han podido con mis recuerdos, que siguen vivos, porque fue grande mi admiración y aprecio por este hermano.

Lo conocí en el año 76, cuando llegué a Jerez de la Frontera. Había oído hablar de él y había leído artículos que escribía en las revistas de la Congregación. Confieso que tenía no poca curiosidad y ganas de conocerle.

La oportunidad la tuve desde el primer día porque el P. Jorge era el capellán de la comunidad. Cada mañana, a las 8, hiciera como hiciera, llegaba puntual a celebrar al eucaristía, básicamente con la misma ropa y calzado fuera la época del año que fuera. Breves eran sus comentarios a la Palabra de Dios pero siempre conectados con la vida y enviado a servir la vida.


Desayunábamos con él, procurando que compensara la cena que posiblemente no habría hecho. Luego se iba a caminar por Jerez, a visitar a alguien a la Residencia o a hacer “los mandaos” de cualquier madre de familia que le pedía ayuda.

A veces, al final de la mañana, cuando yo salía de la Escuela, me lo encontraba cargado de bolsas y le ofrecía llevarlo en el coche a los Albarizones. De camino, siempre sin perder la calma, me hacía cualquier observación que se le ocurría en el momento. Era un buen conocedor del ser humano...

En algunas ocasiones, cuando yo tomaba la carretera hacia su casa, me decía: “Déjame en casa de ... (algún apellido ‘sonoro’...) que voy a comer con ellos”.

Era muy bonita la libertad con la que se movía en todos los medios sociales. Nunca excluyó de su trato a nadie pero tenía muy claro desde dónde se situaba.

Tras aquella apariencia de asceta y de hombre sin necesidades, había en el P. Jorge un espíritu muy cultivado y una mente inquieta que gustaba de estar al día de las cosas de nuestro mundo. En la sacristía tenía un hornillo, una cama y junto a ella una mesita sobre la que se podían ver lo mismo revistas de actualidad que libros de teólogos, poetas o pensadores.

Era inútil tratar de que se vistiera con prendas de más calidad. Un año, por san Jorge, le preguntamos qué regalo quería. Nos dijo que una chaqueta. Le compramos una buena y lo agradeció mucho pero a los cuatro días lo encontré por la calle con la de siempre. Ante la expresión de mi cara, me dijo: “No te disgustes, la cambié por dos para gente que lo necesitaba más que yo”. Así era el P. Jorge.

Lo vi por última vez en vísperas de su muerte, ya en cama en la comunidad de San Telmo. Apenas hablamos porque estaba sin fuerzas aunque lúcido y dando gracias por la visita.

Su entierro fue un homenaje a su vida entregada a los más pobres. El Sr. Obispo don Rafael Bellido, al terminar la misa de ‘corpore insepulto’ dijo: “Vamos a enterrar los santos despojos mortales del P. Jorge”... palabras que no he olvidado porque la Iglesia no prodiga este tipo de declaraciones.

Era el día de san Andrés, titular de la parroquia. Nunca el P. Jorge había llenado la iglesia pero el barrio en pleno quiso estar presente para darle el último adiós. Para el P. Jorge la iglesia se prolongaba en las casas de la gente. En ellas les había dado sus homilías, hechas de gestos de servicio, solidaridad, apoyo y generosidad sin límites. De él, como de su Señor, se puede decir que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38).