Preparándonos para la profesión perpetua de Lole ss.cc. y de María ss.cc.

Acabamos de despedir a nuestro buen hermano Nicolás y ya el mes de junio, el mes del Corazón de Jesús y del Corazón de María, nos trae otra celebración en la que la palabra donación y entrega va a tener también un amplio eco y resonancia. El 24 de junio, solemnidad del Corazón Inmaculado de María, a las 12.30 h., en la Parroquia de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, harán su profesión perpetua las hermanas Lole González Soria ss.cc. y María Vidal Tinajero ss.cc.

Vamos a prepararnos a esta celebración, aproximándonos a su trayectoria y su vivencia de la misión de la Congregación. Ellas mismas nos invitan a participar en su consagración definitiva:

“No queríamos dejar de agradeceros también la respuesta de cada uno de vosotros, por la alegría con la que nos habéis expresado vuestra acogida en esta nuestra familia y la seguridad de vuestras oraciones por nosotras.
Damos gracias a Dios por todos los que han formado parte de nuestro recorrido apoyándonos, acompañándonos, levantándonos, rezando y que seguro que seguiréis ahí pues éste es un caminar que continúa después de la profesión perpetua... “.

Tanto Lole como María han sido alumnas del Colegio San José SS.CC. y formaron parte de las comunidades juveniles de la Parroquia. Así recuerda Lole, con su precisa memoria, su paso por el Colegio:


“Entré en el colegio San José, el primer año que lo hicieron mixto, en 1º de EGB hasta COU. Así que de los primeros recuerdos del colegio era un colegio básicamente de niños. En mi clase 7 niñas y casi 40 niños, entonces las clases eran hasta de 45... y en el recreo sólo nos dejaban esa esquina del patio delante de la fuente ... antes no había tantos derechos ni igualdad... En serio en mi memoria me quedan muy buenos recuerdos. Cómo no las grandes escaleras, una que es pequeña las veía enormes y arriba el Padre Nicolás siempre ahí con su sonrisa ... sólo lo vi una vez enfadado, un día que dos niñas se arrancaron un mechón de pelos en una pelea. Un colegio siempre abierto cualquier día a cualquier hora y el deseo de estar allí siempre. Nos encantaba quedarnos a comer para jugar más...y cuántas horas seguidas pasábamos en las fiestas de San José, La Inmaculada... Un colegio donde me sentía apreciada y querida por mis compañeros por los profesores. Un colegio también exigente en estudiar, en el comportamiento, disciplina, con las notas... pues sí gracias a ello pude estudiar medicina... Te das cuenta después que mucho de lo que eres al menos en mí que aparte de lo recibido en mi familia pues ese sentido de la responsabilidad, de valoración de la persona, de cuidado y atención al otro, también ahora puedo hacer memoria de esa experiencia de Dios de comenzar el día con una oración, de acudir de vez en cuando a la capilla ... todas esas cosas yo las he vivido y aprendido allí...Y qué más puedo decir de un colegio donde nada más irte estás deseando volver encontrarte con la gente y donde aún ahora después de 16 años de haber salido algunos si vas se acuerdan de ti .Yo también me acuerdo de ellos. Gracias por lo mucho recibido”.

Y así recuerda María lo que le aportó su pertenencia a una comunidad juvenil tras la confirmación, en la Parroquia de los Sagrados Corazones:


“Continuidad en el camino, no perderme, descubrir mi vocación, compartir mi vida y mi fe con otros, experimentar la convocación y poner la vida en juego, descubrir el Evangelio y cómo vivir el seguimiento de Jesús, implicarme en la vida de los demás, estar atenta a las necesidades, reconocer lo que Dios iba haciendo con mi vida y con la de los otros, querer a la Iglesia, permanecer hasta el final, crecer como cristiana, conocer a la congregación y, sobre todo, me enseñó a amar profundamente a Dios”.

Lole es religiosa y médico. Así intenta vivir su servicio a los enfermos:

“Como hermana de los Sagrados Corazones, quiero vivir la medicina desde nuestro carisma, poder contemplar, empaparme del Amor de Dios, para llevarlo ahora de forma más concreta a los que lo pasan mal por la enfermedad, llevarlo a los que vienen buscando algo que les cure, que a veces, como en casi todo, es una simple escucha, unas palabras de acogida. ¡Cuántas veces habréis dicho o escuchado que "el médico ni me ha mirado a la cara" o salís con la sensación de no haber podido explicar todo lo que os pasaba! Espero que no siempre sea así, pero sería engañarme a mí misma no reconocer que esos médicos existen, pero espero también no ser de esos”.


Y María, que estudió psicología, es educadora en el Hogar P. Damián de San Fernando. De este modo comparte con nosotros su experiencia con los niños del Hogar:


“Aquí como Moisés hay que descalzarse porque el terreno que pisamos es sagrado. Creo que está siendo una experiencia muy buena, de entrar y salir de mí misma, de descubrir lo esencial del seguimiento de Jesús, de dejar atrás algunos esquemas, de saber reconocer esas actitudes fundamentales y sentimientos que ponen de manifiesto nuestra consagración. He sentido la presencia de Dios y la apuesta incondicional por aquellos que son sus hijos. Gracias a lo aquí vivido he ido entendiendo la lógica de Dios, una lógica de desmesura que te va llevando a vivir descentrada, a amar a fondo perdido, a no esperar nada a cambio, a mantener la esperanza en medio de la frustración, de los pocos resultados o cuando las cosas se ponen difíciles, a perdonar antes que el otro pida perdón, valores evangélico de los que muchas veces he hablado sin saber muy bien lo que suponía y que aquí se hacen palpables de manera especial. A través de esta realidad Dios me ha ido saliendo al encuentro, transformando mi corazón y haciendo al igual que Damián que me apasione por aquellos que muchas veces no es fácil apasionarse.

De manera más intensa la experiencia de Amor gratuito de Dios que derrocha conmigo me ha dejado experimentar el valor de lo pequeño, de las cosas sencillas, de los gestos cotidianos, un amor que no exige más de lo se puede dar, cosas que he ido viviendo día a día con los niños y educadores que estamos en el Hogar. Es un lugar privilegiado donde se vive la grandeza de lo pequeño, y se pone de manifiesto las limitaciones, torpezas, miedos y respeto ante esta realidad, la cual no es fácil. No me han faltado ganas, generosidad, ni disponibilidad para hacer aquello que se necesitase y me ha hecho descubrir la importancia del estar, permanecer y acompañar, siendo en algunos casos más valiosa que buscar la eficacia e incluso a veces lo único posible.

En definitiva, me ha llevado a reconocer que amar a Cristo no es asunto de sentimientos, sino que es aceptar a sus ovejas, ocuparse de quienes Él nos confía. Es también rechazar el propio desánimo, el verlo todo a partir de una misma y de las propias posibilidades, es confiar en Él, creer que, sin saber cómo, Él podrá hacer de mi testigo de su amor. Que amarle es dejarle trasformar nuestra vida, es seguirle, es decir, aceptar que él abra un camino nuevo, desconocido, sobre el cual hay que caminar, detrás de Él”.

Creo que después de estos testimonios, sólo nos queda rezar, dar gracias a Dios por ellas y acompañarlas en este momento tan decisivo para sus vidas y para nuestra familia religiosa de los Sagrados Corazones.