Pasadas las 12.30 h. del día 1 de octubre, fiesta de Santa Teresa de Lisieux, Maru ss.cc. pronunciaba la monición de entrada a la eucaristía de la profesión religiosa de María García Olloqui. Con la sencillez y normalidad que la caracterizan, y con una nota de elegancia propia del acontecimiento, María comienza la procesión flanqueada por Mercedes, su maestra de novicias, y por Consuelo del Saz ss.cc., Superiora Provincial. La Parroquia de los Sagrados Corazones, contaba con una significativa presencia de Hermanas de los Sagrados Corazones, de Hermanos y de personas importantes en la vida de María, así como su familia y sus amigos. Preside la eucaristía, Juan Manuel de Mula ss.cc., Provincial de Andalucía y profesor de nuestra joven hermana en su etapa de Secundaria en el Colegio San José SS.CC. Y, en el coro, jóvenes de la Parroquia con algunos hermanos, nos recuerdan que somos “Pueblo”, que Él será por siempre nuestro Dios y nos dará un corazón nuevo.
La Palabra de Dios centra lo que estamos celebrando. Palabra que ha guiado la vida de María y que hoy, de nuevo, al ser proclamada en este día de entrega al Señor se convierte en expresión de lo que los religiosos queremos vivir. Tras la proclamación de las lecturas, María es llamada, como decía la monitora, “es el diálogo que se establece entre Dios y su Pueblo, que sintiéndose pequeño, necesitado, quiere responder en fidelidad”. Y, María, responde: “Aquí estoy, Señor, Tú me has llamado”. Mercedes expone a la asamblea la decisión de María, que es el resultado de su respuesta a la llamada de Dios. Brevemente expresa cómo María ha hecho suyos los rasgos principales del carisma de la Congregación, entre ellos aproximarse a la Pasión del Señor, al Corazón traspasado de Cristo. La homilía de Juanma, posteriormente, nos ayudará a releer la historia de María desde la Palabra.
Una homilía que comienza con el hecho de que al celebrante se le ha perdido su “chuleta”. Lo cual da un tono simpático (“¡me han mangao la homilía!”), a lo que vendrá después, la expresión de la hondura de la consagración al Señor. Para Juanma, el evangelio (Mt 26,6-13) resulta un tanto desconcertante para una profesión. Hoy alguien coge su perfume más valioso, lo que más vale, su propio ser, y lo derrama en la cabeza de Jesús. Sólo para Jesús. Es una experiencia que los propios discípulos no entienden. “¿Cómo se puede derrochar una vida?”, se pregunta el Provincial. Aquí hay algo muy personal entre Jesús y una mujer. Eso es lo único importante. Eso es lo que pasa entre María y Jesús. “Donde se hable de la buena noticia se hablará de ti. Estamos repitiendo este gesto”. Se trata de renunciar a lo más preciado por el amor al Señor.
La lectura de Isaías (Is 43,1-7) nos ambienta, nos ayuda ante el temor, ¿qué vendrá por delante? Isaías recordaba la historia del Pueblo de Israel y la de María. “No temas, te he redimido, te he llamado, eres mío”. Es abrir el tarro del perfume, sentirse redimido por el Señor, que nos ha salvado, que te hace “suyo”. Mirando a María, Juan Manuel le dice: “Hoy tú intentas decirnos que eres del Señor, sólo del Señor. Eres de un gran precio a los ojos de Dios. Al llamarte, al decirte ‘eres mía’, el Señor está pagando un precio porque eres de gran valor a sus ojos, por eso te ha llamado”. Y de esta generosidad de Dios ha de brotar la entrega, la donación a la que invita el Profeta.
Haciendo alusión a la lectura de Romanos (Rom 12,1-2.9-16), el celebrante nos interpela: “¿Qué podemos hacer que al Señor le merezca la pena? Todo lo creado es suyo. El Señor nos ha dado el gran don de hacer al hombre libre, que uno libremente entregue su propia vida. El perfume más valioso es el de la libertad”. Seguro que ahí María recuerda el momento de sus opciones, la libertad de su respuesta, las consecuencias del derroche del perfume, que la hacen más cercana al Buen Pastor, que se entrega apasionadamente.
Y, más adelante, la invitación a que este camino de vida religiosa que inicia María, “tu perfume, tu libertad, tu entrega al Señor ha de ir creciendo cada día. El servicio ha de ser con la alegría de la esperanza, constantes en la tribulación, perseverante en la oración, solidario, hospitalario, cercano”.
La conclusión de la homilía coincide con las palabras finales de Jesús en el Evangelio: “Que sea de tal calidad tu entrega al Señor, que donde se hable del Señor se pueda hablar de ti, de la entrega de tu vida, de tu propio perfume”.
Luego, Consuelo interroga a María sobre su intención: “¿Quieres entrar en el Misterio del Amor Redentor y, como miembro de una misma Congregación, vivir los compromisos de nuestra consagración en comunidad?”. “Sí, quiero” es la respuesta. Respuesta que irá acompañada con la fórmula de la profesión: “Yo, María, conforme a las Constituciones... hago voto de castidad, pobreza y obediencia, como hermana de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, a cuyo servicio quiero vivir y morir”. Pide, además, “que Dios y su Evangelio me ayuden a vivir este compromiso que tomo ante Él y la comunidad cristiana”. Después, recibe las Constituciones y Estatutos de la Congregación, donde están expresados los valores fundamentales de nuestra tradición espiritual. Y, otro momento emocionante, la entrega de la cruz de los SS.CC. “A ellos –señala la monitora- has de servir a partir de ahora, a ellos entregas hoy el tuyo para que poco a poco vayas amando como ellos aman”.
Los miembros de la Congregación acogen a la nueva hermana con un abrazo. Impresiona ver el gran círculo de hermanos y hermanas que reciben en nuestra familia ss.cc. a María.
Continúa la celebración con las peticiones en las que se tiene un recuerdo por la Iglesia, por los gobernantes y la paz en el mundo, por los Capítulos Generales de la Congregación, por las misiones, los enfermos y necesitados. Y, también, por las vocaciones, por la neoprofesa y por la comunidad presente.
En el ofertorio, vemos también lo que María quiere ofrecer, además del pan y del vino, destaco la camiseta con el número 6, su camiseta de baloncesto de sus tiempos de alumna en el Colegio –porque, aunque de entrada no lo parezca, esta chica es una excelente deportista-, y un tarro de colonia, recordando el perfume del Evangelio.
Tras la centralidad de la liturgia eucarística, María da gracias a Dios. Gracias por todos los que están presentes, especialmente por sus padres y hermanos, por cómo la quieren, la cuidan, lo que cada uno de ellos le enseña y aporta. Da gracias por las comunidades en las que ha vivido, lo que ha compartido, lo que le han enseñado, cómo le han cuidado, por el resto de comunidades que la acogen hoy en la Provincia, por sus oraciones y apoyo, por las comunidades de Andalucía. Por los amigos del Colegio y de la Parroquia, por su cariño y cercanía. Por la Parroquia y el Colegio, porque han sido para ella referencia, por los que han sido sus catequistas y también sus catecúmenos, por la paciencia que han tenido con ella –momento en el que la asamblea esboza una sonrisa-. Da gracias a Dios por haberla sostenido y haberle regalado su confianza.
A las dos menos diez de la tarde, las hermosas vidrieras iluminan el presbiterio, entonces, una hermana entona lo que sentimos todos en ese momento: “Gratias infinitas...”.
Fernando Cordero ss.cc.